sábado, 3 de diciembre de 2016

CUARENTENA - Greg Egan

Editado en castellano por Gigamesh (1999)
Traducción de Albert Solé
256 páginas
Edición original en inglés en 1992

A finales de los 90, Greg Egan irrumpió en el panorama español de la ciencia ficción gracias a las traducciones de Ciudad Permutación y Cuarentena, provocando un debate muy intenso entre los aficionados al género. El fandom se dividió entre los que consideraban a Egan un vendedor de humo y los que lo adoraban como el nuevo mesías de la ciencia ficción más dura y ambiciosa a niveles especulativos. Desde entonces, al margen de ganarse un sólido estatus de autor de culto, se le sigue viendo, por lo general, como un escritor bastante intrincado a causa de las nociones científicas que maneja. Aun más importantes son las reticencias que provoca su actitud fría y metódica a la hora de plasmar sus historias, con personajes elaborados tan solo lo suficiente como para poner en escena sus propuestas teóricas.

Cuarentena, el objeto de esta reseña, es una muestra paradigmática de esto que hablamos. Sus personajes sirven de vehículos para introducirnos en la hipótesis de una sociedad futura totalmente tecnificada que plausiblemente podría derivarse de nuestro presente. No esperes grandes desarrollos psicológicos o descripciones poéticas, pero que duda cabe que no hacen falta para lo que el autor parece pretender. Sus personajes reflejan sus circunstancias sin resultar necesariamente críticos o partidarios, sencillamente viven, para bien o para mal, bajo el influjo de una tecnología cada vez más avanzada y siempre absolutamente omnipresente. No creo que las intenciones de Egan sean hacer una oda a las bondades de la tecnología per se, aunque es evidente que tampoco la rechaza. En todo caso, sus ficciones suelen ofrecer una exposición de como el ser humano complica todo lo que emprende, como si fuera algo inherente en su naturaleza, y eso incluye la aplicación de la tecnología. Pero, sin duda, se pliega a una concepción rigurosamente materialista para desarrollar su imaginario, y en ese sentido sí existe una toma de postura filosófica que condiciona sus ficciones. A diferencia de otros escritores del género que no tienen problemas en tirar por la tangente recurriendo a cuantos Deus Ex Machina hagan falta, sus pretensiones son las de no salirse de lo plausible y hasta cierto punto de lo posible. No obstante, como veremos más adelante, creo que en el caso de Cuarentena no lo logra del todo.
 
La historia de este libro arranca como el típico caso descrito en mil y una novelas de serie negra: un detective duro y solitario que trabaja por libre, un encargo para investigar una desaparición, un móvil incierto, unos pocos sospechosos,… pero pronto queda claro que es solo el comienzo de una trama con ramificaciones impredecibles. Por supuesto, se trata de un libro de ciencia-ficción, la historia transcurre en el futuro, concretamente a finales del siglo XXI. Desde 2034 la tierra se haya envuelta en una misteriosa esfera, quizás producto de una civilización extraterrestre, que no permite ver el resto del universo, algo que ha provocado la creación de infinidad de sectas religiosas y un cierto sentimiento de asfixia existencial en la humanidad. En general, la somera descripción que Egan hace de la sociedad futura puede situarse en la tradición iniciada con la película Blade Runner y desarrollada después por el género cyberpunk, aunque pronto queda claro que Egan va más allá de ese género.

Algunas de las peores críticas a este libro siempre suelen centrarse en la serie de contradicciones y cabos sueltos que el autor deja a lo largo del libro. Es cierto que Egan se pasa por el arco del triunfo muchas convenciones literarias y su preocupación está lejos de cerrar los pormenores de la trama, así que hay que aceptar o despreciar la novela por ello, pero creo que eso sería no haber comprendido la finalidad que Egan buscaba con Cuarentena. Ya de entrada, si tomamos al propio personaje principal de la novela, Nick Stavrianos, comprenderemos que sería absurdo juzgarlo según las típicas convenciones literarias. Stavrianos se pasa casi la totalidad de la novela bajo el influjo de sucesivos módulos neuronales, unos dispositivos electrónicos que alteran su mente hasta extremos absolutos. El hecho de que la novela sea narrada en primera persona sirve a Egan para mostrarnos las continuas metamorfosis de su protagonista desde un punto de vista estrictamente subjetivo. Debemos aceptar, por tanto, que no hay un Nick Stavrianos como tal, sino un cerebro compartido por todas las reordenaciones neuronales que van provocando los diferentes módulos. Todas esas reencarnaciones representan individuos virtualmente distintos, pero no por ello dejan de conformar una identidad que aunque múltiple supone el único hilo narrativo que sostiene la novela.

De esta manera, este personaje permite al autor Llevar hasta el final la noción mecanicista de que el cerebro es prácticamente una máquina y que nuestra consciencia es una compleja consecuencia funcional de esa máquina. Egan especula sobre la posibilidad de manipular a discreción nuestra mente o nuestro sistema nervioso, y eso significaría también alterar nuestros sentidos, emociones y más íntimas concepciones de la vida. Por ejemplo, si un módulo instalado en nuestro cerebro puede anular la pena que podemos sentir por la pérdida de un ser querido ¿Porqué no usarlo? ¿Y por qué no ir más allá? Ya que es posible alterar nuestras limitaciones emocionales, físicas, sensoriales o intelectuales ¿Por qué conformarnos con la persona que nos tocó ser al nacer? Nada que un módulo neuronal no pueda cambiar. Pero la cuestión, desde luego, no es sencilla. Egan lo sabe y no da respuestas absolutas en un sentido moral, dejando abierta las puertas para que el lector sea el que reflexione sobre el asunto por su cuenta. Nunca describe como una panacea la sociedad resultante de este desarrollo tecnológico, ni mucho menos, pues sigue mostrándonos un mundo gobernado por la codicia, la estupidez y la violencia, pero a cambio introduce la idea de que el individuo puede evadirse de sus circunstancias con métodos cada vez más refinados. Propicia así en el lector un abanico de reflexiones en torno a las posibles consecuencias de este tipo de prácticas. Es decir, si podemos elegir alterar la percepción del mundo que nos rodea o moldear nuestra interioridad y nuestro carácter a discreción, aunque ello tenga que ver más con el solipsismo y el simulacro que con una transformación objetiva de nuestras circunstancias exteriores, ¿A dónde nos llevaría eso? Que cada cual decida.

Por mi parte, considero que Egan no hace más que impulsar hasta sus últimas consecuencias aspectos que ya observamos en nuestra época, puesto que la acción de los módulos neuronales que describe en el libro también nos remiten, por ejemplo, a los remedios farmacológicos que ya están instalados en nuestra realidad cotidiana: estimulantes, calmantes, ansiolíticos, antidepresivos, neurolépticos,… lo que sea para atajar (que no solucionar, por desgracia) la multitud de males existenciales y psicológicos que provienen tanto de contingencias personales de índole puramente psicológico u orgánico como de una organización social caótica, irracional y sobretodo injusta. También podríamos ver ciertas analogías en la construcción de personalidades y relaciones virtuales que se dan mediante las redes sociales, especialmente si pensamos en las generaciones más jóvenes, abocadas a experimentar de lleno y sin alternativas el uso omnipresente de internet. En todo caso, Egan no pretende hacer un ensayo filosófico en profundidad sobre estos aspectos de la trama, pero representando de forma tan sugerente y plausible cómo podría ser ese futuro ultra-tecnificado es inevitable que provoque cierta inquietud respecto al presente.

