viernes, 23 de agosto de 2019

YASUTAKA TSUTSUI - Hombres salmonela en el planeta Porno


Editorial Atalanta, Gerona, 2016.
Traducción: Jesús Carlos Álvarez Crespo.
184 páginas


No conozco mucho de la literatura japonesa, aunque soy una profunda admiradora de la desgarradora y poética obra de Kenzaburo Oe. Sin embargo, el libro que voy a reseñar no se asemeja en absoluto a este autor moralista y desesperanzado. De hecho, el tono directo y humorístico del primer relato de los Hombres salmonela en el planeta porno me chocó mucho, lo que no impidió sentirme inmediatamente absorbida por la lectura de estos cuentos que combinan el humor más disparatado, el amor más loco y el apocalipsis más devastador.


Yasutaka Tsutsui es un escritor, actor, crítico literario y músico japonés que ha publicado unas 600 obras a lo largo de su vida, aunque en España tan sólo han aparecido tres de ellas en la editorial Atalanta. En concreto,  Hombres salmonela en el planeta porno es una recopilación de cuentos publicados en Japón en 2005, cuando el escritor contaba ya con 71 años. La mayor parte de la obra de Tsutsui desarrolla el género de ciencia ficción en su vertiente más humorística, cercana a lo sarcástico y está escrita con un tono irreverente, caustico, rebelde y provocador. De ahí que se le encuadre dentro del género dotabata kigeki, que se considera como una especie de comedia bufa o slapstick. En cualquier caso, las afinidades confesadas de Tsutsui le emparentan con el humor negro más corrosivo de Roland Topor, dando lugar a una extraña mezcla de narrativa manga, paisajes oníricos, situaciones absurdas, crueldad inmisericorde y diálogos delirantes. De hecho, debido a la mordacidad de su escritura, Tsutsui llegó a sufrir la censura de las editoriales japonesas cuando en los años 90’ recibió las críticas de la Asociación de Epilépticos de Japón, por lo que se declaró en huelga entre los años 93 y 96.


Con esta introducción podemos hacernos una idea de la visión que Tsutsui nos ofrece de la sociedad nipona, instalada desde hace mucho en las convulsiones de una crisis financiera y humana. Tsutsui no es en absoluto complaciente cuando trata de comprender el proceso de deshumanización creciente que está generando oleadas de depresión, angustia y suicidio en Japón. A través de un lenguaje sumamente directo, narrado en primera persona y con una estructura clásica muy cercana al cómic manga, Tsutsui va componiendo un retrato pesimista del futuro de la humanidad, señalando como culpables a la tecnología, pero, también a la “tendencia gregaria de los japonenses a seguir a la multitud”, como dice uno de los personajes de sus relatos. En este sentido, casi todos los cuentos enfrentan a los protagonistas al mismo dilema. El de estar atrapados en una estructura que no sólo es social, sino existencial y a la que permanecen desesperadamente sujetos mientras el mundo se descompone. Al principio de la historia el deterioro es apenas perceptible y el obediente ciudadano trata de adaptarse sin alzar la voz. Sin embargo, rápidamente los signos de degeneración son cada vez más caóticos y angustiosos, de modo que los esfuerzos por mantenerse a flote se convierten en una auténtica lucha por la supervivencia descarnada, aberrante y de una crueldad inconcebible.


Para Tsutsui, el mundo se ha convertido en una comedia trágica cuyo final es irremediable. En ese escenario cada persona realiza un esfuerzo cotidiano por aparentar normalidad, mientras que por dentro le recorre un dolor, un odio y un asco abismales. El ser humano se ha convertido en una máscara vacía con la que finge que es feliz. Por eso, a pesar de la descarnada violencia de algunas escenas descritas por Tsutsui, resulta creíble el comportamiento de los personajes por adaptarse y de sobrevivir. Del mismo modo que nos horroriza, pero no nos sorprende que ante un accidente de tráfico haya personas que saquen sus teléfonos móviles para gravar, en lugar de prestar ayuda. O que un gobierno presuma de no rescatar náufragos en sus costas como si se tratara de una machada entre los amigotes del barrio. Tsutsui nos alerta de la afasia emocional y ética que nos convierte en obedientes corderos camino del matadero.

