sábado, 12 de enero de 2013

LA TRILOGÍA DE NUEVA YORK - Paul Auster

Primeras ediciónes en inglés entre 1985 y 1987
Editada en castellano por Anagrama.
344 páginas.

Sinopsis.

Este volumen recoge tres novelas cortas. La ciudad de cristal: Una misteriosa llamada telefónica provoca que un escritor de novelas policiacas entre de lleno en los misterios del lenguaje y la identidad; Fantasmas: Un detective recibe el encargo de vigilar a un hombre que no hace practicamente nada; La habitación cerrada: La misteriosa desaparición de un amigo de la infancia confronta a un hombre con sus recuerdos.

Comentario del libro.

Hace poco decidí releer alguna cosa de Paul Auster y que mejor que probar con la llamada La trilogía de Nueva York, formada por La ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada, los tres primeros libros que leí de este autor. Y ahora que lo he hecho puedo decir que han vuelto a fascinarme casi tanto como la primera vez, pero no de la misma manera ni por los mismos motivos. 

Como otros tantos lectores de mi generación, “caí en las redes” de Paul Auster allá a mediados de los años noventa. Un amigo me lo recomendó como un autor misterioso, algo raro, “Te va a gustar”, me dijo. Y vaya si me gustó. El palacio de la Luna, La invención de la soledad, La música del azar, etc. Los libros se sucedieron durante una buena temporada, pero en un momento dado mi entusiasmo por Auster empezó a decaer. Cuando salió El libro de las ilusiones no puedo decir que me disgustara del todo, pero me decepcionó bastante, y a partir de ahí no he vuelto a leer nada suyo que me gustara, de hecho dejé de prestar atención a sus novedades. Pero mentiría si no admitiese que los tres libros que forman La trilogía de Nueva York son altamente valiosos no ya solo como novelas, sino como inequívocas señas de identidad de una época muy concreta. 

La editorial Anagrama vende estas novelas como thrillers y lo cierto es que pueden adscribirse perfectamente en ese género, aunque de una forma muy peculiar, pues el lector queda envuelto en una oscuridad que aparentemente apunta a algo mucho más sofisticado que el típico misterio de las novelas de suspense de toda la vida. El problema es que al final ese misterio no es para tanto, pues en un comienzo la lectura parece encaminarnos hacia algo muy grande, una resolución muy profunda y trascendente, pero después resulta que solo eran fuegos artificiales literarios. Auster se desvela como un hábil manipulador de palabras, un malabarista de conceptos e ideas que sin duda son muy interesantes e estimulantes, pero a mi entender todo queda en una colección de reflexiones y vagas referencias con erudita apariencia insertadas en una trama que te puede gustar más o te puede gustar menos, pero que como conjunto no tiene la suficiente solidez. Pero espero que no se me malinterprete, opino que esta circunstancia no resta valor a los tres libros. Paul Auster no hace más que cumplir su papel de narrador en un mundo donde los misterios han sido abolidos según la versión oficial y donde la aventura en las ficciones supone poco más que revolcar a los personajes en las ruinas de una realidad en descomposición. Él, como paladín de la novela posmoderna, y nosotros, como lectores en un mundo al parecer rendido a los ideales posmodernos, solo podemos limitarnos a poner en funcionamiento e interpretar como buenamente podamos este juego de apariencias y simulacros en que se ha convertido la literatura. 

Muchos de los libros de Auster están llenos de referencias autobiográficas, algo que abunda en La trilogía de Nueva York. De hecho podría decirse que estos tres libros son algo así como un viaje a las interioridades de este autor, y a un nivel más complejo como una puerta abierta a sus procesos creativos. Pero esta relativa transparencia deja paso a un enigma, un muro de oscuridad que para bien o para mal termina por convertirse en el verdadero protagonista de la lectura. Auster se muestra infinitamente honesto en su papel como narrador, podría ofrecernos una historia que nos entretenga sin más, un thriller con asesinatos y romances sórdidos, o una fantasía de cuento de hadas con apariencia adulta (tal y como hace en El palacio de la Luna), pero prefiere arriesgar el todo por el todo desnudando sus interioridades y rebelando una vaciedad e impotencia que no disimula en ningún momento, la misma vaciedad que está presente en el núcleo de toda la cultura que nos rodea. 

