miércoles, 1 de enero de 2025

MARVEL COMICS: LA HISTORIA JAMÁS CONTADA - Sean Howe

La editorial Es Pop, continúa con su afán por esclarecer la historia de la cultura popular mediante una colección de ensayos bien seleccionados y perfectamente editados sobre temas tan variados como la música rock y el metal, el cine y la literatura de terror, la vida de novelistas icónicos y, por supuesto, la historia de los tebeos.

Los tebeos han formado parte crucial de la industria del entretenimiento para masas y como tal ha producido inmensas cantidades de basura. Por fuerza, su desarrollo ha estado condicionado por las vicisitudes del mercado, por los flujos de las modas e incluso por la política. No obstante, de una manera u otra, la inventiva siempre ha logrado abrirse paso a través de los resquicios de la producción masiva y de las exigencias impuestas por el mercado capitalista, dando lugar a inesperadas maravillas impresas sobre papel al alcance de cualquiera que se acercara a un quiosco.

En Marvel, la historia jamás contada, obra de Sean Howe, podremos examinar en profundidad esa tensión entre creatividad desatada y pura chabacanería comercial. De hecho, la historia de Marvel, con seguridad la editorial de tebeos más famosa del mundo, puede considerarse como el paradigma del sempiterno conflicto entre arte y negocio, entre genuina creatividad y sometimiento a los mandatos del mercado. En ese sentido, el autor ahonda en esa dinámica con datos, en ocasiones extraídos literalmente de los índices bursátiles. Porque, no podemos olvidarlo, Marvel es un lucrativo negocio que ha procurado miles y miles de millones a sus sucesivos dueños. Sin embargo, no hubo tanta fortuna para los que hicieron posible esos disparatados beneficios: los autores y autoras, los curritos que durante décadas fueron creando, viñeta a viñeta, el inabarcable universo imaginario de Marvel. 

Stan Lee en 1978.

Uno de los principales protagonistas de esta historia es, obviamente, Stan Lee, el artífice incuestionable del que parte todo. El libro lo retrata esmeradamente, con sus luces, que las tuvo, pero también con sus muchas sombras. Si algo deja claro Howe es que Stan Lee jugó un doble papel: supo rodearse de grandes talentos creativos que expandieron sus muchas ideas, en ocasiones tan elementales; mientras tanto, vigilaba celosamente los intereses puramente económicos de la editorial (sin perder de vista, también es verdad, los suyos propios). Sin embargo, lejos de demonizarlo, el autor del libro se muestra irónico respecto a la personalidad de Stan Lee y sus afanes de notoriedad y fama. Queda patente el cariño que le causa su figura. Sin embargo, pese a su gran importancia, Stan Lee solo fue una pieza más de un engranaje creativo que incluyó a gran cantidad de personalidades no menos míticas, sin duda encabezadas por los gigantes Jack Kirby y Steve Ditko. La historia de estos dos dibujantes (también guionistas, no acreditados en multitud de historietas) queda plasmada con especial interés, puesto que encarnaron a la perfección el rol de explotados (sobre todo en el caso de Ditko) por las prácticas injustas de gran parte de la industria de los tebeos en América. En España también hemos tenido lo nuestro, como ocurrió con Bruguera, pero esa es otra historia.

Creo que uno de los principales logros del libro es haber articulado eficazmente un ritmo narrativo muy ameno, transmitiendo la progresión de la editorial a través de cada contexto histórico. Lo hace a través de infinidad de testimonios y documentos que nos demuestra que Marvel ha sido un reflejo de la sociedad que la produjo, de sus autores y de su público, pese a los vanos intentos de Stan Lee de mantenerlo como un universo aislado. De hecho, como un curioso efecto de retroalimentación, Marvel también comenzó a influir en su contexto. Si bien Marvel tuvo sus antecedentes directos entre los años 30 y 50 con las publicaciones de Timely Publications, dando ya lugar a personajes como Capitan América, La Antorcha Humana o Namor, su verdadero comienzo fue en 1961 con el primer número de Los 4 Fantásticos. Puede afirmarse que este hecho fundacional para la editorial se solapó con muchos de los cambios generacionales que tuvieron lugar en esa década. Los personajes de Marvel con sus poderes estrambóticos y sus trajes vistosos, muy diferentes de lo que se había visto hasta ese momento, sumado a los paisajes cósmicos de Kirby, o las ondas místicas de Ditko, reflejaron una tendencia implícita en la época. Indudablemente, Marvel tuvo que ser una influencia clave para la estética psicodélica. Los tebeos de superhéroes, concebidos para lectores más jóvenes, devinieron en un éxito entre los estudiantes universitarios, influyendo en su imaginario, poniendo de moda la ciencia ficción o las ideas ocultistas y mitológicas, todo ello empaquetado en un cóctel pop irresistible y explosivo que terminó por infiltrarse en la contracultura. Durante esta época dorada hasta finales de los 70, Marvel permitió algo de espacio a la experimentación visual y temática. Autores como Neal Adams, Jim Starlin o Jim Steranko pudieron explayarse y forzar los límites de lo que podía considerarse un simple tebeo de superhéroes. Sean Howe retrata este periodo de una forma apasionante, sembrado el texto de muchas anécdotas y datos siempre interesantes.

