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jueves, 3 de julio de 2025

ANTI-MATRIX - Alèssi Dell’Umbria

 


Si miramos por encima los titulares de las noticias, el panorama es desolador: el genocidio en Gaza, los asesinatos machistas, las olas de calor interminables, los incendios forestales, Trump, la corrupción política, la izquierda parlamentaria desnortada y los microplásticos que han llegado a los ovarios. El presente se ha vuelto irrespirable y solo empuja a estrategias de evasión o supervivencia. Aumentando la pesadumbre, nuestra memoria personal y política elude mirar a los movimientos contestatarios pasados como la antiglobalización o el 15 M. Ante ellos, la sensación de fracaso y traición se extiende como una capa de vergüenza que nos tapa la boca y nos paraliza. Desde la intelectualidad más o menos militante, los diagnósticos son variados: realismo capitalista, malestar, control libidinal, domesticación laboral,... Por eso, quizás sea necesario plantear otra estrategia y Anti-Matrix de Alèssi Dell’Umbria es un ejemplo perfecto.

Al comienzo de este ensayo, Dell’Umbria nos explica que el libro está redactado al modo de un laberinto iniciático, aunque se conoce perfectamente lo que nos espera al final del camino. El capitalismo, como un gran Moloch a quien nadie osa mirar a los ojos, se ha convertido en algo impensable y excedente. De modo que, frente al totalitarismo que mediatiza nuestras vidas, la estrategia de Dell’Umbria es la de acercarse con sucesivos tanteos. A pesar de esto, su estilo fragmentario no carece de planificación, ni de hilo conductor, sino que facilita un despliegue en ocasiones directo, sagaz, reposado, irónico e, incluso, poético. Como si se trataran de escaramuzas realizadas desde los márgenes, precisamente, cuando estos espacios no colonizados se han vuelto exiguos.

Dell’Umbria formó parte de Os Caganceiros en los años 80’, un colectivo de lucha anticapitalista que practicaba el sabotaje y que se hizo famoso por su apoyo a los motines de 1985 en las cárceles francesas. Sus textos posteriores, como ¿chusma? o R.I.P. Jacques Mesrine, han girado en torno a la vida cotidiana del proletariado, el uso de la violencia, la admiración por la delincuencia como vida al margen o la desaparición de las comunidades por el desarraigo individualista. En su planteamiento anarquista se pueden rastrear las huellas de la Internacional Situacionista o de Walter Benjamin, igual que se mantienen como principios la abolición del trabajo alienado, de la familia y demás instituciones burguesas. Como se puede comprobar desde las primeras páginas de su ensayo, Dell’Umbria no necesita justificarse, pues ha mantenido una línea clara dentro del pensamiento más radical, que no parte de una simple postura intelectual.

Al interés de su análisis, se une una disposición del ánimo más positiva de lo habitual en este tipo de textos. Es decir, frente al pesimismo generalizado del pensamiento crítico, la lectura de Anti-Matrix no conduce ni al derrotismo, ni a la nostalgia. Primero, porque tiene el cuidado de mantener sus análisis a cierta distancia irónica del mundo. Después, porque propone algunas salidas utópicas moderadas que, a estas alturas, tienen efectos “saludables” en los lectores.

De esta forma, la crítica de Dell’Umbria al capitalismo y sus ficciones consigue apelar a nuestra capacidad de análisis y de subversión. Su escritura mantiene el tono airado de quien continúa estando a pié de calle, desde la perspectiva de lo popular, con todas sus aristas, ambigüedades e imperfecciones. Por tanto, la contestación política nunca es planteada desde la pureza o el maximalismo, sino que asume la contaminación de la vida comunitaria. El ejemplo más significativo que nos da Dell’Umbria son los “chalecos amarillos”, que se presentaban como un movimiento transversal de simples ciudadanos, eludiendo cualquier planteamiento de clase, mezclando reivindicaciones anticapitalistas y reaccionarias, pero siendo capaces de movilizar el descontento antisistema durante meses. Contemporáneamente, en España no hubo una movilización popular similar contra la subida de los carburantes y el encarecimiento de la vida. Nuestro caso fue mucho más simple, pues las protestas se concretaron en una huelga de la patronal de los camiones organizada por la extrema derecha.