Todo lo que nos cuenta, las historias en sí y todos sus personajes, cumplen su función determinada en una especie de juego de espejos donde el reflejo principal es el propio Auster. De hecho, en La ciudad de cristal el autor mismo figura explícitamente como personaje (en los otros dos libros también, pero de forma más simbólica o velada). En un momento dado, este personaje (que repetimos es él mismo) expone una rebuscada teoría sobre Don Quijote de la Mancha que versa sobre la que podría ser la verdadera autoría de la obra y la posible realidad histórica de su contenido. Pienso que este pasaje sirve a nuestro autor para poner sobre la mesa algunas de las claves de interpretación para la trilogía al completo. No es que Auster quiera compararse con Cervantes, vale que es un escritor tendente a la automitificación, pero afortunadamente a tanto no llega. Simplemente pretende hacer un ingenioso paralelismo: Don Quijote fue una de las obras que abrieron paso a la literatura moderna; en contraposición, la literatura de Auster es considerada como el paradigma de la literatura posmoderna, la reafirmación a niveles populares (y desde luego comerciales) de una actitud que pretende romper con la larga tradición literaria iniciada con la obra de Cervantes. No queda claro hasta qué punto Auster se suma con gusto a ese proceso de ruptura, pero ciertamente no es un Borges que deseoso de demostrar sus raíces juega y retuerce las ideas cervantinas sin dejar de rendir a la vez completa pleitesía. 



La verdad es que con esta trilogía Auster expresa muy contundentemente su impotencia para convertirse en un creador de mitos consistentes, a cambio de quedarse en vocero de la desintegración contemporánea. Exponiendo su teoría del Quijote lanza un mensaje a su público: ya no podemos leer libros como se leían en el siglo XVII. El Quijote es el arquetipo del lector moderno, aquel que se impregna de lo que lee y a la vez sirve de motivo para nuevas historias, símbolo de una sociedad que comenzaba a retroalimentarse con sus propios productos culturales (los libros impresos en serie y con fines seculares) a unos niveles que la cultura tradicional oral o de los copistas religiosos no había conseguido nunca. La literatura como forma de expresión, fuente de conocimiento e identidad para generaciones y generaciones de lectores. En cambio, la posmodernidad supone el cuestionamiento de toda esa reserva de intersubjetividad acumulada. El relativismo, como dogma de fe que a la vez niega todos los dogmas. 

Así pues, Auster, como buen autor posmoderno, nos ofrece una novela que destruye las bases de la literatura tradicional poniendo en cuestión la sacrosanta relación entre autor y lector. “Aquí está mi novela. ¿Qué vas a hacer con ella?”, parece decirnos. Ante una obra que parece negarse a sí misma, lo más fácil es caer en la trampa de simular que estamos ante un libro más, una historia para pasar el rato y hasta cierto punto envolvernos en su halo de trascendencia. Con ello no haríamos más que reafirmar nuestra condición de fantasmas, aquellos a los que hace referencia el título de la segunda novela de esta trilogía, livianos habitantes de un mundo que se pretende sin amarres, cada vez más rendido ante lo virtual y lo efímero, sin verdades, sin utopías, sin identidades. En suma, Auster parece decirnos que si estos libros produjeran Quijotes sin duda serían demasiado ridículos como para motivar ninguna historia, ningún mito. 

Pienso que la única reacción coherente ante estas novelas es la de tomarse la revancha con ellas, rebelarse ante la vaciedad que dejan ver. De otra manera sería (exponiendo un paralelismo, lo admito, muy rebuscado, pero que aun así me parece adecuado), como esos fans de la película Matrix que están felices de encontrar analogías de esa película en el mundo real, deseosos de hundirse de una vez por todas en la total realidad virtual. 