Página psicodélica del Doctor Extraño realizada por Steve Ditko (1966)

Con la llegada de los años 80, lo hace también la consagración del negocio de los tebeos de superhéroes. Marvel logra igualar o incluso superar a su principal contrincante en el sector: DC Comics. El éxito de La Patrulla X marca un filón a explotar. En este momento se define la prioridad de los personajes frente al trabajo de autor. La línea editorial comienza a crecer y las colecciones se multiplican, aumentando la presión sobre guionistas y dibujantes, y por consiguiente surgen los conflictos. La parte artesanal va dando lugar a un trabajo más en serie, pero siguen emergiendo grandes autores que logran sacar algo de oro de todo aquello, por mucho que el equilibrio entre creatividad y afán de negocio siempre cayera hacia el lado del dinero. Por lo demás, el control de la editorial sobre los autores es cada vez más férreo. Sean Howe retrata detalladamente muchos de los conflictos internos entre la empresa y sus empleados, siendo este aspecto de gran interés para entender el funcionamiento de la industria americana del comic. Es especialmente destacable la guerra de Steve Gerber por recuperar los derechos de autor por su creación de Howard el Pato, contienda que se alargó durante décadas.

Tras Stan Lee, el principal papel de los sucesivos redactores jefes es el de cortafuegos. Roy Thomas, Marv Wolfman, Gerry Conway, Archie Goodwin, Jim Shooter, Tom DeFalco, por citar los más históricos, marcaron su impronta en el desarrollo del universo Marvel. Sean Howe se toma especial interés en describir su trabajo, sus aciertos y sus errores en la gestión de las múltiples colecciones, las polémicas con los creativos, etc. En ocasiones, parece que la historia de Marvel trata sobre las dimisiones, los despidos fulminantes, las readmisiones, las deserciones a DC, e incluso las traiciones entre artistas. Un constante juego de poderes, rencillas personales, venganzas y frustraciones.

El comienzo de los años 90 supone también el auge de la especulación del coleccionismo de comics. A eso se suma las nuevas técnicas digitales de reproducción, los intentos de monopolizar la distribución de comics y el boom de las librerías especializadas, que cada vez suponen una parte más importante de las ventas. Todos estos hechos marcan un antes y un después que altera no solo a los propios comics, sino también a su público. Autores respetados por la crítica y que habían tenido un enorme éxito durante los 80, como pueden ser Frank Miller o John Byrne, quedan de pronto en un segundo plano, a favor de otros más espectaculares y efectistas. El nivel de la calidad cae por los suelos con el triunfo de dibujantes como Todd McFarlane o Rob Liefeld. Howe no escatima detalles sobre esta época donde el dinero rápido corría a raudales, a costa de la progresiva decadencia de las historias, del arte y de los propios personajes. Pronto estallaría la burbuja y el mundo de las edición de tebeos nunca sería ya igual.

Por mucho que en las dos últimas décadas se han publicado algunas colecciones destacables e innovadoras y han ido surgiendo autores jóvenes de gran talento, lo cierto es que la época dorada de Marvel llegó a su fin. Lo que perdura es el boom del cine de superhéroes de Marvel a comienzos del siglo XXI y la inevitable disolución de la marca en el imaginario colectivo. Debe haber mucha gente que conoce los personajes por las películas, pero que nunca ha leído un solo tebeo. No pasa nada, así es la vida. Marvel, por su parte, sigue publicando, el tiempo dirá hasta cuándo.