En cualquier caso, el ensayo de Dell’Umbria evita las abstracciones huecas y las grandes declaraciones panfletarias, para centrarse en el examen de casos, problemas, acontecimientos u objetos muy variados, que sirven de ejemplo para comprender mejor nuestro mundo en crisis. Se va deteniendo en asuntos como el urbanismo, Wittgenstein, la religión, la búsqueda de la celebridad, la deuda, las piedras de Yap o Asger Jorn.

Anti-Matrix se convierte en un contrasistema filosófico anárquico, anti-metódico, pero cargado de fuerza crítica. Un no-sistema que, por ejemplo, comienza por la reflexión sobre la estética, entendida como el modo en el que sentimos el mundo. Aquí, Dell’Umbria sintetiza con precisión y belleza el ejercicio de aprehensión cotidiana de lo que nos rodea al afirmar que “se puede mirar sin ver, como un telespectador, y se puede ver sin mirar, como un chamán”. Y con esa sencilla diferenciación entre el ver y el mirar, consigue enfrentarnos a la incomprensión del mundo que se cierne sobre una sociedad que ha perdido la voluntad de mirar. Nuestra mirada parece siempre dirigida hacia objetos y hechos superfluos o estúpidos. En contraste, el ensimismamiento del chamán, vuelto por completo hacia su imagen interior, se convierte en un mito de la era cibernética. Para quienes no son capaces de mantenerse en silencio y sin estimulación constante, el chamán encarna una sabiduría tan sencilla, como inaccesible.

Del mismo modo, el ensayo se detiene brevemente en el caso de los sapeurs de República Democrática del Congo o de Uganda y en su derroche en la vestimenta, para explicar que “el verdadero lujo es comportarse como un gran señor a pesar de la precariedad de los recursos; dicho de otro modo, desdeñar lo cuantitativo”. Los sapeurs comenzaron a vestirse con las ropas de los colonizadores occidentales, pero con una fastuosidad que ha convertido sus desfiles callejeros y sus veladas en un juego irónico, de una provocación estrafalaria y una belleza decadente. De este modo, su actitud no busca plegarse a la simple glorificación de las marcas comerciales, a la simbología del poder y la cultura del esfuerzo, que representan los trajes de chaqueta, las corbatas y los gemelos. Sino que los sapeurs se muestran como dandis derrochadores y ociosos, igual que lo hicieron los Teddy Boy de los años 50, que se vestían de gala tras su jornada laboral en la fábrica.

Contrastando con esta belleza colorista, la monotonía estética de los urbanitas occidentales resulta cada día más deprimente. Como explicó Annie Le Brun en Lo que no tiene precio, nuestros chavales se han embarcado en una lucha simbólica que les homogeneiza a través de la imitación de los gestos, el lenguaje o la ropa exhibida en los barrios periféricos. El ejemplo perfecto de este ejercicio de generalización de los usos y costumbres del proletariado lumpen o “cani” es la música urbana, que juega con los límites de la obscenidad y la violencia, para glorificar las marcas y el lujo prefabricado capitalista. Ricos y pobres, pijos y currantes, progres y fachas, chavales y adultos se mezclan en una aburrida impostura, llevando la misma sudadera de Adidas. El efecto obvio de esta estandarización es el empobrecimiento del imaginario, la uniformidad estética, la fealdad y la desaparición de cualquier intencionalidad contestataria, contracultural o mínimamente política.

Por contra y para alejarnos del desaliento, en una entrevista reciente (se puede ver aquí ), Dell’Umbria nos describe la diversidad de los modos de vida en su barrio de Marsella y cómo se siguen explorando las grietas desde las que desafiar al orden policial y económico. Ejemplo de esto es la recuperación de la potencia contestaría del carnaval. A pesar del esfuerzo por canalizar y controlar la fiesta, la celebración aún es capaz de apropiarse de las calles con su pulsión dionisíaca. Como sucedió hace cuatro años, cuando más de 7000 personas desafiaron su prohibición por motivos de salud pública (recuerden la pandemia de covid) e invadieron la calle con música y disfraces. La fiesta más popular y escurridiza sigue mostrando la potencia de la mascarada para denunciar las situaciones de abuso, la vigilancia en los entornos cotidianos o la represión policial.