Cuarentena fue su primera novela de ciencia-ficción (tras una primeriza obra de terror inédita en castellano que él mismo se encarga de definir como mediocre cada vez que tiene oportunidad), también es la primera pieza de lo que el autor llamó su Trilogía de la Cosmología Subjetiva, la cual está formada por novelas que tienen en común una exploración de temas como la consciencia, la física cuántica, la realidad virtual, la teoría del Todo, la inteligencia artificial, aportando, además, especulaciones más sociológicas e incluso políticas (1). En este caso, aparte de lo que ya hemos comentado sobre el uso de la tecnología, Cuarentena abre el camino de esta trilogía ahondando en los abismos de la física cuántica. Para ello toma como eje principal eso que la ciencia ha definido como el “colapso de la función de onda”, o lo que es lo mismo, el posible papel influyente del observador en los cambios que se producen durante la medición de la mecánica cuántica, proceso ampliamente estudiado por la física moderna y que ha dado pie a todo tipo de interpretaciones de diferentes orientaciones teóricas.  No es, por supuesto, un tema nuevo en la ciencia-ficción, numerosos autores lo han tratado antes que Greg Egan. El gato de Scrödinger, vivo y muerto a la vez mientras no sea observado, es un viejo conocido del género y ha llegado a convertirse prácticamente en un tópico para introducir temas como las realidades paralelas o las paradojas espacio-temporales (ver aquí una sencilla explicación del asunto). Por otra parte, desde los años 70 también fue un ingrediente crucial en el desarrollo de la corriente espiritualista denominada como Nueva Era. Autores como Frijof Capra (cuyo libro más famoso es El Tao de la ciencia) sacaron provecho de la física cuántica para justificar algunas nociones religiosas o espiritualistas mediante explicaciones pseudocientíficas. 

Ya había, por tanto, toda una mezcolanza de teorías, refutaciones, descripciones de experimentos, pseudociencias y ficciones que habían tratado el tema. Autores como Philip K. Dick o Ian Watson, por ejemplo, se han aprovechado de este tipo de especulaciones de una forma muy personal y libre. En el caso del primero prescindiendo de cualquier base lógica y centrándose en las connotaciones más filosóficas que pudieran derivarse de ideas tales como los universos paralelos o la relación de la consciencia con la formación de lo real. Así pues, la gran novedad que trajo Egan fue su intención de rigurosidad científica y no conformarse con las elucubraciones meramente metafísicas al estilo de Philip K. Dick. Por mucho que el propio Egan considere a Dick un autor básico en su formación como escritor, su deseo era superar su falta de base científica. No obstante, como intentaré explicar después, pese a los deseos de Egan , no creo que haya tanta diferencia entre ambos escritores, al menos en lo que respecta a las tres novelas que forman la Trilogía de la Cosmología Subjetiva.

Como dijimos en un comienzo, Greg Egan suele provocar opiniones dispares. La naturaleza de sus historias, tan inspiradas en la ciencia especulativa, suelen producir en muchos lectores decepcionados la sensación de que Egan promete más de lo que termina por ofrecer y que en el fondo de su verborrea cientificista no hay más que humo literario. Bajo mi punto de vista quien así opina parece olvidar que Egan es un escritor de ciencia-ficción. Su meta es aparentar toda la coherencia posible y resultar lo más plausible desde el punto de vista científico, aunque en definitiva todo eso sirva para colarnos una historia que en realidad no deja de ser fantástica. Sus ideas parten de la lectura de libros y revistas más o menos técnicos o divulgativos, adaptando después para el lector, normalmente profano, muchos conceptos arduos y complejos. Pero todo el que quiera encontrar en sus libros una revelación objetiva y racionalista de los grandes misterios del universo caerá en una ingenuidad enorme, pues estará obviando todos los trucos y ardides con los que un escritor de ciencia ficción cuenta para hacer que su historia funcione. Así pues, por mucho que sintamos un auténtico vértigo intelectual ante las ideas que Egan maneja no debemos olvidar que gran parte de ello se debe, precisamente, a sus habilidades literarias. Se inspira en la ciencia, evidentemente, pero para entrar después en un terreno difuso y libre de restricciones científicas: la imaginación.

Todo esto nos lleva a una paradoja. A través de artículos y entrevistas, Egan siempre se ha mostrado muy crítico con la new age, alejándose como de la peste de cualquier clase de misticismo bastardo de la ciencia. Por eso resulta muy irónico que si examinamos con detalle la premisa que sustenta Cuarentena podremos llegar a la conclusión de que Egan les saca mucha ventaja a los gurús de la new age en cuanto a irracionalidad aplicada a los principios científicos. Me explico: Greg Egan deja claro durante su novela que cualquier influencia que el observador pueda tener sobre la mecánica cuántica es de índole estrictamente materialista, por supuesto nada que tenga que ver con lo sobrenatural o la magia, pero una vez establecido este fundamento procede a saltarse a la torera toda la rigurosidad que prometía. Egan opta por condensar lo que le interesa de la física cuántica y desechar lo que no y en un abrir y cerrar de ojos da la vuelta a la tortilla de la realidad con una muy inteligente triquiñuela, aunque asumiendo de paso muchas ideas audaces equiparables a la new age o incluso del pensamiento mágico más arcaico. Por ejemplo, sitúa en alguna parte (nunca especificada) del cerebro el mecanismo neuronal que posibilita el colapso de la función de onda. Esto le sirve, además, para inventarse un tipo de malformación congénita que aumentaría milagrosamente esta capacidad y para colmo concibe que esa malformación pueda ser reproducida artificialmente mediante un módulo neuronal que podría usar cualquier otra persona. Así, el individuo que tenga un cerebro con esta malformación (o que lleve instalado el módulo y haya aprendido a usarlo) podría colapsar según sus deseos el mundo que le rodea y así observar entre la infinidad de posibilidades que se abren, para después descolapsarse, por así decirlo, en la que el deseé. Con este truco asimila a la esfera de la realidad ordinaria las paradojas que encontramos en las teorías cuánticas, dando por hecho que fenómenos ínfimos que solo  son deducibles en muy limitadas condiciones experimentales o incluso recurriendo a la pura abstracción matemática tengan algún tipo de efecto directo en el mundo tangible y cotidiano.