X Force de Rob Liefeld (1992). Sobran los comentarios ante tal despropósito.

En definitiva, hay que subrayar que este libro supone una fuente de puro placer para cualquier aficionado a los tebeos. Seas o no un fanático de Marvel, o incluso si eres un detractor, Howe logra plasmar un lienzo tremendamente detallado y documentado sobre un capítulo crucial dentro de la historia general de los comics. Por último, hay que recordar que existe una edición anterior de este libro realizada por Panini, el cual incluye un capítulo sobre la historia de la publicación de los tebeos de Marvel en España. Desconozco si hay muchas más diferencias con esta edición que he reseñado. 

Más información en la web de ES POP

Reseña de Antonio Ramirez 

domingo, 27 de septiembre de 2020

UNA GUÍA SOBRE EL ARTE DE PERDERSE - Rebecca Solnit

Publicado por Capitán Swing (2020)
Traducción de Clara Ministral
Número de páginas: 176
Edición original en inglés (2006)

Reseña de María Santana:
 
Una guía sobre el arte de perderse logra, desde la primera página, mantener un equilibrio entre lo especulativo, lo evocador y lo poético, haciendo que resulte muy fácil sumergirse en la lectura de este ensayo autobiográfico. El libro de Solnit toma como base las implicaciones existenciales de la experiencia del perderse en una multiplicidad de acepciones que incluyen tanto lo accidental como lo deliberado con una voluntad de apertura a lo desconocido. El resultado es un texto que se permite un ir y venir desde las referencias históricas a las descripciones de paseos, los recuerdos personales y las reflexiones íntimas. Solnit nos ofrece así una perspectiva de la exterioridad y el habitar complejos, en el que se superponen los estratos y se roza la experiencia de lo maravilloso. Lamentablemente, la autora nos coloca en el umbral de lo poético sin llegar a adentrarse, aunque apremiándonos a seguirla en esa búsqueda.

De ahí que Solnit nos señale en las primeras páginas la necesidad de recuperar la aventura como parte de la vida, llegando a describir ese perderse como “una rendición placentera, como si quedaras envuelto en unos brazos, embelesado, absolutamente absorto en lo presente de tal forma que lo demás se desdibuja”. El perderse no es algo que suceda simplemente en el territorio sobre el que nos movemos cuando desaparecen los elementos que nos orientan, sino que puede provocarse como una vivencia de abandono u olvido de uno mismo, dejándonos atrapar por un mundo en el que se atisban resquicios, umbrales o recodos desconocidos. Hay momentos en los que perderse supone acercarse a una suerte de ebriedad, a una confusión que no es alegre, sino inquietante. Esta perturbación anímica específica que pueden suponer el viaje y la deriva es también señalada por Lurdes Martínez en su reciente libro Saqueadores de espuma (1), en el que deja constancia de las grietas pasionales que aún pueden hallarse en los lugares más domesticados. Como bien explica Martínez, dejar que los pies se muevan de manera libre y sin rumbo, deambular o extraviarse es la acción más cercana a un automatismo corporal con el que conseguir extrañarnos en un mundo atravesado por desplazamientos exclusivamente utilitaristas. Sin embargo, absortas en los dispositivos tecnológicos y aceleradas por la rutina, no todas las personas son capaces de retirar su voluntad y adormecer el impulso de controlar sus experiencias. En definitiva, perderse nos acerca a una suspensión de la lógica pragmática que hemos interiorizado, para acercarnos al tiempo de los juegos, claramente incompatible con las dinámicas cotidianas.

De hecho, hoy resulta sumamente difícil conseguir perderse en cualquier espacio, dado que portamos de manera constante aparatos de vigilancia y rastreo. Para lograr perder el rumbo habría que abandonarlos o adentrarse en una zona aislada en la que no funcionen, una situación que puede llegar a resultar angustiosa e indeseable. Desde el momento en el que delegamos las habilidades de orientación en la tecnología, nos sentimos incapaces de enfrentar esa experiencia en la que se acaricia “el borde de lo desconocido de una forma que agudiza los sentidos”, como nos dice Solnit. El estado de alerta que se despierta cuando nos desorientamos nos permite enfrentar la incertidumbre ante lo desconocido o, incluso, alcanzar una perspectiva desacostumbrada de nuestro entorno habitual. Sin embargo, preferimos predecir nuestros recorridos y evitar cualquier situación de inseguridad y esto lo hacemos hasta en los viajes, para los que creamos itinerarios turísticos bien marcados que garanticen la productividad de las vacaciones.