En cualquiera de los casos, Dell’Umbria se cuida mucho de hacer lecturas simplistas, estereotipadas o buenistas. En sus ensayos, busca mantenerse a la distancia suficiente que le permita mostrar, analizar y señalar para que el lector saque sus propias conclusiones. Igual que se aleja de cualquier tono didáctico y aleccionador. Para comprobarlo, no hay más que recordar ¿chusma?, donde describe con crudeza la insurrección de los banlieu, su potencia subversiva unida a la ambivalencia y la ausencia de una intencionalidad política o anticapitalista. De ahí que podamos leer fragmentos como el siguiente: “la revuelta de otoño de 2005, por su carácter desesperado y furioso, refuerza el cuerpo defensor de éste, el discurso totalitario del Leviatán policial, pues este último halla su realización en el estado de excepción: allí el concepto de Estado confirma su esencia”. Quizás haya que releer ¿chusma?, para comprender que cuando se explota, humilla y margina a la clase obrera de  manera sistemática, la respuesta de ésta no tiene por qué ser la conciencia de clase revolucionaria, sino que, desgraciadamente, también puede ser la violencia irracional, machista y fascista. En los límites de la sociedad de consumo habitan tanto esforzadas comunidades de trabajadores, como auténticos monstruos. La complejidad del desastre de este capitalismo en decadencia no permite análisis superficiales, ni soluciones sencillas.

 

Rehuyendo el catastrofismo, Anti-Matrix termina recordando los peligros de amoldarnos al espectáculo cibernético, que nos expropia de cualquier responsabilidad, autonomía o hacer colectivo. Como Dell’Umbria comenta, quizás haya llegado el momento de realizar un ejercicio de memoria benjaminiano, escribiendo la historia de los perdedores, para recordar “del zócalo de Oaxaca en 2006 a la plaza de Taksim de Estambul en 2013, pasando por El Cairo, Barcelona, Oakland, Túnez y tantos lugares” en los que irrumpió la palabra pública, lo común, las posibilidades de un mundo habitable o, incluso, la revuelta como una “llamarada de vida”.

Reseña de María Santana 

 

lunes, 10 de febrero de 2025

PÁJARO DE CELDA - Kurt Vonnegut

 


Hola y adiós” ¿Qué más puede decirse? Nuestro idioma es mucho más amplio de lo necesario.

Kurt Vonnegut. Pájaro de Celda

 

Hasta el momento, no he leído ninguna novela de Kurt Vonnegut que me haya parecido realmente mala. Quizás se deba a que este escritor siempre se mantuvo fiel a ciertas cuestiones que iban más allá de lo meramente literario. Que no se me entienda mal, Kurt Vonnegut fue un escritor de la cabeza a los pies. Es verdad que sus tramas se mueven permanentemente al borde del precipicio, jugando peligrosamente con el caos y una marcada tendencia al absurdo, pero esa era su intención: perpetrar obras que explotaran en la cabeza del lector en el momento adecuado, como auténticas bombas de relojería. Si sus libros funcionan, por muy locos que puedan llegar a ser, se debe a que están animados por un propósito profundamente humanista que justifica todas las licencias estilísticas. De hecho, tengo la sensación de que muchos lectores hemos terminado por amar a Vonnegut por tales licencias, por esa forma única de recrearse en el sinsentido que siempre rodea a sus personajes. Sin embargo, este halo de locura, de imprevisibilidad, actúa como una suerte de desenmascaramiento del caos, la crueldad y la injustica que impera en el mundo real. De tal manera que novelas como Matadero 5 o Desayuno de los Campeones (ver reseña aquí) se me antojan como hitos culturales imprescindibles del siglo XX que van más allá de la literatura, que reclaman nuestra atención como auténticos avisos a navegantes. Aunque está visto, dadas las circunstancias actuales, que no hemos prestado mucha atención a lo que Vonnegut intentaba avisarnos.

No obstante, es inútil pretender que Vonnegut escribiera infaliblemente al mismo nivel de Matadero 5 o Desayuno para campeones. Así ocurre, efectivamente, con el caso del libro que ahora reseñamos. De Pájaro de celda podemos afirmar sin rodeos que resulta bastante irregular si lo examinamos con cierto detalle. Por otro lado, tal y como decía al comienzo de esta reseña, eso no la hace desmerecer tanto como podría esperarse. Quizás, el hecho de que sea un libro mucho más circunstancial que otros, hace que pierda parte de la universalidad tan característica de Vonnegut. Escrito en 1979, su trama se desarrolla a la sombra del escándalo Watergate, ocurrido pocos años atrás. Este hecho supuso la repentina caída de la administración Nixon, sacando a la luz (aunque ya era bien sabido por todos sus críticos) todo un operativo de técnicas tramposas, represivas y antidemocráticas empleadas por el gobierno para neutralizar a sus contrincantes políticos. El posterior juicio llevó a la cárcel a 48 personas, muchas de ellas altos cargos del partido republicano. Vonnegut hace que su protagonista (totalmente ficticio) sea una de esas 48 personas, posiblemente la más anónima y patética de ellas, que acaba siendo implicada en el caso de la manera más tonta. Esta situación resulta una buena excusa para mostrar los mecanismos del poder como una apisonadora que aplasta sin contemplaciones, una megamáquina impersonal que arrasa con los peces pequeños sin tener siquiera conciencia de ello.