Egan logra así fraguar un sistema ingenioso (aunque algo pedestre en el fondo, en posteriores novelas refina muchísimo más este tipo de trucos conceptuales) para producir una máquina de realidades paralelas infinitas. Al usar el módulo neuronal alguien podría seleccionar a voluntad entre las innumerables ramificaciones temporales que se abren en el intervalo del colapso (y eso significaría también la desaparición de las infinitas variantes desechadas, incluyendo a todos sus innumerable “yoes” alternativos). Alguien con esa capacidad, que con toda justicia podríamos definir como mágica, podría hacer realidad cualquier deseo que se le ocurriera e incluso provocar fenómenos que desde el punto de vista ordinario parecerían puros y llanos milagros. En otras palabras, estaría realizando el viejo sueño de moldear la realidad mediante la sola voluntad, una idea irracional  desde la perspectiva moderna, pero que en el fondo resulta muy atractiva para cualquier lector (sea lo racionalista que sea). Es decir, Egan logra satisfacer simbólicamente mediante la ficción un profundo deseo atávico de índole mágico, pero disfrazándolo de todo lo contrario: ciencia. Pero quien quiera ver en esto una crítica que no me entienda mal, yo no veo en ello nada negativo. Rehaciendo las teorías científicas, Greg Egan deja vía libre a su inventiva y lo que queda es un ejercicio mental más cercano a la metafísica que a lo estrictamente científico. Es decir, no muy lejos de lo que hacía su viejo maestro Dick sin tener que tirar de conceptos tan sofisticados y admitidos por la ciencia moderna. Al fin y al cabo, sus tramas siempre terminan siendo una puesta al día de los viejos dilemas metafísicos: la naturaleza de lo real, el Ser, la identidad, el tiempo, la experiencia directa del mundo, la dualidad objeto/sujeto... pero pasados por el filtro del lenguaje de la ciencia más especulativa, para después, y creo que esto es crucial, pasarlo por el definitivo filtro de la pura imaginación literaria. ¿Dónde queda entonces el límite entre la ciencia especulativa, la metafísica y lo imaginario? Sencillamente, para un autor como Greg Egan no hay límites, de lo cual creo que debemos alegrarnos. La idea de que la realidad está interconectada, de que nuestra consciencia tiene algún tipo de función activa en lo que nos rodea, de que nuestra identidad esconde alguna otra cosa o nada en absoluto, de que nosotros y el universo estamos formados de información viva… Greg Egan encarna en sus libros estas intuiciones que son inmemoriales, expresadas de mil maneras a lo largo del tiempo mediantes mitos, creencias y teorías de todo tipo, aunque de tal manera que dan como resultado el simulacro de una certeza racionalista.  El propio Egan afirmaba en una entrevista que “hay algunas partes de la mecánica cuántica que en las que lo único que se tiene es un formalismo matemático, una receta para hacer predicciones, y es una cuestión metafísica preguntar qué es lo que pasa “realmente” (2). Por tanto, lejos de inhabilitar los viejos dilemas filosóficos en nombre del pensamiento científico, más bien crea un híbrido que se sustenta en la ficción para poder germinar en la mente del lector, plasmando unas propuestas teóricas que se intuyen preñadas de posibilidad, demostrando que la realidad puede ser examinada mediante las herramientas de la literatura… y todo ello cumpliendo a rajatabla esa búsqueda de lo maravilloso que caracteriza al género de ciencia-ficción.

Reseña de Antonio Ramírez
 

Notas:

(1) Las otras dos novelas que forman la trilogía son Ciudad Permutación y El Instante Aleph.

(2) Entrevista publicada en Revista Gigamesh nº 15 (1998) 

Reseña también publicada en la web mentesdeacido.es

lunes, 3 de octubre de 2016

DE NOCHE, BAJO EL PUENTE DE PIEDRA - Leo Perutz

Hace varios años ya, leí dos novelas de Leo Perutz que me encantaron: El maestro del juicio final y Mientras dan las nueve, ambas de género inclasificable, a medio camino de lo detestivesco, lo metafísico, lo fantástico. Pero, he de admitir que los detalles de las tramas se han ido borrando de mi (mala) memoria, solo quedando una sensación general satisfactoria. No obstante, sí recuerdo muy bien que Perutz se tomaba su tiempo en desarrollar la historia, sin prisas, sin pretender que el lector fuera atrapado de primeras en una trama apasionante llena de acción. Todo lo contrario, la historia se iba desempeñando de forma algo extraña, con un punto onírico y neblinoso que envolvía todo en el misterio. También recuerdo un sutil sentido del humor. Pero, tal y como digo, los detalles y pormenores de esos libros se han ido esfumando.

No volví a leer nada más de este escritor checo, de hecho quedó un poco relegado en algún lugar de mis estanterías, perdido entre otros tantos autores. Hasta que hace poco vi en una librería esta nueva edición de De noche, bajo el puente de piedra y de repente recordé que este escritor me gustaba. Consideré que no estaría mal darle otra nueva oportunidad, de lo cual me alegro mucho porque he disfrutado de su lectura de la primera hasta la última página.

Esta reedición (la tercera, siendo la primera en castellano en 1967), de la mano de Libros del Asteroide, cuenta con la traducción de Cristina García Ohlrich, la misma que en su anterior edición en la editorial Aleph en 1988. No podría comparar (que más quisiera yo) con la versión original en alemán, pero da la sensación que es una buena traducción, al menos la lectura es fluida y conserva ese aire de narración oral que el autor parece haber querido impregnar en su historia. 

Perutz era lo que se denomina un judío secular, es decir, no practicante de las tradiciones hebreas tanto en lo que respecta en lo religioso como en lo cultural o social. Aunque nacido en una ciudad cercana a Praga, su vida estuvo muy vinculada a Viena, ciudad adoptiva donde desarrolló su arte narrativo volviéndose muy popular a comienzos del siglo XX (hubieron adaptaciones cinematográficas de sus libros ya en la década de los 20). Se relacionó, tanto en persona como epistolarmente, con gente como Bertolt Brecht, Robert Musil o Karl Krauss, todos ellos vinculados al sector intelectual más crítico con el auge del fascismo. 

Exiliado a Jerusalem a causa de la llegada de los nazis al poder, sin embargo Perutz nunca defendió la causa sionista, ni vió con buenos ojos la ocupación de Palestina, ni la manera en que se creó el estado de Israel, considerando que el nacionalismo era una de las causas de los males del mundo. No obstante, aunque rechazara el judaísmo ortodoxo, esta novela que reseñamos aquí es una clara muestra de como las tradiciones y leyendas hebreas de sus antepasados tuvieron su influencia en él, o al menos sirvieron como inspiración. Quizás por basarse en esas fuentes, este libro transmite el espíritu de la narrativa oral y popular, y sobretodo un innegable aura de realismo mágico. Porque sería excesivo definirlo como fantástico, ya que la intención de Perutz no parece ser esa, sino colocarse en ese punto intermedio donde el principio de realidad es frágil y lo maravilloso de las tradiciones populares entra y sale con perfecta naturalidad. 

La cábala y los poderes mágicos de los rabinos, la astrología, la alquimia, los fantasmas, los sueños lúcidos, los poderes del azar, la presencia de lo divino, son todos ingredientes importantes en la novela, aunque al final no sean más que una excusa para hablarnos de temas universales tan humanos como son el amor, la amistad, la venganza, la ambición, la locura o la soledad, todo ello regado con un fino e irónico sentido del humor. También hay un poco de revancha del autor respecto a los sempiternos prejuicios y tópicos contra los judíos, pero de una forma ciertamente mesurada y sutil, porque todos,  cristianos, protestantes y judíos se llevan su parte de varapalo, quedando claro que la religión no es más que una excusa para ocultar o dignificar las miserias y mezquindades de nobles y plebeyos.


Por lo demás, este libro tiene también algo de ficción histórica, puesto que figuran algunos personajes y acontecimientos reales, como el emperador Rodolfo II, coleccionista compulsivo, famoso por su mecenazgo de artistas que se salían de lo normal, de magos y alquimistas, siempre rodeado de toda clase de individuos peculiares. También desfila por sus páginas el matemático Johannes Kepler, básico en el desarrollo de las ciencias modernas (aunque también astrólogo por encargo para no morirse de hambre). En todo caso, personajes ficticios o históricos, todos quedan envueltos por la verdadera protagonista de la novela: la ciudad de Praga y las callejuelas ya perdidas en el tiempo del viejo gueto judío, donde los espectros y los borrachos, los amantes y los gatos, los ricos y los pobres, se dirigen cada cual a su destino.