Un ejemplo que nos ayuda a comprender esa pereza y desconfianza hacia la aventura del andar sin una dirección clara es el control al que sometemos a los niños recluidos en los espacios que se han considerado adecuados para el juego. En este sentido, Solnit nos alerta de que “a causa del miedo de sus padres a las cosas espantosas que podrían ocurrir (…), quedan privados de las cosas maravillosas que ocurren siempre”. El resultado es que a pesar de vivir en sociedades bastante seguras, se impide sistemáticamente la libertad para deambular y jugar de los niños. Ante esta férrea vigilancia de la infancia, que está rozando la paranoia con la incidencia de la pandemia de la covid-19, es de esperar (y desear) que los adolescent
es vivan sus primeras salidas sin padres como una auténtica liberación, impulsándoles a una búsqueda de espacios propios, ajenos a los adultos, que les permitan aventurarse y explorar el mundo. Aunque, desgraciadamente, la mirada atenta de los padres suele ser sustituida por el dispositivo móvil que les acompañará el resto de su existencia y con el que dejan constancia de cada pequeña transgresión de las normas que realizan.

Debemos recordar que no es la primera ocasión en la que Solnit se adentra en la cuestión del deambular. Hace unos años Capitán Swing también publicó Wanderlust. Una historia del caminar en el que se recoge la relación entre el pasear y el pensar yendo de Rousseau al surrealismo, pasando por Thoureau o Restif de la Bretonne. Wanderlust es un auténtico manual repleto de anécdotas, referencias, especulaciones y paseos en el que se reivindica la reapropiación de la calle, los espacios compartidos y la naturaleza. Por señalar un fragmento concreto del libro, resulta muy interesante su explicación de los orígenes del bipedalismo que va ligada a la experiencia del tropezar y el caerse, dando lugar a toda una serie de referencias culturales y religiosas.

 
 
En ambos libros, Solnit se demora en sus paseos por San Francisco (“esta ciudad encerrada por la naturaleza pero expandida por la imaginación”), por el desierto, la playa y los bosques de secoyas. Sus descripciones son vívidas y nostálgicas, van unidas a experiencias íntimas y bellas. Entre los paseos que reseña en Una guía sobre el arte de perderse hay uno especialmente evocador en un lago seco al fondo del cual se encuentra una isla que se muestra a través del vértigo del espejismo. Parece que la isla está al alcance de la mano y, sin embargo, resulta inaccesible. A partir de esa visión, nos dice Solnit que permitirse el perderse es otra forma de plantear la complejidad del deseo, porque “siempre hay algo que está lejos”. Nos ponemos en marcha tratando de obtener aquello que anhelamos y sentimos el pinchazo de la frustración cuando sabemos que es inalcanzable. Aunque el verdadero riesgo se encuentre en la ausencia de deseo, pues entonces quedaríamos postrados, inmóviles como una piedra en mitad del desierto. Y aquí también es reseñable la forma en la que Solnit describe la atracción por el desierto como esa “abundancia de ausencia”, una naturaleza en la que la vida siempre se encuentra en peligro, en resistencia, remitiendo a “las fuerzas primarias de la piedra, el clima, el viento, la luz y el tiempo”.

El libro abandona pronto el terreno del ensayo para acercarse a una suerte de autobiografía en la que recorre las diferentes formas de pérdida que se pueden gozar o sufrir. Solnit se permite jugar con la memoria, ponerla a trabajar a partir de imágenes y objetos que funcionan como invocadores, tratando de encontrar un arraigo frente a la tristeza y una reconciliación con la experiencia del dolor. No es de extrañar que comience con el relato de Alvar Núñez Cabeza de Vaca cuando se perdió en su intento de hacerse rico en las Indias, teniendo que reconstruir todo su mundo, integrándose en una cultura ajena y dejando de ser quien era. Desde ahí, Solnit va pasando al recuerdo de su propia juventud y de quienes perdieron su vida con la rapidez y la violencia de un fogonazo. Igual que escribe sobre Cravan o Saint-Exupéry señalándoles como aventureros cuya “ambición reflejaba un deseo de rehacer el mundo y transformarlo en lo que debía ser, pero las desapariciones reflejaban el deseo de vivir como si eso ya hubiera sucedido”. Teniendo en cuenta estas palabras, se comprende que no hable de los perdedores desde una perspectiva pesimista, sino como héroes que desaparecen en “las cumbre de lo posible”.