Sin embargo, esa no es la trama principal de la historia, de hecho, la novela no llega a ofrecer en ningún momento algo que podamos considerar como tal. Como mucho, hay algunos elementos recurrentes que sirven como columna vertebral de la novela. Por ejemplo, la omnipresencia de la RAMJAC, una corporación que está absorbiendo todas las grandes empresas del país, la cual es nombrada constantemente a lo largo del libro y que parece tener una importancia crucial (algo que no se confirma hasta prácticamente el final). De hecho, hay un protagonista principal, pero desde el comienzo queda claro que su vida carece de lo que podríamos llamar libre albedrío. Su biografía se mueve a través de la más pura contingencia y la consecuencia de decisiones ajenas. Estudiante de Harvard por capricho de un tutor rico, persistentemente negado para el amor, chivato de sus compañeros comunistas sin pretenderlo, padre fracasado,… Walter F. Starbuck se mueve a través de este libro como un impostor, alguien que vive sin convencimiento la vida de otro. 

El azar siempre fue un elemento imprescindible en las historias de Vonnegut. Así ocurre, por ejemplo, en Galápagos, donde aplica de forma radical las ideas evolutivas de Darwin, hasta llevarlas al absurdo absoluto. En Pájaro de celda, el azar toma la forma de la fatalidad, del inevitable destino que trae siempre lo peor. Pero no podía ser de otra manera, ya desde su magnífico prólogo, Vonnegut nos deja claro que no vamos a leer una novela alegre o esperanzadora. En este prólogo, el autor nos habla de cuestiones estrictamente personales, pero, en un movimiento verdaderamente audaz, los mezcla con acontecimientos ficticios, aunque inspirados en diferentes hechos reales relacionados con las luchas obreras en EEUU entre finales del siglo XX y comienzos del XX. Estos acontecimientos terribles tiñen el resto del relato. De esta manera, Vonnegut se mantiene fiel en su tarea de desentrañar la verdadera naturaleza de la sociedad norteamericana, fundada sobre la violencia y el latrocinio, el genocidio de sus habitantes originarios, la esclavitud y la explotación de millones de trabajadores emigrantes.

Sin embargo, esta apertura potentísima se va difuminando, perdiendo parte de su fuerza inicial. Después, la historia va avanzando de forma algo deslavazada a través de los recuerdos de su protagonista, haciendo un recorrido a través de hechos históricos como la Gran Depresión o la Segunda Guerra Mundial. Esto no impide que Vonnegut escriba algunas de sus más bellas páginas, como puede ser las tratan sobre la ejecución de los sindicalistas anarquistas Sacco y Vanzetti. También contiene algunas de sus páginas más cómicas, porque hay que recordar que Kurt Vonnegut es terriblemente gracioso, por mucho que el trasfondo de lo que contara pudiera ser trágico. De esta manera, su evidente misantropía queda matizada gracias a su enorme capacidad para la ironía, algo que explota suficientemente en esta novela.

En suma, creo que Pájaro de celda es un buen libro que simplemente pierde puntos si lo comparamos con otros libros del mismo autor. Se trata de una de sus historias más directamente políticas. Vonnegut nunca ocultó sus simpatías por el socialismo, algo que se traducía, como es el caso patente de esta novela, en una implacable crítica hacia el capitalismo y la forma de vida que impone, especialmente en Estados Unidos. Por otro lado, como incentivo adicional para recomendar el libro, decir que aparece Kilgore Trout, el fracasado escritor de ciencia-ficción creado por Vonnegut (basado más o menos en su amigo Theodore Sturgeon, aunque solo lo confirmó tras el fallecimiento de éste en 1985). Este personaje era una excusa concebida por Vonnegut para poder contar argumentos de ciencia-ficción sin tener que escribir los libros al completo. Este personaje aparece en muchos de sus libros, aunque va mutando de personalidad según le conviniera. En el caso de Pájaro de celda, Trout es el único estadounidense condenado por traición durante la Guerra de Corea, que aprovecha todo el tiempo del que dispone para escribir novelas con ese seudónimo.