¿Cuáles son las intenciones de Auster al plantear esta trilogía? ¿Hacernos reaccionar o que nos regodeamos en la vaciedad de su literatura? ¿Que aceptemos los términos de la posmodernidad o que nos rebelemos ante la levedad del ser que estipula?
Vayamos por partes: 

La Ciudad de Cristal es un escrito que puede considerarse bastante experimental, en él se mezcla lo narrativo con lo teórico de una forma casi inseparable. Auster lanza todas sus propuestas principales centradas en la indigencia del lenguaje o la identidad. Hasta cierto punto podemos pensar que está de nuestra parte, que desea situarnos en un contexto lo suficientemente explícito como para que tomemos conciencia de su vaciedad. La segunda novela, Fantasmas, es un libro mucho más esquemático, lo narrativo, la historia en sí, queda reducido a un esqueleto donde solo queda lo básico para poder seguir considerándolo una novela. Una vez más se reafirma la sensación de que Auster es un saboteador de la literatura posmoderna que actúa desde dentro. Este pequeño librito de 126 páginas es, por tanto, algo así como un artefacto explosivo. Esencialmente se nos repite lo mismo que en la anterior novela, aunque añadiendo nuevos matices. Los personajes parecen intercambiables, no tienen nombres verdaderos, la realidad de confunde con lo literario como un pez que se muerde la cola. 

Pero después llega La habitación cerrada y ya no puedo evitar el sentir que Auster nos ha traicionado. La conspiración no ha llegado a término, en el camino nuestro agente doble se ha vendido al enemigo sin solución alguna. Por lo pronto, la habitación cerrada es mucho más novela que las otras dos, cuenta una historia más definida, describe mucho más las motivaciones y sentimientos de los personajes. Esto, por supuesto, no es nada negativo en sí mismo. Pero la cuestión es que la trama pretende dar sentido a los libros precedentes, cerrando el círculo argumental y englobándolas de alguna manera. Para ello el autor hace, en mi opinión, muchas trampas y cae en una simpleza que hasta ese momento parecía impensable, hasta un punto que con esta tercera novela hace precisamente aquello que solo bordeaba en las anteriores: caer en la complacencia. Donde en La ciudad de cristal y Fantasmas explicitaba la vaciedad mediante auténticos manifiestos tan teóricos como literarios, dando al lector herramientas para reflexionar, en el tercer libro pasa a su mera escenificación, pero no como ejemplificación de lo que antes expuesto, sino para anular de un plumazo el poder crítico de los otros dos libros. Al recuperar la normal relación entre autor/lector nos da la oportunidad de acomodarnos en la lectura. 

En fin, quizás Auster nos avisaba de sus verdaderas intenciones ya desde un principio, cuando en La ciudad de cristal se describe a si mismo tras haber soltado una serie de reflexiones con aires de sabiduría:

“Auster se recostó en el sofá, sonrió con cierto irónico placer y encendió un cigarrillo. Era evidente que estaba disfrutando, pero a Quinn se le escapaba la naturaleza precisa de aquel placer. Parecía una especie de risa muda, una especie de chiste que no llegaba a su culminación, un regocijo sin objetivo.”


Así pues, es el propio lector, ya sin la complicidad del autor, quien debe establecer su propia emancipación, quien debe rechazar su pasivo papel de jefe de ceremonias de este simulacro de sofisticación y trascendencia que es la literatura contemporánea. No obstante, si así lo prefiere, puede tomarse el libro como un entretenimiento más en un mundo donde tomarse las cosas demasiado en serio es un pecado. 

Reseña de Antonio Ramírez

9 comentarios:

  1. Desde hace años he ido generando un odio malsano ante todo aquello a lo que se ha colgado la etiqueta de posmoderno. Una filosofía que sustentada en el rechazo airado ha pretendido convertirse a su vez en un trasunto de los metarelatos que pretendía abolir. Una suerte de constructo falaz que oculto tras la aparente necesidad de negar todo totalitarismo ha acabado siendo, a su vez, un totalitarismo omnívoro y tan feroz como el inicialmente denunciado.