En contraste con estas aventuras, el urbanismo de nuestras ciudades está planificado para evitar cualquier incomodidad o interrogante. Solnit comenta el efecto directo de las casitas adosadas como “una especie de tranquilizante para la generación anterior a la nuestra, si es que la topografía puede ser una droga”. El ritmo de nuestras vidas no es el del paseo, sino el del coche y el mundo se ha transformado para facilitar el trasiego motorizado e impedir la lentitud del caminar, la posibilidad del encuentro o el detenerse para conversar. Por eso se hace necesario que Solnit nos recuerde que “el mundo es mayor de lo que imaginamos” y que para ampliar los márgenes de la imaginación y, en consecuencia, las posibilidades de lo real hay que ser capaces de ir más allá de las dimensiones o las perspectivas con las que estamos familiarizados, acercándonos a aquello que escapa a nuestro control, a la vivencia de lo impredecible. De hecho, por mucho que se quieran delimitar los pasos, el mapa nunca coincide del todo con el territorio y aún somos capaces de buscar los huecos, los espacios en blanco y los recodos en lo que poder internarse.

Notas:

(1) Lurdes Martínez, Saqueadores de espuma. La ciudad y sus grietas. Ediciones el salmón, Madrid: 2020.

viernes, 17 de julio de 2020

ALGO SUPUESTAMENTE DIVERTIDO QUE NUNCA VOLVERÉ A HACER - David Foster Wallace


Mi acercamiento a este caustico ensayo de Wallace se produjo tras una irregular lectura de la recopilación de cuentos La niña del pelo raro. No me he familiarizado más con su obra y, de hecho, confieso que he dejado varios de los cuentos sin terminar. Hay algunos rasgos en el estilo de Wallace que me resultan un tanto repelentes: el afán por demostrar su oficio de escritor, el cinismo melancólico, el regodeo en la banalidad de la cultura norteamericana, la misantropía mezclada con la condescendencia,… En fin, en muchos momentos tengo la sensación de estar frente a un trabajo impostado y retorcido que me impide abandonarme a la lectura. Y algo de eso se encuentra presente en este ensayo en el que Wallace describe y reflexiona sobre su experiencia en un crucero de lujo por el Caribe durante una semana. Todo está escrito justo como debe estarlo y esa artificialidad le resta libertad y capacidad de evocación al propio autor, que mide cada uno de sus ataques para que nunca rebasen el límite de lo publicable (por mal gusto o por acercarse a una crítica al capitalismo).

El texto podría ser enmarcado dentro del estilo del periodismo gonzo inaugurado por Hunter S. Thompson. Aunque si lo comparamos, por ejemplo, con Los Ángeles del Infierno: Una extraña y terrible saga a Wallace le falta esa empatía oscura y tortuosa, esa violencia con la que Thompson describe el juego de atracción y repulsión por su objeto de estudio. Algo que tampoco debe extrañarnos, porque no es lo mismo describir a una banda de golfos de clase baja, analfabetos, racistas, machistas y que se pasan el día buscando bronca, que tener que rodearse de jubilados de clase media en busca de una experiencia de confort perfecto. De todos modos, uno puede imaginar las barrabasadas que hubiese hecho Thompson en el crucero (y que hoy serían impublicables) o, puestos ya, el cinismo lacerante con el que Houellebecq podría desgranar un ataque de bulimia en mitad del océano. Wallace prefiere adentrarse en descripciones deliberadamente histriónicas y decadentes que detallan a la perfección el lado más pueril de la cultura norteamericana. A lo largo de la narración se suceden infinidad de momentos ridículos que sonrojarían a cualquier adulto, pero que se han ido aceptando de buen grado en esta sociedad infantilizada convirtiéndose rituales de diversión expansiva: congas multitudinarias, partidas al bingo, karaokes, piscinas gigantes, suvenires kitsch, camareros cantando cumpleaños feliz,, etc.

