miércoles, 8 de enero de 2014

UN FUEGO SOBRE EL ABISMO - Vernor Vinge

Edición original en inglés en 1992.
Publicado en castellano por La Factoría de Ideas en 2013. (Hay una edición anterior por Ediciones B en 1995).
Traducción de Ainara Echániz Olaizola
448 páginas.

Sinopsis.

Tras ser despertada por error por una colonia humana situada en el espacio profundo, un antigua entidad de terribles poderes pone en peligro cualquier cualquier tipo de civilización en la galaxia.

Comentario del libro.  

Para que dar muchos rodeos: Un fuego sobre el abismo me ha parecido una lectura excepcional y absolutamente recomendable. Aparte de las buenas ideas, de los planteamientos originales, de los personajes bien construidos, Vinge logra dotar a la novela de un hálito de aventura que no debe ser muy diferente del que Verne, Wells y otros grandes pioneros del género lograron transmitir a sus contemporáneos. A esto también se une una sofisticación innegable y el evidente interés por ensanchar los límites de la ciencia-ficción con ideas audaces y a estas alturas inimaginables para los autores clásicos que antes hemos citado. No obstante, tampoco podemos olvidar que Un fuego sobre el abismo fue publicada hace ya más de 20 años, con lo que es muy posible que algunos de sus planteamientos también puedan resultar algo trasnochados (por ejemplo con su concepción tan simplona de las “redes sociales” informáticas) en comparación con algunas de las piruetas conceptuales que en el género se manejan hoy en día. No obstante, lejos de ser un inconveniente, esta paradoja entre audacia y anacronismo aporta el regustillo añejo que sentimos ante los verdaderos clásicos a los que perdonamos cualquier tipo de ingenuidad si a cambio logran darnos una buena dosis de magia literaria.

Como sabrán los lectores que siguen nuestro blog, hace poco reseñamos Mundos en el abismo, otro clásico moderno del género (al menos para lo que respecta a la literatura en castellano), obra de Juan Miguel Aguilera y Redal (ver reseña aquí). No he podido evitar entrar en comparaciones y creo que las similitudes van más allá del título, aunque en este caso no hablo tanto de la propia historia como de la estrategia literaria que esconden. Ambos libros son space operas que han sido consideradas hasta cierto punto como “duras”, muy valoradas por sus planteamientos ambiciosos; los dos recrean civilizaciones extraterrestres, idean complejas formas de transporte espacial y otras muchas cuestiones tecnológicas, pero sobretodo proponen escenarios cósmicos que superan la escala humana en tal grado que solo podemos asombrarnos ante la perspectiva, y todo ello de una forma lo suficientemente verosímil y detallada como para resultar incluso plausible… aunque sin serlo en absoluto. Es decir, al igual que Aguilera y Redal, Vinge utiliza su formación científica (es matemático e ingeniero informático) para dar una paradójica patada en las narices a las verdades objetivas y comprobables de la ciencia. Afortunadamente, las nociones de la ciencia pueden ser un trampolín a la libertad especulativa y si hace falta a la imaginación desatada, un ejemplo claro de esto es la proposición sobre la que se sustenta toda la novela que estamos reseñando: la Vía láctea se halla dividida en zonas concéntricas de diferente potencial mental y tecnológico. Comenzando por las Profundidades sin pensamiento (el núcleo de la galaxia, un lugar donde es difícil incluso el desarrollo de cualquier atisbo de inteligencia), pasando por la Zona lenta (donde se encuentra la Tierra, con un progreso muy limitado) y las zonas más exteriores: el Allá (donde, por ejemplo, es posible viajar a velocidades muy superiores a la de luz) y el Trascenso (allí donde se ubican los Poderes, las entidades que han trascendido a tal nivel de desarrollo científico y cognitivo que desde las perspectivas inferiores del Allá o la Zona lenta solo pueden confundirse con lo sobrenatural o incluso lo divino). Vinge suelta todo esto por las buenas, sin fundamentarlo en lo más mínimo (¿quizás para dejar la explicación en otros libros?), pero lo hace con tal audacia y talento que el lector, tras unas confusas páginas iniciales, termina por aceptarlo sin demasiados problemas. El autor recurre así a una de las vías del género que más resultados ha dado: desarrollar una trama partiendo de una falsa premisa que cuestiona o amplía los datos objetivos que actualmente conocemos del mundo físico. Poco importa que sea una absoluta locura desde el punto de vista de la lógica científica si el resultado es tan fascinante como las ideas que maneja Vinge.