Hasta el momento estamos hablando de novela, pero habría que aclarar que el libro está compuesto por relatos unidos entre sí de forma no siempre aparente. Las historias no están ordenadas de forma cronológica ni temática, formando una especie de rompecabezas literario que el lector debe ir reordenando en su cabeza. Sin embargo, que no parezca que me refiero a algo muy experimental, no se trata de eso, pero lo cierto es que Perutz utiliza una forma muy original de ir desmadejando su historia, aunque al final todo queda unido de forma convincente y natural. 

En definitiva, un libro realmente delicioso, sobresaliente literatura que seguro te dejará un buen sabor de boca. 

Reseña de Antonio Ramírez

domingo, 2 de octubre de 2016

Buenas,

hace ya mucho, demasiado, que este blog está inactivo. No se debe, por supuesto, a que los libros hayan dejado de interesarnos, ¡Faltaria más! Las razones son otras, algunas importantes y otras muy patéticas, pero así es la vida. En todo caso, intentaremos reactivarlo, aunque eso no signifique que vaya a ser con regularidad o con buen ritmo. Pero merece la pena seguir con él, aunque sea a trompicones.

Hasta pronto...


martes, 14 de abril de 2015

EN AUSENCIA DE LO SAGRADO - Jerry Mander

“Los que celebran la tecnología dicen que ésta nos ha dado un nivel más alto de vida, lo que significa mayor velocidad (la gente puede viajar más rápidamente y obtener más objetos e información con mayor prontitud), mayores opciones (a menudo interpretado como el correlativo de la libertad de elección y generalmente referido a la posibilidad de elegir entre varios trabajos y productos), mayor tiempo libre (ya que la tecnología supuestamente ha reducido la carga y el tiempo vinculados al trabajo), y mayor lujo (más artículos de consumo y mayor confort material). Ninguno de estos beneficios nos informa acerca de la satisfacción humana, la felicidad, la seguridad o la capacidad de mantener la vida sobre la Tierra. Tal vez el poder llegar más rápido a los lugares hace más contentos a algunos o sentirse más realizados, pero no estoy tan seguro de ello. Tampoco me convence que una mayor gama de productos disponibles en el mercado otorgue la satisfacción, comparada, digamos con el amor, la amistad o el trabajo significativo. Tampoco creo que la elección equivalga a la “libertad”, si es que se define esta última como la sensación de que uno tiene verdadero control sobre la propia mente y la experiencia.

En cuanto al tiempo libre, creo que lo que se llama comúnmente “ocio” en nuestra sociedad es en realidad un rellenar el tiempo: ver televisión o comprar cosas (…) Las sociedades paleolíticas tenían más de dos veces el tiempo libre que tenemos hoy, lo que dedicaban al estudio de materias espirituales, a las relaciones personales y al placer. Finalmente, gente como Iván Illich han dicho que si sumamos todo el tiempo necesario para ganar el dinero que cuesta comprar y reparar todos los costosos artefactos “ahorradores de tiempo” en nuestras vidas, encontraremos que de hecho, la tecnología moderna nos priva de tiempo”.


Este es uno de los fragmentos recogidos en la obra de J. Mander En ausencia de lo sagrado, donde su autor realiza un análisis exhaustivo sobre el impacto de la tecnología y su influencia en las sociedades actuales, conduciéndonos irrevocablemente a lo que algunas corrientes de la filosofía contemporánea, tales como el estructuralismo, el postestructuralismo e incluso el postmodernismo han dado en llamar deshumanización.
 

Estos párrafos seleccionados son un ejemplo del carácter crítico que el autor mantiene a lo largo de la obra, donde defiende y fundamenta una tesis básica para todos aquellos que en algún momento han puesto en entredicho a la cultura occidental y todo el sistema sobre el que esta se sustenta: “la tecnología no nos ha hecho más felices”.

Desde el comienzo de la Historia Moderna han sido muchos los pensadores, las doctrinas o las corrientes de pensamiento que han denunciado la artificialidad a la que los seres humanos estábamos sometiendo nuestras vidas, en aras del progreso, del bienestar o la comodidad personal. Pero es a finales del S.XIX y especialmente a lo largo del XX, cuando la tecnología se instaura en nuestro quehacer cotidiano hasta el punto de no poder concebir nuestra vida sin ella.

La tecnología se ha convertido en la mejor aliada del sistema y del orden establecido, ya que resulta ser el principal elemento de control sobre la ciudadanía, presente en todas las facetas de nuestra vida, y a pesar de ello sus graves consecuencias pasan desapercibidas para gran parte de la población, repercusiones que resultan ser destructivas tanto para el planeta como para el propio individuo y las relaciones humanas, al alejarnos de aquello que somos en realidad, de nuestro mundo interior y de nuestros caracteres naturales más elementales.

En esta obra, Mander pone de manifiesto todas estas cuestiones siguiendo la estela de algunos pensadores y corrientes de la filosofía, la sociología, la psicología o la antropología (como S. Freud, la Escuela de Frankfurt, el segundo Heidegger, L. Strauss o M. Foucault, por citar solo a algunos) que han denunciado desde sus campos de estudio las consecuencias que trae consigo el distanciamiento entre el hombre y la naturaleza, vínculo roto casi en su totalidad en el mundo tecnológico en que vivimos.

En contraposición a la cultura occidental, Mander describe en su obra el modo de vida de los pueblos indígenas que han conseguido resistir a los envites de la tecnología, mostrándonos su cosmovisión particular, su manera de entender el mundo y las relaciones humanas y sobre todo, cómo viven realmente felices manteniendo una cultura milenaria de absoluto respeto hacia la naturaleza, donde los conocimientos se transmiten de forma oral en cada generación, priman valores como la cooperación o la ayuda mutua, y donde los niños crecen en libertad, en contacto permanente con sus padres y seres queridos, disfrutando todos de un auténtico tiempo libre, que en Occidente vemos reducido con suerte a domingos y festivos, momento en que podemos llevar a cabo algunas de las actividades de ocio dirigidas por el sistema para este fin, entre las que destacamos algunas de las más solicitadas, como los paseos por los centros comerciales, ver televisión o entablar relaciones humanas a través del ordenador.

En ausencia de lo sagrado nos invita cuanto menos a reflexionar sobre el constructo artificial en el que vivimos y en el mejor de los casos, a reaccionar ante ello e iniciar la difícil tarea de cambiar nuestra mentalidad y nuestra concepción del mundo, curándonos de la ceguera a la que la tecnología nos tiene sometidos. Y esta toma de conciencia es de especial importancia dado el fracaso al que irremediablemente está condenada la tecnología, ya que esta se sostiene gracias a unos recursos energéticos finitos, al igual que todo nuestro sistema, con lo que será impracticable cuando la explotación de tales recursos sea físicamente imposible. Y puesto que las llamadas energías alternativas no son capaces de sustentar un mundo como el que hemos construido, ni pueden hacer que mantengamos nuestro actual estilo de vida (ya que no cuentan con la eficiencia energética de los combustibles fósiles) nuestra única alternativa para un futuro no muy lejano pasa por la vuelta a la naturaleza, restableciendo el vínculo con esta, perdido hace mucho tiempo.