Reseña de Antonio Ramírez

 

 

jueves, 16 de enero de 2025

OCCULTURE. ALAN MOORE: AL OTRO LADO DEL VELO - Roberto Bartual

Como han mostrado numerosos estudios y exposiciones, las diversas corrientes artísticas que fueron surgiendo en el periodo moderno se nutrieron en gran medida del acervo del ocultismo y el misticismo. La identificación entre el mago y el poeta fue recurrente a lo largo de los siglos XIX y XX, cuando movimientos como el romanticismo, el simbolismo o el surrealismo, manejaron ideas que en ocasiones eran tan antiguas como el propio ser humano, pese a sus intenciones renovadoras o incluso revolucionarias. La cultura popular también ha reflejado, aunque con más desparpajo, esta herencia de lo mágico y lo paranormal. En los quioscos, al menos hasta hace poco, nunca faltaron revistas y colecciones en fascículos que han tratado estas temáticas con mayor o menor rigor científico. Y por supuesto, los tebeos y la literatura pulp fueron un terreno especialmente fértil para numerosas ideas provenientes del ocultismo, adaptadas para caber en las historias de terror y ciencia ficción. Mientras estén bien contadas, los lectores de estos géneros están predispuestos a aceptar las historias más disparatadas, con tal de que sirvan para estimular eso que algunos llaman el sentido de la maravilla. Quizás por eso, cuando a mediados de los 90 corrió la noticia de que el guionista de comics más famoso del mundo se había convertido oficialmente en mago, a casi nadie que estuviera metido en el mundillo le pareció una locura, de hecho, era algo que se veía venir. Alan Moore había dado el paso y se había convertido en un personaje de sus propias historias.

No es la primera vez que hablamos en este blog de Moore y su relación con la magia. Hace unos años reseñamos (ver aquí) Promethea, una de sus obras maestras y, sin duda, de las más relacionadas con el contenido del libro que reseñamos ahora: Occulture. Alan Moore: al otro lado del velo, obra de Roberto Bartual y publicado por Ediciones Marmotilla en 2024.

Se trata de un tomo bellamente editado, con ilustraciones de Manu Gutierrez abriendo cada capítulo y numerosas imágenes de apoyo repartidas por todo el libro. Respecto al texto en sí mismo, decir que lo he disfrutado de cabo a rabo. En mi opinión, es lectura obligatoria para todo fan de Alan Moore y muy recomendable para cualquier interesado en los temas que trata: magia, enteógenos, psicogeografía, Lovecraft y unas cuantas cosas más. Por otro lado, avisar que no siempre se trata de una lectura fácil. Bartual se esfuerza en dejarlo todo muy claro, aunque el libro reclama toda nuestra concentración, dada la complejidad de los conceptos que aparecen y acaban relacionándose entre sí. Además, el autor exige y estira al máximo nuestra suspensión de la credulidad. A medida que avanzamos en el libro, nos vamos metiendo más y más en aguas conceptuales profundas y oscuras. De nosotros depende cuánto queremos sumergir la cabeza sin protestar. Pero, claro, si hemos acabado con este libro en las manos, ya sabíamos dónde nos estábamos metiendo.

Roberto Bartual

Otro de los aspectos positivos del libro es que el autor no elude el sentido del humor, especialmente necesario cuando se habla sobre estos temas. El humor siempre es una forma de matizar lo que de otra manera podría parecer (y seguramente sea) una auténtica locura. Sin duda, el ocultismo y la magia están relacionados, a partes iguales, con muchas maravillas, pero también con innumerables gilipolleces de todo tipo. Se agradece, por tanto, que Bartual lo tenga en cuenta y lo señale cuando lo considera necesario. Son impagables las referencias a Iker Jiménez, por poner un ejemplo.