Al comparar Un fuego sobre el abismo con Mundos en el abismo he señalado algunas de sus similitudes, evidentemente también son dos libros con muchas diferencias. Por ejemplo, allí donde Aguilera y Redal usan sus personajes casi como meros vehículos o excusas para asombrar al lector con un muestrario de maravillas cósmicas y tecnológicas, Vinge trabaja sus protagonistas con un considerable grado de profundidad. Quizás por esto la densidad de sorpresas, artilugios y portentos espaciales es muy inferior en Un fuego sobre el abismo. El autor se toma su tiempo en desarrollar ampliamente el carácter y las motivaciones de sus personajes (a veces repercutiendo bastante en la velocidad en que se va desarrollando la trama), logrando a cambio una posibilidad de empatía que ni de lejos consiguen Aguilera y Redal con los suyos. Todo el contexto queda finalmente relegado a un segundo plano, siempre subordinado a unos sufridos personajes que por derecho propio se ganan todo el protagonismo. El afán de conocimiento o aventura, la amistad, la nostalgia, el amor, la traición, la venganza… el autor logra un escenario y un drama que resulta tan universales y netamente humanos que sentimos y sufrimos por los personajes y sus destinos, da igual que eso ocurra a más de 50.000 años en el futuro y a distancias galácticas.

Sin embargo, no quiero que el lector de esta reseña se haga una idea equivocada, pues no deja de ser cierto que estamos ante una novela de ciencia ficción, una space opera en toda regla, por tanto es justo recalcar algunos detalles que podríamos definir como propiamente del género. Sería absurdo hacer un repaso de todos, pues los hay en grandes cantidades, así pues me centraré en dos: la civilización de los “pinchos” y el personaje de Pham Nuwen. En el caso de los “pinchos”, tal y como les denominan los personajes humanos de la novela, son unos seres múltiples parecidos a perros con cuello extensible y rostros muy expresivos. Piensan y actúan colectivamente en manadas que pueden variar en el número de miembros (además de poder combinar individuos de diferente sexo). Cada pieza del ser colectivo se complementa y aporta al conjunto, algunos son habladores, otros aportan astucia, algunos pueden ser guerreros, otros artesanos, etc. Está claro que dicho así puede resultar algo estrambótico, pero lo cierto es que Vinge logra describir convincentemente a estos seres y su civilización. Son seres muy inteligentes y en algunos casos pueden superar a los humanos en su capacidad de aprendizaje, pero aun están inmersos en una etapa de desarrollo cultural que podríamos comparar con la Edad Media terrestre. Esto sirve para que el autor explote una de las ideas que se manejan más a fondo en el libro: como algunas civilizaciones pueden ser aupadas en su desarrollo científico gracias a la intervención de otras más avanzadas. En el caso de los pinchos este “ascenso” es fulminante al entrar en contacto con una nave humana que por accidente cae en su planeta.

Y en segundo lugar tenemos a Pham Nuwen, que para mí lo mejor de todo el libro. Es éste un personaje que por alguna razón he imaginado con rasgos que podría haber dibujado Enki Bilal en alguno de sus comics. Un humano (muy evolucionado y diferente a nuestra apariencia) de miles de años de edad que ha sido reconstruido a partir de varios cadáveres congelados en una nave que iba a la deriva, la cual era procedente de la Zona Lenta. El responsable de esta reconstrucción es Antiguo, un Poder del Trascenso que usa a Pham Nuwen como mensajero y que por razones que no vamos a desvelar (para no cargarnos la emoción del libro) transfiere parte de sus inmensas capacidades a su limitado cerebro. Pham es un ser atormentado, con una memoria de su vida que no sabe si es artificial o genuina, pero en todo caso sabe que dentro de sí está la clave para un conflicto que se pierde en el tiempo y el espacio.

En fin, no se me ocurre que más decir sin destripar el libro. Solo repetir, una vez más, que es un libro estupendo y que, estoy seguro, hará las delicias de muchos lectores ansiosos de buena ciencia ficción.

Reseña de Antonio Ramírez

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