Reseña de Patricia Terino Aguilar

martes, 7 de abril de 2015

LA CONSPIRACIÓN CONTRA LA ESPECIE HUMANA - Thomas Ligotti

Thomas Ligotti es lo que suele calificarse como un escritor de culto. Su literatura, pese a levantar furor entre sus más fieles seguidores, no es precisamente para todos los gustos. Cuando me hice con su libro de relatos Noctuario (editado por Valdemar en 2012) me costó bastante digerirlo, todo sea dicho. Su estilo repleto de imágenes retorcidas y situaciones macabras me era muy atrayente, pero por alguna razón los relatos se me hicieron muy áridos, al menos en un comienzo. No obstante, a medida que iba avanzando en el libro e iba adaptándome a su particular universo, especialmente a sus aspectos más extraños y visualmente elaborados, lo que leía se desplegaba en mi mente con una textura siniestra y cambiante, como si se tratara de una transcripción literaria de la mezcla de imágenes de artistas como Alfred Kubin, Odilón Redón, Zdzisław Beksínski y el propio José Hernandez (un óleo suyo ilustra la cubierta, con gran acierto por parte de Valdemar). Así que no tuve más remedio que rendirme ante su talento, si bien otra parte de mí, seguramente la más racional, me avisaba que bajo esa tremenda capacidad visual de Ligotti también latía algo más, como un amenazante núcleo de oscuridad... aquellos no eran simples relatos de terror.

Ahora que ha llegado a mis manos el extraordinario ensayo que reseño aquí esas sensaciones ambiguas se han concretado un poco más. El espíritu primordial y siniestro que anima cada una de las páginas de Noctuario se presenta ahora descarnado, desprovisto de las triquiñuelas literarias (pero con un estilo igual de florido y desgarrador), totalmente expuesto para ser examinado y enfrentado sin filtros de ningún tipo por el lector. Así que, como una confirmación de esa sensación de oscuridad impenetrable que tuve con sus relatos, este ensayo apuntala aun más mi sentimiento de que realmente Ligotti se mueve en el lado más resbaladizo de lo imaginario.

Pero podríamos pensar que todo es parte de una representación teatral, que el autor se ha montado a lo largo de los años un personaje con la intención de rodearse de un halo penumbroso acorde con el talante de sus ficciones. En ese caso, este ensayo no sería sino una parte más del atrezo destinado a cautivarnos y hacer engrandecer su estatus de autor esquivo y siniestro... Pero todo lleva a suponer que no, parece que Ligotti es totalmente honesto con nosotros mostrando el fruto amargo de sus reflexiones más fúnebres. Quizás por ello sea aun más difícil reseñar este libro desde una perspectiva crítica, pues, como algo que se ha tomado de forma muy personal y armado con una inteligencia pavorosa, las trampas que Ligotti ha dispuesto a lo largo de sus páginas en previsión de lecturas contrarias a lo que él propone son muchas y muy efectivas.

¿Cómo contradecir los argumentos expuestos por un pesimista tan radical como Thomas Ligotti cuando lo que dice es terriblemente cierto en su amplia mayoría? Pero la cuestión es que uno se siente obligado a contradecirle, porque la alternativa (tal y como el propio Ligotti avisa desde la primera página de este ensayo) es insoportable. Así que estaremos con él o muy posiblemente contra él, no hay demasiadas opciones. En mi caso, me he sentido impelido a leer este libro buscando todos los resquicios posibles para escapar de su lógica. Aunque, claro está, existe una tercera vía para afrontar el contenido altamente venenoso de este ensayo: insistir en tomarlo como una mera elucubración cínica pero imaginaria, quizás fascinante, turbadora, morbosa, original, pero al fin y al cabo solamente otro exabrupto literario rayano en lo patológico que se suma a los producidos por otros tantos autores malditos o marginales deseosos de provocar el pánico o de difundir su misantropía a los cuatro vientos, pero que a la larga solo sirven para poner algo de picante en nuestra dieta cultural, pues en palabras del propio autor: “La tragedia como entretenimiento desempeña una función crucial como contrapeso en la rematada fatuidad de la vida humana: la de cubrir la nada dispersa de nuestras vidas con un barniz de grandeza y estilo, cualidades del mundo teatral pero no del cotidiano”.

Pero sería una pena que la cosa acabara así, creo que este ensayo de Legotti merece una lectura más meditada por parte del lector, por mucho que este libro pueda provocar (y lo hará en muchos lectores, estoy seguro) un instintivo rechazo, puede suponer un fascinante experimento personal para todo aquel que lo lea. No obstante, como decíamos más atrás, resulta ser un libro blindado conceptualmente frente a todas las posibles críticas o desviaciones de lo que él expone. Y lo peor es que lo hace de tal manera que aquellos que quieran atreverse a negar sus argumentos o aceptarlos como un simple (y extraño, se vea como sea vea) entretenimiento quedarán insertados automáticamente en la categoría de imbéciles existenciales que el autor desprecia abiertamente. Por tanto, hay que decir que al margen de lo que pensemos de este libro debemos conceder que cumple al cien por cien la máxima exigencia de Ligotti: si hablas consecuentemente de condenación, de inutilidad, de desesperación cósmica, no puedes terminar abriendo una puerta sorpresa de emergencia para el lector (o el espectador, como por ejemplo pasó en la serie True Detective, plagiadora, dicen las malas lenguas, de muchas de las ideas que aparecen en este libro), hay que llegar hasta el final en la danza macabra. Como diría Ligotti, si alguien queda con esperanza tras aceptar la verdad que él lanza a los cuatro vientos serán los críos que prefieren jugar al borde del abismo sin percatarse (o sin admitir que se han percatado) de que ya tienen un pie colgando. Y aun así, repito, por mucho que gracias a la maligna inteligencia del autor corramos el peligro de quedar catalogados como insulsos y timados optimistas, aceptar sin más, hasta la última consecuencia, la propuesta de este libro es una opción imposible si amas la vida aunque sea en lo más mínimo.

Pero vayamos por partes:

Ligotti usa como hilo conductor de este ensayo algunas obras de Peter Wessel Zapffe, un oscuro filósofo noruego casi desconocido fuera de su país. Tomando prestadas (y hasta cierto punto haciéndolas suyas, aunque con bastantes matices) algunas de las tesis apocalípticas y antinatalistas de Zapffe lo que Ligotti expone en La conspiración contra la especie humana es lo siguiente: el ser humano es una estirpe condenada a penar por causa del primigenio surgimiento de la consciencia. Conocedores de nuestra muerte segura y del dolor y el sufrimiento inherentes a la existencia, somos seres vivos expulsados del curso normal de la vida, pues sabemos de su falta de sentido y la más ínfima gratificación final. La única alternativa es la extinción, acabar con el sufrimiento presente y futuro de la especie humana mediante una desaparición programada y lo más absoluta posible. Todo lo demás son excusas, es sumarse estúpidamente al inmenso juego de autohipnosis y sumisión a las mentiras que hemos ido construyendo a lo largo de la historia con el único fin de convencernos a nosotros mismos de que vivir merece la pena.

Esa es la base de este ensayo, con lo cual queda claro que la tal “conspiración” del título no se refiere, por una vez, a ningún plan secreto para llevar a nadie a la destrucción (al menos no inmediata), sino precisamente a todo lo contrario: mantenernos a todos con esperanzas, a toda costa. Es una conspiración que no proviene de ningún grupo o sociedad secreta, sino que se cuece en nuestro propio ser y a través de toda nuestra cultura.