    Como pasa con casi todas las modas de cada momento termina por caer en buena medida en cierto esnobismo y este, por lo general, suele ser una suerte de hidra de cienmil cabezas. El problema principal del posmodernismo es su falta de carácter coherente, su adaptabilidad resulta finalmente también su propia tumba, o quizás más específicamente la pala con la que se construye el hoyo. En realidad en su modo más suave no es un movimiento carente de razones, depende del modo en que acabemos por entender su perspectivismo, la negación rotunda o parcial de toda verdad. Si bien aunque suele ser en no pocas ocasiones un modo de ver las cosas en términos de todo vale, no tiene que ser así necesariamente.

    Una revisión de la literatura moderna o el arte en general en su sentido realista me parece que es necesaria. No pienso que en esta trilogía Auster pretenda abolir de todo punto la literatura de Cervantes, ni por ende el realismo que deriva de ella. Si acaso incide en el aspecto literario del Quijote en sus términos de recreación más que en su crítica a la literatura frente al realismo. Para mi es un modo de ejercer a lo Esto no es una pipa de Magritte. Un esfuerzo porque el lector sea plenamente consciente de que está frente a un constructo, que la realidad del texto no debe perderse en favor de una representación de la realidad en términos absolutos. No creo por tanto que exista un vacio en lo que cuenta, ni que se pretenda hacer ver que su aspecto teórico sea pura palabrería.

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  2. Más allá del juego realidad/ficción existe el desvelamiento de la identidad de símbolo y arte, del apercibirse de que la naturaleza del arte pasa inevitablemente por la dinámica de lo simbólico. Alan Moore explica en el documental sobre su persona que la magia es realmente el arte de conjurar lo simbólico con el fin de obrar cambios en la consciencia de las personas. Conjurar es trabajar con las palabras, modelar símbolos. Auster a su manera hace justamente eso.

    No creo que el cambio en sí sea algo espectacular, claro. El leerlo no supondrá un acabose para nadie ni siquiera una revolución personal o una modificación completa del modo de ver el mundo. Pero con todo estará lejos de ser una afirmación de la nada o el mero perspectivismo como dictador de Todas Las Cosas.

    Claro que acabar de leer a Auster o Calvino implica el terminar con un juicio de "sólo es una novela", una especie de manifestación de que todo el artificio literario no ha dejado de ser más que un juego de luces, mera aperiencia. Sin embargo esto para mi está lejos de ser una afirmación completamente cerrada, no es poca cosa el hacer partícipe al lector del poder que encierra la literatura como objeto simbólico, manifiesta en gran medida la enorme capacidad cambiante del símbolo y establece en gran medida el poder que este encierra en términos psicológicos como modo de estar en el mundo, de verlo y comprenderlo, no ya tanto como mero subjetivismo sino como parte del elemento objetivo inherente al hecho de ser humano.

    Tengo la sensación de que el mismo Auster está atrapado en sus obsesiones, y que su arte a fin de cuentas no deja de ser más que una afirmación de ese hecho, o de otro modo, un modo de presentarse a sí mismo. ¿Acaso no es eso algo presente en todo arte? Su objetividad está enraizada a su 0carácter individual pero es justamente desde ese principio donde se inserta su capacidad universal. Todos somos individuos y todos estámos sujetos a ser algo completo a través del símbolo, una especie de metafísica de la expresión al estilo de Eduardo Nicol. El ser humano más como sujeto intencional que como algo terminado, el hambre de completitud individual que necesita lo colectivo y que parte materialmente desde el hecho de ser un sujeto simbólico.