El libro hace un recorrido bastante ambicioso por las diferentes temáticas ocultistas, paranormales, psicodélicas y oníricas que Alan Moore ha explorado en su obra desde que se autoproclamó como mago. Y más importante aún, las relaciona entre sí. Comenzando por la psicogeografía, noción un tanto difícil de concretar, pero que de una manera u otra ha estado presente en muchas corrientes de pensamiento y artísticas a lo largo del siglo XX. Por cierto, hace poco hemos publicado en este blog una reseña (ver aquí) de un excelente libro que también trata sobre este tema. Respecto a Bartual, su enfoque es muy interesante, sobretodo porque cuestiona al propio Moore y su utilización (o más bien tergiversación) de los escritos de Aian Sinclair, uno de los autores que más han explorado la psicogeografía. En este capítulo, From Hell es la obra más referida, subrayando la liberalidad con que Moore recurre a la psicogeografía tomando como base los textos de Sinclair. Bartual no se corta en señalar cómo el barbudo de Northampton cae en las mismas exageraciones que otros autores respecto a la arquitectura de Nicholas Hawksmoor, o cuando analiza la interpretación tan arbitraria que hace del mapa de Londres. Pero, en todo caso, lo que Bartual quiere dejar claro es que Moore es genial incluso cuando hace trampas. From Hell, al fin y al cabo, no deja de ser una potente obra de ficción, a la vez que una fuente de innumerables ideas sobre la relación que existe entre nuestra conciencia y las calles que recorremos y habitamos. Según Moore, “la psicogeografia es el único tipo de geografía que podemos habitar", porque la ciudad está cargada de información, de historia, de símbolos que percibimos y a la vez creamos, que nos condicionan, o que pueden liberarnos dentro del juego de velos, apariencias y autoengaño que nos envuelve sin cesar.

Y a partir de ahí el libro es una montaña rusa de conceptos fascinantes que van enlazándose entre sí siguiendo una lógica bien construida. Bartual tiene la virtud de saber esquivar los tópicos, manejando mucha bibliografía y, más importante aún, aportando experiencias de primera mano que no duda en compartir con el lector, ya sea en referencia a las drogas, la meditación o el misticismo. También sabe, pese al terreno resbaladizo que pisa en todo momento, tirar del sentido común, rebajando la grandilocuencia que muchas veces acarrea hablar de cosas relacionadas con la magia y lo paranormal. Por ejemplo, cuando compara dos mitos no tiene reparos en decir lo siguiente: “Todos sabemos que Prometeo robó el fuego a Zeus para dárselo a los seres humanos. Pero resulta que en Hawaii existe un mito similar. Maui, el tramposo, le quita el fuego a Mahuika, su guardiana, y se lo entrega a sus vecinos para que puedan utilizarlo. La pregunta que plantean hechos como este es la siguiente: ¿cómo pueden parecerse tanto estas dos historias si los griegos y los polinesios nunca tuvieron el menor contacto? Pues por la sencilla razón de que el fuego no se hace: siempre se roba. Es algo que producen los elementos, los dioses, en este caso los volcanes (representados por Mahuika) o los rayos (Zeus). Uno simplemente va con un palo, lo coge y ya está”. 

Por supuesto, el libro termina y Bartual no agota las posibilidades del tema, ni ofrece respuestas definitivas a los planteamientos de Alan Moore, pero al menos aporta lucidez y una lectura ordenada en unas cuestiones que en ocasiones pueden resultar un tanto obtusas. Establece un hilo conductor que nunca pierde y que tiene que ver con la conciencia, como verdadero campo de juegos donde todos estos experimentos mágicos tienen lugar. Porque, en definitiva, si la magia tiene algo de realidad, ésta se mide en la manera que altera nuestra percepción y vivencia del mundo, tanto interior como exterior. No obstante, Bartual no deja de avisar de los peligros de la magia, llevándonos a sacar a la luz aspectos de nuestra propia conciencia que quizás no podremos soportar. Pero, en todo caso, no cabe duda que Moore ha sabido relacionar la magia con la creatividad y el arte, y quizás esa sea la clave de este libro, reafirmar esa interpretación: la magia como una fuente de belleza y maravilla que puede transformar nuestra conciencia y nuestra vivencia de lo real. En un mundo cada vez más virtual (que no mágico) y dominado por algoritmos e inteligencias artificiales, individuos como Moore no dejan de operar como anticuerpos contra un sistema que intenta extirpar la imaginación y la poesía.