En el límite de lo que podría ser una perspectiva más política, Wallace nos ofrece una lectura descafeinada de la lucha de clases encarnada en la división entre los capitanes griegos, presentados como esclavistas sádicos, y los abnegados camareros y limpiadoras provenientes de países de Europa del Este que pugnan por dignificar su esfuerzo diario. Los magnates o accionistas capaces de invertir los 250.310.000 dólares (del año 1992) en la construcción de ese barco quedan fuera del libro convirtiéndose en una especie de entelequia desconocida. Resulta desconcertante el maniqueísmo a la hora de presentar a la tripulación griega que contrasta radicalmente con las descripciones buenistas del resto del personal que acaban interpretando el papel de duendecillos anticipándose a los deseos de los clientes.

El mayor mérito del libro es la exposición de lo repugnante y lo obsceno de esa clase media que retrata Wallace de manera perfecta: “soy un turista americano, y por tanto ex officio corpulento, rollizo, rubicundo, escandaloso, tosco, condescendiente, ensimismado, malcriado, preocupado por su aspecto, avergonzado, desesperante y codicioso: la única especie de bovino carnívoro que se conoce en el mundo”. El turista se siente constantemente preocupado por la imagen que ofrece a los demás, como si siempre estuviera siendo enfocado por las cámaras. De esta forma, se genera toda una pornografía de los cuerpos untados en cremas solares, enrojecidos por el sol, enfundados en lycra de colores chillones, ejercitándose en los gimnasios, comiendo y bebiendo sin límites, evacuando en sus váteres,… Aunque, por ejemplo, esa fascinación por los retretes que presenta Wallace siempre se queda en los límites de la escatología, sin caer jamás en el mal gusto. El ensayo se esfuerza por bordear el tema para permitir una sonrisa cómplice eludiendo cualquier profundización en lo escabroso.

De la misma forma, Wallace roza el terreno reflexivo al adentrarse en la experiencia del crucero como ruptura con la angustia cotidiana en la que vive inmerso el americano medio. Esa semana en barco se convierte en una posibilidad de olvido del mundo, una separación paradisíaca y de evocaciones uterinas. En este sentido, es fascinante la descripción de la experiencia física de ser mecido por el mar y arrullado por los motores del barco, mientras estás rodeado por la “podredumbre” del océano. Lo realmente atractivo es que durante el viaje se carece de cualquier responsabilidad, sólo hay que dejarse servir y cuidar por el ejército de empleados. La idea es alcanzar una especie de nirvana o, mejor dicho, de ataraxia a través de la ingesta masiva de comida y que en el mismo folleto publicitario se anuncia como el estado de “hacer Absolutamente Nada”. A través de este lema, el ensayo debe leerse como un relato hilarante sobre la vacuidad de la sociedad de consumo. 


 
Wallace es sumamente claro en la presentación de sus compañeros de viaje: “la mayoría de los cuerpos que se exponían durante el día en la cubierta del Nadir estaban en diversas fases de desintegración”. El crucero es un “lujo” destinado fundamentalmente a personas mayores que han interiorizado el mantra del sistema de explotación: es el merecido descanso tras toda una vida de esfuerzo. El barco consuma la narcosis previa a la muerte, un consuelo laico a una vida desperdiciada. Aquí el consumidor es literalmente tratado como un rey. Poco importa que todo ese disfrute siga implicando amoldarse a comportamientos bovinos como las largas colas y esperas para el embarque, las mesas compartidas con desconocidos, las visitas diseñadas en escenarios costumbristas (las vacaciones en la miseria de los demás), los paquetes de ocio dirigido,… El sueño del consumidor es el “todo pagado” para poder reventar de goce. Por eso el modelo de los cruceros de lujo ha dejado de ser tan exclusivo para adentrarse en su versión aún más masificada y barata al alcance de cualquier bolsillo. Los mares y océanos se han llenado de moles repletas de turistas que desembarcan durante unas horas en cualquier puerto para hacerse un par de fotos.