    Más allá de la pose, del éxito comercial, algo así como ser la reina de la fiesta, que no deja de ser en el fondo una provisionalidad histórica y circunstancial, algo propio de los tiempos que corren, hay en este tipo de literatura una verdad que me parece contradictoria con cualquier forma de Nada o de Vacio.
    Quiero decir que no hay realmente un cuestionamiento del Quijote para descubrir tras de él un vacio y por ello el desprestigio de un modo de entneder el arte y la literatura, más bien el intento de reivindicar el aspecto fundacional fantástico, ese que hace incapié en la capacidad de la misma imaginación, de la fantasía, del caracter mistérico que tiene el símbolo como herramienta cognoscitiva. Como en Rayuela se intenta que el lector sea consciente continuamente de su papel como tal, que no se pierda en un mecanismo de evasión apático y meramente receptivo, que sea consciente de que está mirando, leyendo, actuando, a fin de cuentas, y que sin ese carácter activo no es posible la realización del mismo arte.

    Finalmente, como en todo, también el posmodernismo tiene su utilidad cuando se usa como herramienta, un método de análisis no excluyente, un cierto modo de encarar las cosas para encontrar cierto orden que ilustre más ampliamente. Aunque es dificil porque se ha usado generalmente de manera complaciente y para justificar toda suerte de tropelía. En realidad no me parece que el Auster de esta trilogía sea reañlmente posmoderno, del mismo modo que tampoco creo que lo sea Calvino, Dick (mira la wikipedia de posmoderno y me entenderás) Desde cierto tipo de forma de vista incluso podría decirse que Alan Moore lo es.

    Un abrazo desde lo más profundo.

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  3. Hola Knut-o,
    gracias por tu enjundioso comentario.
    Estoy de acuerdo en casi todo lo que dices, pero para los dos primeros libros de la trilogía.
    Auster, como bien dices, habla sobretodo de si mismo y yo diría que casi para si mismo, es como fuéramos testigos de sus procesos creativos, de sus límites como creador, de sus obsesiones, etc de una manera muy directa y a la vez sin comprender del todo, pues algunos de los símbolos y claves que Auster usa son muy personales. Pero el tercer libro está dirigido al lector de una forma más clara. La relación entre estos dos hechos (los dos primeros libros frente al tercero) creo que marca el sentido de la trilogía al completo. Además no se puede separar el contexto, y en este caso yo hablaría hasta de contexto de mercado, en que están situadas estas novelas ya que definen su lectura e interpretación hasta cierto punto. ¿Auster es un autor posmoderno? ¿O son los posmodernos los que han tomado su obra como bandera?
    De todas maneras, sea o no Auster un posmoderno a conciencia, yo he usado a Auster para atacar el posmodernismo. No se si eso es justo, pero está el hecho objetivo de que las obras de Auster se adaptan bien a las tesis de esa corriente de pensamiento/actitud frente al mundo. Yo si veo una vaciedad en sus obras, pero no se entienda eso como una falta de contenido estrictamente hablando, sino como una especie de tendencia al bucle: Auster parece lanzarnos con sus ideas hacia el vértigo de la revelación, para después comprobar que caemos nuevamente en Auster. Esa sensación de que estamos ante una revelación, que nuestra mente se va a abrir ante algún tipo de idea iluminadora respecto a lo real, al lenguaje, a la identidad, etc no llega nunca a término, o al menos se queda en nada si aceptamos el juego de Auster, que al fin y al cabo espera que vayas a correr a comprar su próximo libro en busca de más simulacros de iluminación. Si no aceptamos su juego si llega una revelación: que más vale no perder el tiempo con sus libros, y quizás desde esa posición de emancipación si que estemos comprendiendo cosas respecto a esta realidad colectiva colonizada por la actitud posmoderna.
    Yo no compararía a Dick o a Moore (y de hecho tampoco a Magritte) con Auster. Los malabarismos conceptuales del yanqui parten de lo literario y terminan en lo literario, al menos así lo veo yo. Dick, Moore o Magritte lo hacen en el contexto de una realidad última, que aunque desconocida o solo intuida sirve como utópica meta al conocimiento, algo que daría repelús a cualquier posmoderno de pro. Dick y Moore tienden al gnosticismo, al conocimiento mediante la intuición, lo imaginario, lo preconceptual (aunque irónicamente sus ideas o experiencias solo sean expresables a los demas mediante conceptos). Magritte es un saboteador del lenguaje instrumental, del conocimiento meramente racional, como buen surrealista busca reordenar y subvertir nuestra capacidad de percibir el mundo y llevarlo a la poesía. ¿Puede Auster equipararse a esas metas?