Más información en Ediciones Marmotilla

Reseña de Antonio Ramírez

domingo, 27 de septiembre de 2020

UNA GUÍA SOBRE EL ARTE DE PERDERSE - Rebecca Solnit

Publicado por Capitán Swing (2020)
Traducción de Clara Ministral
Número de páginas: 176
Edición original en inglés (2006)

Reseña de María Santana:
 
Una guía sobre el arte de perderse logra, desde la primera página, mantener un equilibrio entre lo especulativo, lo evocador y lo poético, haciendo que resulte muy fácil sumergirse en la lectura de este ensayo autobiográfico. El libro de Solnit toma como base las implicaciones existenciales de la experiencia del perderse en una multiplicidad de acepciones que incluyen tanto lo accidental como lo deliberado con una voluntad de apertura a lo desconocido. El resultado es un texto que se permite un ir y venir desde las referencias históricas a las descripciones de paseos, los recuerdos personales y las reflexiones íntimas. Solnit nos ofrece así una perspectiva de la exterioridad y el habitar complejos, en el que se superponen los estratos y se roza la experiencia de lo maravilloso. Lamentablemente, la autora nos coloca en el umbral de lo poético sin llegar a adentrarse, aunque apremiándonos a seguirla en esa búsqueda.

De ahí que Solnit nos señale en las primeras páginas la necesidad de recuperar la aventura como parte de la vida, llegando a describir ese perderse como “una rendición placentera, como si quedaras envuelto en unos brazos, embelesado, absolutamente absorto en lo presente de tal forma que lo demás se desdibuja”. El perderse no es algo que suceda simplemente en el territorio sobre el que nos movemos cuando desaparecen los elementos que nos orientan, sino que puede provocarse como una vivencia de abandono u olvido de uno mismo, dejándonos atrapar por un mundo en el que se atisban resquicios, umbrales o recodos desconocidos. Hay momentos en los que perderse supone acercarse a una suerte de ebriedad, a una confusión que no es alegre, sino inquietante. Esta perturbación anímica específica que pueden suponer el viaje y la deriva es también señalada por Lurdes Martínez en su reciente libro Saqueadores de espuma (1), en el que deja constancia de las grietas pasionales que aún pueden hallarse en los lugares más domesticados. Como bien explica Martínez, dejar que los pies se muevan de manera libre y sin rumbo, deambular o extraviarse es la acción más cercana a un automatismo corporal con el que conseguir extrañarnos en un mundo atravesado por desplazamientos exclusivamente utilitaristas. Sin embargo, absortas en los dispositivos tecnológicos y aceleradas por la rutina, no todas las personas son capaces de retirar su voluntad y adormecer el impulso de controlar sus experiencias. En definitiva, perderse nos acerca a una suspensión de la lógica pragmática que hemos interiorizado, para acercarnos al tiempo de los juegos, claramente incompatible con las dinámicas cotidianas.

De hecho, hoy resulta sumamente difícil conseguir perderse en cualquier espacio, dado que portamos de manera constante aparatos de vigilancia y rastreo. Para lograr perder el rumbo habría que abandonarlos o adentrarse en una zona aislada en la que no funcionen, una situación que puede llegar a resultar angustiosa e indeseable. Desde el momento en el que delegamos las habilidades de orientación en la tecnología, nos sentimos incapaces de enfrentar esa experiencia en la que se acaricia “el borde de lo desconocido de una forma que agudiza los sentidos”, como nos dice Solnit. El estado de alerta que se despierta cuando nos desorientamos nos permite enfrentar la incertidumbre ante lo desconocido o, incluso, alcanzar una perspectiva desacostumbrada de nuestro entorno habitual. Sin embargo, preferimos predecir nuestros recorridos y evitar cualquier situación de inseguridad y esto lo hacemos hasta en los viajes, para los que creamos itinerarios turísticos bien marcados que garanticen la productividad de las vacaciones.

Un ejemplo que nos ayuda a comprender esa pereza y desconfianza hacia la aventura del andar sin una dirección clara es el control al que sometemos a los niños recluidos en los espacios que se han considerado adecuados para el juego. En este sentido, Solnit nos alerta de que “a causa del miedo de sus padres a las cosas espantosas que podrían ocurrir (…), quedan privados de las cosas maravillosas que ocurren siempre”. El resultado es que a pesar de vivir en sociedades bastante seguras, se impide sistemáticamente la libertad para deambular y jugar de los niños. Ante esta férrea vigilancia de la infancia, que está rozando la paranoia con la incidencia de la pandemia de la covid-19, es de esperar (y desear) que los adolescent
es vivan sus primeras salidas sin padres como una auténtica liberación, impulsándoles a una búsqueda de espacios propios, ajenos a los adultos, que les permitan aventurarse y explorar el mundo. Aunque, desgraciadamente, la mirada atenta de los padres suele ser sustituida por el dispositivo móvil que les acompañará el resto de su existencia y con el que dejan constancia de cada pequeña transgresión de las normas que realizan.