Llega un momento en el libro en el que Wallace realiza un ejercicio introspectivo que le conduce al mayor de los patetismos. Tras varios días deleitándose en la experiencia de ser servido por esos esclavos invisibles, comienza a detectar que hay detalles mejorables: las migas del mantel no son completamente barridas, el ruido del motor empieza a ser molesto y la comida ya no resulta tan irresistible. El espejismo de ese nirvana se va resquebrajando. Entonces comenta que “mi parte Infantil es insaciable: en realidad su misma esencia o Dasein consiste en su insaciabilidad apriorística”. Dejando al margen el uso impropio del término heideggeriano, Wallace apela a un aspecto de la sociedad de consumo en el que no profundiza al no querer desarrollar un análisis de la propia lógica del deseo dirigido. Asume esa insaciabilidad como un rasgo propio de la naturaleza humana explotado por el capitalismo, una especie de fase anal a la que nos retrotraemos cada vez que nos convertimos en clientes. Sin embargo, hubiese sido interesante explicar cómo en nuestra cultura en decadencia se provoca un deseo bulímico que impide la aparición de otro tipo de deseo que podríamos denominar productivo o creativo. Como le sucedía al perro de Pavlov, la sociedad de consumo se encarga de exhibir sus mercancías para que la salivación del cliente le impida pensar o imaginar en otra cosa que podría llevarse a la boca. De esta forma, se tensa el deseo y se ofrecen determinados productos como los únicos capaces de saciarlo. La paradoja es que cualquier mercancía por perfecta que sea no acaba de consumar ese deseo, porque éste es experimentado como simple anhelo que el propio capitalismo necesita mantener en activo. La imagen perfecta es la de vomitar lo que se ha ingerido para volver a sentarse en la mesa y pedir más comida.

El barco es la situación más artificiosa posible, es el centro comercial elevado a la máxima potencia en el que se produce una negación radical de la exterioridad mientras se entrega la propia voluntad. El placer máximo es recorrer un suculento bufet “donde todo está a la vista”. Tan sólo hay que alargar la mano y servirse platos repletos, devorarlo, volver a llenarlo y poco después cagarlo. Es la más burda imitación del potlatch agonístico, la versión cutre del gasto improductivo hecha para la clase media. No hay nada más patético que jugarse la pensión en el bingo de un crucero. Sin embargo, Wallace no ofrece ni un discurso ni un comportamiento disidente. Porque, tras reconocer en él mismo los valores del capitalismo, su desprecio se convierte en miedo ante la imposibilidad de encajar en ese rebaño hipnotizado. El discurso se vuelve condescendiente ante la estupidez y la debilidad de los cruceristas rozando cierta psicologización de la cuestión que le permite eludir cualquier elemento sociológico o político. La pregunta a la que acaba enfrentándose será ¿por qué no puedo ser como ellos? Y aquí aparece una nostalgia por esa inocente felicidad del bebé satisfecho. Para salir de este atolladero Wallace se desvía hacia el humor que sólo deviene caustico en la presentación de las estúpidas mezquindades de algunas personas y que se mantiene en cierto registro blanco bastante chocante en el que se ridiculiza a sí mismo mostrándose como una suerte de payaso tímido y patoso. De ahí que se someta a auténticas prácticas de humillación como el concurso en la piscina de las Mejores Piernas Masculinas.

Sin embargo, el momento álgido de la narración llega con su participación en un torneo de tiro al plato. Es la primera vez que Wallace coge un arma en su vida y la situación es descrita de manera hilarante. Es justo ahí donde se hace más patente el “fuera de campo” de la historia. El lector ansía saber lo que se le está pasando realmente por la cabeza cuando ve a todos esos puritanos con sus chalecos naranja fluorescente reduciendo a polvo el simulacro de plato. Desgraciadamente, Wallace se aleja de cualquier similitud con el nihilismo lisérgico de Thompson y su historia cae como uno de sus platos indemnes, se hunde en el mar y desaparece de manera lamentable. El relato deja un claro sabor a óxido y podredumbre. Es como la punzada de tristeza de quien ha deseado con todas sus fuerzas el último modelo de iPhone y comprende, mientras lo está pagando, que en pocos meses ese objeto habrá perdido todo su valor como fetiche. De esta forma el final libro nos coloca frente a una vivencia de la angustia que se ha tratado de apartar durante todo el viaje, pero que acecha al turista cuando recoge todas sus cosas del camarote y desembarca en el mismo mundo del que quería huir. 


Reseña de María Santana