De esta manera, a la sombra de las tesis poco halagüeñas del filósofo noruego, Ligotti recorre la tradición del pesimismo filosófico o literario desde aquellos escritores que son netamente desesperanzados (y desesperanzadores), como pueden ser Schopenhauer, Cioran, E. A. Poe, Lovecraft o Roland Topor hasta aquellos que matizan su pesimismo mediante un discurso que varía de lo “heróico” (Albert Camus, Unamuno, Nietzsche, etc.) hasta aquellos que el autor considera (al margen de la calidad literaria que puedan tener) como un camelo del pesimismo (Tolstói, Pirandello, etc). El resultado es un magnífico y absorbente itinerario lleno de valiosa información (con numerosos libros y autores citados), escrito con una fluidez pasmosa, pero sobretodo, a medida que el texto avanza y vamos desenrollando la madeja, quedamos envueltos en la irremediable fascinación iniciática que emana de cualquier documento que promete desvelarnos los fundamentos de nuestra realidad... aunque lo que se desvele sea algo que quizás hubiéramos preferido no saber.

No obstante, ¿Realmente se nos desvela en este libro algo que no sepamos ya? Está claro que no, todo el mundo es consciente (y ha sido testigo directo de una manera u otra) de la finitud de la vida y de los sufrimientos y vicisitudes que ésta encierra, pero como al parecer somos los únicos seres de la Tierra plenamente conscientes de ello Ligotti usa esto último para denunciar un proceso de escisión de lo natural (que de hecho, según él, nos coloca en la sobrenaturalidad) que es interpretado como una de nuestras peores calamidades, pues nos hizo abandonar el estado de ingenua inocencia en el que viven los animales respecto al absurdo de la muerte y otras desdichas de la existencia.

Y aquí comienzan mis pegas con los argumentos de Ligotti. Ciertamente podemos percibir esta escisión del ser humano con el resto de seres vivos, lo cual nos ha condicionado, entre otras cosas, para explotar y maltratar el mundo que nos rodea, pero obviamente, que tengamos consciencia y que ello nos haga sabedores del absurdo en que vivimos no es lo único que nos separa del resto de seres vivos. También es justo admitir, por mucho que eso le corte el rollo a quienes solo gusten de los aspectos macabros del asunto, que también nos coloca en una posición única para ser testigos de otros muchos aspectos de lo real que no son tan necesariamente siniestros. Ante nosotros se despliega el grandioso bullir de la vida en todas sus innumerables formas, también las fascinantes formaciones geológicas de nuestro planeta y por extensión el propio universo que gira silenciosamente a nuestro alrededor. También los somos de nuestra cultura en todo su variedad de etnias y circunstancias, con sus problemáticas, sus conflictos y desastres, pero también con sus oportunidades de colaboración, de amistad, de empatía... Que sepamos por ahora, somos los únicos seres vivos en el universo con un mínimo de consciencia para profundizar en todo esto. Pues bien, donde unos solo pueden ver el drama más absoluto otros también pueden encontrar una fuente repleta de misterios por estudiar o por hacer germinar en la imaginación, de vivencias que merecen la pena. ¿Realmente son éstos motivos insuficientes para Ligotti? 

Yendo aun más allá, Ligotti no se contenta con minar nuestro sentido vital en un contexto que podríamos calificar como cósmico, sino que otra de sus metas es cuestionar la propia concepción que tenemos de lo que es ser humanos. Para ello echa mano de la neurología o la genética, especialmente de aquellas teorías que versan sobre el supuesto de que no somos más que un montón de mecanismos interconectados que dan como resultado la ilusión de un ser con identidad y libre albedrío. Como sabemos esto no es nada nuevo (ya no solo respecto a la ciencia, numerosas corrientes místicas nos han hablado de ello a lo largo de la historia), pero Ligotti, curiosamente, expone este asunto de una manera que no deja bien parados a los lumbreras de la ciencia avanzada. Su posición es que si es posible demostrar que el ser humano es poco más que una marioneta guiada por fuerzas inaccesibles a su control, un “biorobot copiador de genes” según sus propias palabras, lo chistoso es que todos y cada uno de los científicos que así piensan terminen por conceder que en la práctica es lo mismo que si no fuera así, con lo cual, al parecer, todo queda en una especie de paradoja sin consecuencias reales. Somos y no somos entidades reales, tenemos y no tenemos voluntad, pero lo importante es establecer lo más objetivamente nuestra naturaleza, en nombre del sagrado saber humano, pero eso no tiene porque alterar necesariamente nuestra existencia. Así que, ya sea porque tienen miedo de caer en lo políticamente incorrecto, ya sea porque en realidad no tienen tantas pruebas en la mano, Ligotti se burla de la falta de valor de estos científicos para llegar a las últimas consecuencias de sus teorías, las cuales podrían caer como un jarro de agua fría sobre el ímpetu de nuestra especie... o quizás no. Esto sirve a nuestro autor para denunciar que la ciencia también forma parte de la gran conspiración que denunció Zapffe, pues no deja de acatar el sentido general: la vida merece la pena vivirse, sea como sea, por mucho que la ciencia “tenga pruebas” de que nuestras identidades sean una ilusión y no seamos dueños de nuestros actos o el propio universo no sea más que un torbellino de ondas y partículas que se dirigen al apocalipsis entrópico... ¡el show debe continuar sea como sea!


Pero Ligotti parece ofrecerse como el primer voluntario kamikaze en la guerra por un modelo absolutamente determinista del ser humano, un mundo de no-egos vivientes conscientes de su vaciedad. Fuera todos los adornos metafísicos, morales, simbólicos y del tipo que sean que nos protegen de lo que él considera una sencilla verdad: el universo es un mortal absurdo por mucho que queramos verlo de otra manera. Así que el enemigo a combatir es nuestra propia consciencia y todo aquello que alimente nuestra ilusión de un ego, así como nuestras emociones y todos los demás procesos relacionados con lo subjetivo que a la vez que nos informan de un mundo atroz también nos convencen por otro lado de que es posible (y deseable) vivir en tales condiciones. Así pues, la consciencia es para Ligotti (y otros autores que el saca a relucir) algo así como un error en el caldo de cultivo evolutivo, un factor tenebroso surgido inexplicablemente que nos aleja de los animales y su paraíso inconsciente y nos arroja en la máquina de picar carne que es el mundo. Ser conscientes no nos conviertes en seres superiores, sino en monstruos, aberraciones.

Sublimamos, representamos simbólicamente, retrasamos con mil remedios inútiles, adornamos de multitud de maneras el hecho de que vamos a morir y a fuerza de hacerlo, según el autor, hemos terminado por identificar la misma vida con estas infinitas formas de eludir su eterno contrario. Ligetti hace de ello motivo para una sorna magistralmente hilada, a veces con muestras de un sentido del humor tan negro que nuestra sonrisa se torcerá por la duda de si realmente es humor o más bien la señal de un resentimiento sin límites hacia sus prójimos (aunque obviamente ambas actitudes no sean incompatibles).

Así que podemos imaginar a nuestro escritor mirando por su ventana y examinando con ironía la sonrisa de una niña jugando en el parque (algún día será vieja y morirá), el abrazo de los enamorados (pura química que se evaporará tarde o temprano), el andar decidido del joven ejecutivo rumbo a su oficina (un robot cabezahueca que cree tener la sartén por el mango)... Nuestros días están asentados en los mil trucos y simulacros que nos ayudan a mirar hacia otro lado cuando la muerte o el sinsentido asoma mínimamente, pero eso no impide que la tragedia termine llegando, puede que de forma fulminante. Esto nos convierte en seres paradójicos que vivimos despreocupados en el proceso de una muerte segura, seres terrible y profundamente absurdos. Cómo se puede ser feliz en medio de esta carnicería se pregunta Ligotti... ¡Que mejor desquite que escribir algo que les prive del sueño a todos esos ilusos!