Debemos recordar que no es la primera ocasión en la que Solnit se adentra en la cuestión del deambular. Hace unos años Capitán Swing también publicó Wanderlust. Una historia del caminar en el que se recoge la relación entre el pasear y el pensar yendo de Rousseau al surrealismo, pasando por Thoureau o Restif de la Bretonne. Wanderlust es un auténtico manual repleto de anécdotas, referencias, especulaciones y paseos en el que se reivindica la reapropiación de la calle, los espacios compartidos y la naturaleza. Por señalar un fragmento concreto del libro, resulta muy interesante su explicación de los orígenes del bipedalismo que va ligada a la experiencia del tropezar y el caerse, dando lugar a toda una serie de referencias culturales y religiosas.

 
 
En ambos libros, Solnit se demora en sus paseos por San Francisco (“esta ciudad encerrada por la naturaleza pero expandida por la imaginación”), por el desierto, la playa y los bosques de secoyas. Sus descripciones son vívidas y nostálgicas, van unidas a experiencias íntimas y bellas. Entre los paseos que reseña en Una guía sobre el arte de perderse hay uno especialmente evocador en un lago seco al fondo del cual se encuentra una isla que se muestra a través del vértigo del espejismo. Parece que la isla está al alcance de la mano y, sin embargo, resulta inaccesible. A partir de esa visión, nos dice Solnit que permitirse el perderse es otra forma de plantear la complejidad del deseo, porque “siempre hay algo que está lejos”. Nos ponemos en marcha tratando de obtener aquello que anhelamos y sentimos el pinchazo de la frustración cuando sabemos que es inalcanzable. Aunque el verdadero riesgo se encuentre en la ausencia de deseo, pues entonces quedaríamos postrados, inmóviles como una piedra en mitad del desierto. Y aquí también es reseñable la forma en la que Solnit describe la atracción por el desierto como esa “abundancia de ausencia”, una naturaleza en la que la vida siempre se encuentra en peligro, en resistencia, remitiendo a “las fuerzas primarias de la piedra, el clima, el viento, la luz y el tiempo”.

El libro abandona pronto el terreno del ensayo para acercarse a una suerte de autobiografía en la que recorre las diferentes formas de pérdida que se pueden gozar o sufrir. Solnit se permite jugar con la memoria, ponerla a trabajar a partir de imágenes y objetos que funcionan como invocadores, tratando de encontrar un arraigo frente a la tristeza y una reconciliación con la experiencia del dolor. No es de extrañar que comience con el relato de Alvar Núñez Cabeza de Vaca cuando se perdió en su intento de hacerse rico en las Indias, teniendo que reconstruir todo su mundo, integrándose en una cultura ajena y dejando de ser quien era. Desde ahí, Solnit va pasando al recuerdo de su propia juventud y de quienes perdieron su vida con la rapidez y la violencia de un fogonazo. Igual que escribe sobre Cravan o Saint-Exupéry señalándoles como aventureros cuya “ambición reflejaba un deseo de rehacer el mundo y transformarlo en lo que debía ser, pero las desapariciones reflejaban el deseo de vivir como si eso ya hubiera sucedido”. Teniendo en cuenta estas palabras, se comprende que no hable de los perdedores desde una perspectiva pesimista, sino como héroes que desaparecen en “las cumbre de lo posible”.

En contraste con estas aventuras, el urbanismo de nuestras ciudades está planificado para evitar cualquier incomodidad o interrogante. Solnit comenta el efecto directo de las casitas adosadas como “una especie de tranquilizante para la generación anterior a la nuestra, si es que la topografía puede ser una droga”. El ritmo de nuestras vidas no es el del paseo, sino el del coche y el mundo se ha transformado para facilitar el trasiego motorizado e impedir la lentitud del caminar, la posibilidad del encuentro o el detenerse para conversar. Por eso se hace necesario que Solnit nos recuerde que “el mundo es mayor de lo que imaginamos” y que para ampliar los márgenes de la imaginación y, en consecuencia, las posibilidades de lo real hay que ser capaces de ir más allá de las dimensiones o las perspectivas con las que estamos familiarizados, acercándonos a aquello que escapa a nuestro control, a la vivencia de lo impredecible. De hecho, por mucho que se quieran delimitar los pasos, el mapa nunca coincide del todo con el territorio y aún somos capaces de buscar los huecos, los espacios en blanco y los recodos en lo que poder internarse.

Notas:

(1) Lurdes Martínez, Saqueadores de espuma. La ciudad y sus grietas. Ediciones el salmón, Madrid: 2020.