    Un abrazo!!!

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  4. Debo decir que hace mucho que dejé de leer a Auster por cansancio. Hace ya unos años que me resulta anodino a más no poder, debo admitirlo.

    Cada autor es diferente y desde luego no pretendo comparar los que nombras, menos Magritte, cada cual está a un nivel y desde luego tanto Dick como Moore me tocan más profundamente que Auster. Pero con todo el yanki vivo me parece que es menos ambicioso que el muerto o que el inglés, y de serlo muy probablemente no alcanzaría las mismas alturas. No sé por qué pero la comodidad acaba por cobrar sus facturas y en ese sentido Auster es demasiado ombligista.

    Ya digo que el posmodernismo en general me resulta hartible, lo veo como un ejercicio tramposo que no se aplica a sí mismo su cuento y por ello nada coherente. Juzgar sin aplicarte las reglas de tu propio juego es cuanto menos sucio y antiproductivo.

    Auster apunta maneras, sobre todo en su obra más temprana, pero aunque señala honduras nunca acaba por colarse por ninguna y eso a la larga se cobra un precio. En mi caso el dejar de leerlo.

    Del mismo modo la posmodernidad se atribuye autores más capaces, como es el caso de Calvino, y eso sin realmente comprenderlo o, en el peor de los casos, amputando su obra con interpretaciones partidarias e insuficientes.

    Cada vez me siento más enamorado del viejo Moore, de su coherencia y por supuesto de esa magia que destila toda su obra. Ay, esos momentos feroces que se anidan en tu alma y a los que vuelves y vuelves, con la fascinación del insecto atrapado en la luz hasta que se quema.

    La posmodernidad bajo su intención de mostrar las cosas como acabadas, con su interés por acentuar una teórica muerte de la historia acaba por colar bajo el mismo aro a toda historia posible en un mismo y huero desierto. Pero a veces creo que esto ha sido posible precisamente por la disposición del espectador/lector, por el acomodarse a entender toda narrativa como una maquinaria de evasión no sólo de los problemas diarios y cotidianos, sino del mismo mundo y su realidad persistente.

    La verdad es que recuerdo malamente el tercer libro de la trilogía, tengo la vaga sensación de que es el que menos me llenó de la misma, quizás por ser el más "novelesco" tradicionalmente hablando, y por eso no puedo discutir sobre él como quisiera. Imagino que tus impresiones son las correctas, o en todo caso no deben ser muy lejanas a las que tendría ahora si volviera al libro.

    En fin, un abrazo!!!

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  5. Acabo de terminar el libro y describes perfectamente lo que pienso. En algún punto del libro dejé de esperar que la historia se 'cerrara' de alguna manera, por lo que el final me sorprendió y me sentí un poco engañada. Por otra parte, me encanta que los autores te hagan tan consciente de que son los dueños absolutos de su obra y a fin de cuentas ni el propio Auster puede hacerme olvidar el modo en que mi mente voló con las dos primeras novelas.
    No sé nada del posmodernismo, es algo que apenas estoy comenzando a incorporar, así que recibí el libro tal como llegó y me sorprendió inmensamente, es algo totalmente nuevo para mí. El único libro que también me ha hecho sentir que jugaron conmigo, aunque de forma muy distinta, es La ciudad y la ciudad y, ahora que lo pienso, tal vez tenga algo de la influencia de Auster.
    En fin, muchas gracias por ayudarme un poco a digerir esta lectura.