“Estar vivo: décadas de levantarse a la hora, luego recorrer penosamente otra ronda de emociones, sensaciones, pensamientos, deseos -la gama completa de agitaciones-, para desplomarse finalmente en la cama a sudar en el pozo negro del sueño profundo o hervir a fuego lento en las fantasmagorías que importunan nuestras mentes cuando sueñan. ¿Por qué aceptan tantos de los nuestros una cadena perpetua en vez del extremo de una soga o la boca de una pistola? ¿Acaso no meceremos morir?”
 
Y ciertamente somos seres absurdos, pero personalmente pienso que no solo por el hecho de que vayamos a morir sino más tristemente por el hecho de que vivamos como vivimos aun sabiendo que vamos a morir. Es posible que Ligotti haya tenido esto en cuenta, pero en su escrito no parece tener la más mínima importancia. Aunque a veces parece que va a tirar por ahí siempre termina negándolo, pues siempre opta por tomar la vida tal cual la vivimos como si fuera algo inevitable, precisamente consecuencia del absurdo. Así, examinando la vida desde una perspectiva estrictamente siniestra, muy propia del escritor de terror que es, el absurdo no es más que la fuente de una estupidez sin paliativos y frente a esto solo cabe la muerte voluntaria o una depresión tan negra que incluso el suicidio es una opción inalcanzable. Pero, ¿Qué pasa con la posibilidad de que podamos vivir de otras maneras? Esto parece no tener lugar en sus tesis, quizás porque eso sería admitir que el ser humano tiene márgenes por conquistar, por muy estrechos que estos puedan see. Algo que a oídos de Ligotti debe sonar terriblemente optimista, pero que ha sido proclamado una y otra vez por generaciones y generaciones de inmensos pesimistas como pueden ser Bakunin, Walter Benjamin o Günther Anders.


Haciendo una leve concesión, Ligotti cita a Camus como un pesimista “heroico” porque predicaba el vitalismo pese a que no negaba (¿cómo podría?) la muerte segura. Pero pasa de puntillas por la concepción que Camus tenía del absurdo del mundo y de lo que según él podría engendrar: el hombre rebelde, el reverso del Sísifo que cumple el mandato eterno y demencial de los dioses. Pero no solo el hombre rebelde en el aspecto más explícito de una sublevación política (que también) sino en el más amplio sentido de un asalto a niveles metafísicos, cognitivos e incluso puramente materialistas, llegando hasta la raíz del propio absurdo del mundo: la negación de todos los condicionantes, sean reales o imaginarios, tangibles o simbólicos. Partiendo de la abjuración de Dios o de cualquier otro tipo de sentido metafísico, nada es absolutamente verdad (salvo la muerte): el hombre es libre de construir como buenamente pueda las condiciones que afectan a su existencia. En su mano queda que camino tomará, nada está escrito.

Pero la vida que Ligotti describe en la cita que puse más atrás, por mucho que el marco sea la muerte, el dolor, la enfermad, también es el reflejo de una muy determinada estructura social, económica o cultural. De la misma manera lo es la imagen del ser humano robótico que algunos científicos intentan imponernos y que nuestro autor toma como base para minar la esencia de lo humano. No son productos de una verdad absoluta ni de la fatalidad inherente a nuestro ser, sino el producto de intereses relacionados con ciertos seres humanos e instituciones humanas muy concretos. Por lo tanto son perfectamente cuestionables y combatibles, por mucho que una enorme cantidad de cretinos las acepten con gusto. Por ello, la vida será absurda, falta de un sentido incuestionablemente verdadero, delimitada por la muerte y nuestra “deficiente” biología, pero también contiene el germen de una posible libertad personal y colectiva. Camus, así como otros tantos autores, pensadores y artistas, cada cual a su manera, han encarnado el Gran Corte de Mangas a cualquier determinismo de la condición humana, pese a que sea un gesto más tragicómico que verdaderamente heróico, pero siempre presidido por un espíritu de la ironía que quizás nos redime frente a la muerte y a la supuesta autoridad de la religión, la ciencia, la filosofía y cualquier otra institución que pretenda encarrilarnos sumisamente al matadero. En la rebelión está el sentido de la vida.

En todo caso, Ligotti no entra demasiado en estos asuntos, salvo por vagos comentarios, dejando así a un lado de un plumazo toda la sensibilidad revolucionaria vinculada a lo irracional, al existencialismo, al nihilismo o incluso al mero ateismo, lo cual, al menos para mí, anula mucho rigor a su pesimista exposición. Seguramente él dijera que todo eso entra en el terreno de los demás entretenimientos para eludir la Verdad Absoluta (la muerte), no lo sé, pero si así fuera me parecería demasiado simplista, para que negarlo.

En fin, no es necesario alargarse más en esta reseña, creo que más o menos he dado una idea de algunas de mis reservas ante lo que Ligotti expone en este ensayo. Aun habría mucho que decir, pero lo mejor será que cada cual se atreva a lanzarse en sus páginas como el que se tira al vacío. Es éste un libro extraordinario, lleno de grandes verdades terribles, pero también de ideas que solo pueden ser realmente compartidas por alguien que viva en la depresión más profunda. Querer vivir, tener hijos, amar tantísimas cosas de esta pesadilla que a veces es la vida, no es solo cosa de optimistas sonrientes y lobotomizados por el sistema. En todo caso, Ligotti alimenta con su libro la gran conspiración de la que habla... ¡tras leerlo es imposible no amar un poco más aquello que nos hace felices!

Reseña de Antonio Ramirez

lunes, 13 de octubre de 2014

CLEVELAND - Harvey Pekar y Joseph Remnant


Cleveland es el último comic escrito por Harvey Pekar. Trabajó en él los últimos meses de su vida, pero no llegó a ver el producto de sus esfuerzos, fue publicado dos años después de su muerte.

Hasta cierto punto puede decirse que Cleveland sirve de perfecto colofón a toda su obra, puesto que se trata de una especie de repaso historiográfico de su ciudad natal, escenario casi exclusivo de todos sus comics. Aparte de eso, el volumen también es un compendio en comprimido de muchos de los acontecimientos aparecidos en American Splendor u otros tebeos autobiográficos relacionados (como por ejemplo El derrotista, centrado en su infancia). Así pues, es como si estuviéramos ante un epílogo que calza a la perfección con el resto de su trabajo, aunque seguramente esto no fuera algo planeado, o quizás sí, en todo caso, Pekar, aun sabiendo que su salud era extremadamente delicada (ya había superado el cáncer en dos ocasiones), nos dice en un momento dado de este comic que a sus 70 años aun se mantiene con energías: “… no me siento decrépito ni nada ¿Quién sabe? A lo mejor aguanto un tiempo”. Pero por desgracia no fue así.