Esto es lo que relata Tsutsui en sus cuentos más pesimistas, El límite de la felicidad o El mundo se inclina, donde se muestra el pánico de una sociedad que se va acercando a la catástrofe. Es el momento en el que aflora el darwinismo social más puro, cuando ya no reconocemos a nuestra pareja o nuestros hijos como compañeros. Ahí se evidencia la completa soledad de unos seres humanos que no se comprenden entre sí, que están a la vez amontonados en las ciudades y aislados en sus cubículos diminutos, ciegos al dolor de los demás. Esa lucha por la supervivencia comienza cuando usamos a los demás según su capital financiero o erótico, es decir, cuando la mujer espera el sueldo del marido para gastarlo en una televisión nueva y el marido espera la contraprestación sexual de su mujer. Y termina en el desasosegante momento en el que se percibe a esa mujer como un objeto inútil del que poder desprenderse o al hijo como un lastre. 



Frente a este proceso de descomposición social, algunos de los protagonistas optan por aferrarse a los valores más tradicionales o delirantes como una forma de defender su identidad y su libertad. El ejemplo más claro es el de El último fumador, que lucha por el derecho a fumar como si se tratara de un privilegio “masculino” a pesar de lo absurdo o perjudicial que pueda ser. El protagonista, un escritor mayor y de éxito, encarna la voluntad de resistencia cuando fumar o jugar al pachinko se han convertido en pequeños pecados veniales que no deberían ponerse en cuestión por las mujeres. Y en esta ocasión las mujeres son presentadas por Tsutsui como una especie de feministas aberrantes, convertidas en amazonas estériles, dominantes y arbitrarias. Parecería que en el fondo el control proviniese de un superordenador femenino implacable con las debilidades humanas, frente a cuyo intento de castración se defiende un hombre-niño (porque es de una ingenuidad casi infantil). Es el lamento de una generación que habla así por boca de uno de sus personajes: “O sea que hemos pasado por los horrores de la guerra, hemos sobrevivido a la austeridad de la posguerra, y todo ¿para qué? (…) y ahora nosotros ni siquiera somos libres. ¿Por qué?”. Los hombres y las mujeres habitan en universos cada vez más separados y una cama de matrimonio puede convertirse en un espacio solitario y hostil.

Pero el libro contiene un relato inicial y otro al final, que es el que da título a la recopilación, cuyas conclusiones son diametralmente opuestas y vitalistas. Se trata de dos relatos eróticos sumamente divertidos y de un humor absurdo y onírico. De hecho, el primero de ellos resulta una celebración de lo efímero, del amor libre, de la locura erótica y arrebatadora. El sexo se convierte en la única energía capaz de devolvernos la humanidad al reconciliarnos con esa naturaleza irracional, impulsiva y abismática de la carne, que se contrapone a la frialdad del positivismo y la tecnología. Por eso no debe extrañarnos el punto de partida del último de los relatos, Hombres salmonela en el planeta porno. En esta ocasión nos encontramos ante un grupo de científicos, todos hombres, discutiendo cómo resolver el embarazo no consentido de una científica joven y hermosa. Algo que ha sucedido en el infame planeta porno donde todas las cosas suelen pasar de lo normal a lo obsceno. Un planeta donde las plantas, los animales y las personas son esencialmente obscenos, donde no hay depredadores al acecho de una presa fácil, sino fornicadores ofreciendo sus cuerpos a la lubricidad universal. De modo que Tsutsui considera que la perversión sólo está en la mirada de los “civilizados” nipones, que se avergüenzan, se escandalizan y se sienten culpables con cada obscenidad. Porque en Nudalia, la comunidad humana del planeta Porno, sólo podrá entrar una “persona que no tenga un concepto metafísico del acto sexual, pero que, al mismo tiempo, tenga un suministro inagotable de potentes necesidades filantrópicas hacia el propio acto sexual”. La generosidad erótica es la única Ley que rige a todas las especies del planeta Porno.


De esta forma, en su relato más largo, Tsutsui nos coloca frente a esa utopía erótica poniendo a prueba los límites sexuales estereotipados y ofreciéndonos la posibilidad de dejarnos llevar por el placer de sus “plantas acariciadoras”. El final termina por ser optimista, en la medida en que confía en que hasta el más frígido y moralista de los científicos esconde en su cuerpo ese apetito sexual desenfrenado y que, tarde o temprano, acabará por liberarse. Cotidianamente, no sólo en Japón, vivimos en entornos antinaturales en los que la congestión humana exige un pudor, una distancia y una frialdad que va convirtiéndose en asco y odio en las calles, los metros, los ascensores y las oficinas. Sabemos que hay personas que nos rodean, pero procuramos no mirarles, ni hablarles, tratarles como simples cuerpos que se desplazan acercándose peligrosamente, escondiendo sus intenciones bajo una máscara de cortesía. Por eso, no habría nada más subversivo que la propuesta de Tsutsui: dar rienda suelta a nuestros apetitos y convertir todos esos espacios en oportunidades para el encuentro erótico.


Reseña de María Santana

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