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    1. De nada Victoria, me alegra que ta haya servido para algo.

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  6. que piensas de la pregunta? quien escribe a quien?

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  7. Hete aqui mi conclusión de la historia, que no es de ninguna manera novedosa, ni aporta por lo tanto nada a la historia original.
    Simplemente puedo decir que La trilogía de Nueva York es la confesión de los sentimientos del autor, o como bien dice "la historia de una lucha".
    Cito: "El final, sin embargo, lo tengo claro. No lo he olvidado, y me siento afortunado por haber conservado eso. Toda la historia se resume en lo que sucedió al final, y, sin tener ese final dentro de mí, no habría podido empezar este libro. Lo mismo es válido para los dos libros anteriores, La ciudad de cristal y Fantasmas. Estas tres historias son finalmente la misma historia, pero cada una representa una etapa diferente en mi conciencia de dónde está el quid. No afirmo haber resuelto ningún problema. Simplemente sugiero que llegó un momento en que ya no me asustaba mirar lo que había sucedido. Si las palabras vinieron a continuación, es sólo porque no tuve más remedio que aceptarlas, asumirlas e ir a donde ellas quisieran llevarme. Pero eso no significa necesariamente que las palabras sean importante. LLevo mucho tiempo luchando por decirle adiós a algo, y esta lucha es lo único que de veras importa. La historia no está en las palabras;está en la lucha."
    Esta es la confesión que el autor hace de su propia historia, y da significado a todo lo demás. En éste parrafo el autor se confiesa y por ende da por fin a la trilogía y su misterio.
    La pregunta que me hago es por qué aclara ésto. Por qué la necesidad imperiosa de agregar éste parrafo. Por qué no dejar que corra por la cuenta de los lectores (el último vértice del triángulo) la interpretación final de ésta trilogía.
    Quizá no es una confesión completa, porque no termina de decir contra quién es esa lucha. Simplemente aclara "la historia de una lucha". Las demás palabras no importan. Lo que recurre en ésta trilogía es la disputa de dos personajes (que no se terminan de diferenciar realmente) que al final uno cree que son la misma persona. O como bien nos muestra Auster en esa imágen tan bella del esquimal dentro del iglú que poco a poco se va convirtiendo en su tumba.
    Mi interpretación, Mi hipótesis es la que desde un principio formulé al leer por primera vez el relato de la habitación cerrada (grave error). "Cada ser de éste mundo guarda dentro de sí su propia destrucción", y eso es una lucha eterna que debemos disputar hasta el último día de nuestras vidas.
    Como el esquimal que se encuentra en la paradoja "si respiro me voy muriendo, pero si no respiro no puedo vivir", cada uno de nosotros contiene dentro de sí la propia destrucción o bien la "paradoja fatal". La pregunta final es ¿que hacemos mientras quede un poco de aire?
    Al escribir ésto me doy cuenta que el autor de ninguna manera cierra el sentido del libro con ese párrafo tan genial. Simplemente habre la "historia de lucha" de cada uno de nosotros, como los únicos seres de éste mundo que son concientes de su propia finitud.

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  8. La triología es finalmente el relato de la lucha del hombre consigo mismo.
    Teminé el libro ayer y quedaron varios interrogantes dando vueltas. A que debía prestar atención y a qué no? El autor nos revela al final ciertas cuestiones que permiten cerrar la trilogía de una forma cohesiva y desde lo narrativo. Y con esto no hace más que mostrarnos que justamente en estos detalles es donde no debemos reparar.
    Quinn/Stillmann, Blanco/Negro, Auster/Fanshawe. Los 3 relatos nos hablan de lo mismo. La búsqueda de uno mismo en el otro. Poner a prueba y provocar al otro para provocarnos a nosotros mismos, y así empujar nuestros propios límites. Perseguir una idea, un fin, un ideal, para finalmente darnos cuante del vacío del mismo. "...La historia no está en las palabras;está en la lucha."

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