Hablar de Harvey Pekar es hacer un punto y aparte con el resto de autores del medio, su trayectoria es prácticamente única en el mundillo del comic. Se hizo amigo de Robert Crumb a comienzos de los 60 cuando éste se mudó a Cleveland para buscar trabajo (terminó en una empresa de postales navideñas). Años después, trasladado ahora a California, Crumb se convirtió en un gurú de los comics underground. Esto inspiró a Pekar, siempre necesitado de dinero, pero sobretodo siendo como era una persona inquieta y creativa, decidió probar por esa vía e invertir en autoeditarse un comic. Su estrategia era dejar a un lado tanto las temáticas más comerciales (superhéroes) como las más extremistas del underground, para abrir una tendencia estrictamente autobiográfica que posteriormente ha sido explotada por generaciones posteriores de autores de comic, sobre todo entre los denominados independientes. Así pues, Pekar tiró de Robert Crumb y de algunos otros dibujantes menos conocidos para lanzar su American Splendor a partir de 1976, una serie más o menos periódica que durante años (hasta 1993) narraría sus vivencias e intimidades de una forma tan meticulosa que llegaría hasta lo confesional. Labrándose poco a poco su lugar en las estanterías de las librerías especializadas de todo el país, American Splendor terminó por convertirse en una obra seminal del comic independiente. Sin duda, que Crumb participara en muchos capítulos de esta serie ayudó a establecer su reputación entre un número considerable de aficionados. Aunque también es cierto que, como dice el propio Pekar en un prólogo para una antología de sus historias (1), Crumb estuviera atravesando una grave crisis profesional en el momento en que inició su colaboración con él, algo que se alargaría hasta el renacimiento del underground americano cuando el mismo lanzó la revista Weirdo a comienzos de los 80. Por si fuera poco, esta fama recuperada de Crumb se incrementaría drásticamente gracias a la gran difusión del documental que Terry Zwigoff hizo sobre su vida y su familia. Sea como fuere, esta segunda edad de oro de Robert Crumb también benefició indirectamente a la promoción de Harvey Pekar. Sin embargo, como ya sabemos, fue hasta el 2003, año en el que se estrenó la película American Splendor (dirigida por Robert Pulcini), que el reconocimiento de su obra no se extendió (relativamente, hablamos de tebeos) al resto del planeta.

Pero volvamos a Cleveland, el objeto principal de esta reseña. Respecto a la parte gráfica, decir que Joseph Remnant hace un trabajo excelente, con un estilo muy trabajado a base de tramas y claroscuros de tinta china. Remnant recuerda mucho a Robert Crumb, para que negarlo, aunque sus dibujos no son tan agresivos y les falta algo del dinamismo del maestro, pero aun así es un gran dibujante. Los paisajes urbanos, con sus edificios, sus automóviles, sus chimeneas y postes de todo tipo, están realizados a la perfección, algo que era crucial en un comic como éste.

En cuanto a la historia en sí, Pekar hace gala en esta novela gráfica de un método bastardo entre la autobiografía y el documentalismo. Al igual que ya hiciera en The Beats (2), su repaso en comic de los principales escritores de la llamada “generación perdida” (Ginsberg, Kerouac, Lamantia, etc), Pekar opta por ir lanzando pequeños apuntes biográficos de muchos de los más afamados pobladores de Cleveland, a la vez que narra la historia de la ciudad (y de sus pobladores anónimos) como si de un personaje más se tratara. El resultado es un amplio fresco donde el urbanismo, la economía, la industria, la política, el deporte, la cultura, etc, se entrecruzan de forma indivisible. Por lo tanto, Pekar asume una actitud que podríamos definir como sociológica a la hora de describir cómo el desarrollo de su ciudad ha condicionado la vida de sus vecinos o la suya propia: la actitud de las clases pudientes, el comportamiento del mercado laboral, los prejuicios raciales, la inmigración, las infraestructuras, los servicios sociales, etc, no son meramente el telón de fondo donde Pekar sitúa los vaivenes de su vida, de hecho le sirven a veces para explicar porque su vida fue así y no de otra manera, tal es el grado de condicionamiento que Pekar concede al contexto geográfico y socioeconómico, en este caso la ciudad de Cleveland. No obstante, aunque en este tebeo se muestren de una forma tan explícita, los intereses sociológicos o políticos de Pekar nunca llegan a convertirse en un lanzamiento de consignas o en una crítica firmemente ideológica, ni mucho menos. Pekar, como ya demostrara en American Splendor, opta por una descripción realista y llana de sus vivencias, de sus ideas, de sus recuerdos, de su visión de Cleveland, siempre mediante anécdotas nada espectaculares pero que a él le sirven para ejemplarizar la vida de la clase trabajadora o media-baja en una ciudad condenada al abandono y la decadencia. Quizás por ello resulta imposible no identificarse con gran parte de lo que nos cuenta, pues Pekar se dirige al lector de tu a tu, sin grandes aspavientos ni melodramas excesivos, abriéndose de tal manera que sus miedos, sus intereses, sus obsesiones, sus pequeños placeres, sus victorias o derrotas, difícilmente resultan incomprensibles para nosotros. Pekar habla de su vida sin mitificarla, pero también sin obviar que todas esas pequeñas anécdotas que nos cuenta forman el conjunto de su particular odisea como ser humano, lo cual no es precisamente poco.


Por lo tanto, frente al aluvión de ficciones que retratan grandes conflictos llevados a escenarios improbables o extremos sin remisión, tan del gusto del mercado mainstream anglosajón, Pekar prefiere tratar sobre el mundo real, sobre el día a día, hablándonos humildemente de los recovecos de una vida condicionada por el sueldo (o la ausencia de él), por el barrio, por las amistades, por la familia, por las frustraciones o logros personales, nada que no podamos ver en nuestras propias vidas. Que cada cual considere el valor que eso pueda tener y acepte o no la poética de lo cotidiano que Pekar nos ofrece, tan grande y a la vez tan modesta. Siempre sin caer en el efectismo mediante el miserabilismo o la sordidez del que suelen beber tantos otros autores pretendidamente realistas, quizás no podremos evitar sentir que sus historias enriquecen la percepción que tenemos del mundo, por mucho que nunca nos hayan sacado de una cotidianeidad a veces incluso exasperante. Su tebeo Cleveland mantiene en todo momento esta filosofía, siendo como es una especie de documental la ciudad que describe se nos muestra desnuda, desprovista de grandes mitos, expuesta a los vientos de la economía y de decisiones caprichosas por parte de los de arriba, llena de gente perdida, insatisfecha, una ciudad, en suma, vulnerable y que refleja y en cierta manera preserva la propia vulnerabilidad de sus habitantes. Y, sin embargo, sin finales felices, pero tampoco sin apocalipsis hiperbólicos, la gente vive su vida como puede. No podremos dejar de sentir en sus páginas esa chispa de resistencia que es la última esperanza, ese deseo de emancipación de los condicionantes que en el propio Pekar se manifestó como un hambre voraz de conocimiento y que en la práctica le llevó a cultivar hasta la obsesión sus múltiples intereses: el jazz, la literatura, el arte, la historia. Lejos de conformarse con ser un modesto funcionario administrativo de la sanidad pública Pekar luchó por vincular su vida a las cosas que más le interesaban, por mucho que tuviera que aprender todo por sí mismo o estuviera fuera de sus posibilidades económicas.

Puede decirse que a la larga lo consiguió. Su obra (que al fin y al cabo es su propia vida conservada en forma de comic) se torna así en algo más que un mero entretenimiento y una lectura más que sumar y archivar en la estantería, pues podemos afirmar que para mucha gente supondrá sobre todo un ejemplo de lucha y resistencia a seguir. 



Reseña de Antonio Ramírez.

(1) Obras completas de R. Crumb. La cúpula. 2004
 

(2) The Beats. 451 Editores. 2011