Mostrando entradas con la etiqueta Terror. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Terror. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de enero de 2025

ESPACIO NEGATIVO - B.R. Yeager

            Imagine que se introduce en el cuarto de un adolescente a media tarde. La ropa está tirada por el suelo, la mesa desordenada y la persiana no deja entrar la luz del todo. El chaval está tirado en la cama con una sonrisa alelada, completamente abstraído. Lleva los auriculares puestos y mira el móvil, que está enchufado al cable de carga. A pesar de tenerle justo enfrente, el adulto siente una distancia enorme con él y algo de pudor. Somos un intruso que invade la habitación para molestar. Algo así es lo que me pasó cuando comencé a leer Espacio negativo. De hecho, mi primer impulso fue abandonar la lectura, como si no fuera apropiado adentrarme en la intimidad de ese grupo de jóvenes. Quizás me pasara por ser madre de un adolescente y trabajar diariamente con ellos, pero la cercanía de la historia relatada por B. R. Yeager me resultaba apabullante.

            Una vez superado este escrúpulo inicial, la novela me sedujo de manera instantánea y me quedé pegada a sus páginas. Yeager arranca rápidamente con una narración polifónica y una trama muy clara. Parece un documental grabado en torno a alguien desaparecido. La historia se fundamenta en la creación de un culto oscuro sin iglesia, ni dogma. Vemos la extensión entre los jóvenes de ese chamanismo tétrico, que está enlazado con el territorio. La nueva religión se transmite a través de los árboles, los arroyos, los puentes y las casas de la pequeña localidad de Kinsfield. De esta forma, el espacio cobra una importancia enorme en la historia, describiendo una geografía en la que vibran los humores de los suicidas. La devoción no se alimenta de la promesa del paraíso, sino de una experiencia desnuda, abismática y cruel. Igual de contagioso que un virus emanando de la misma tierra. Conforme los jóvenes se adentran en la práctica, se van perdiendo los límites de lo material y lo alucinatorio, el cielo y las tinieblas, lo bueno y lo malo, lo masculino y lo femenino, el placer y el dolor. Los mismos personajes se van enredando y confundiendo entre ellos, creando una amalgama que se parece a una gran mente purulenta, recorrida por un inconsciente telúrico, que maneja la trama.

            Yaeger construye, por tanto, una novela de estructura circular y en la que tenemos la sensación de que no sucede nada. El ambiente de Kinsfield contamina cada pequeña decisión de los personajes. Esto provoca un desasosiego que no se atreven a confesarse entre ellos, pero que infecta cada gesto, palabra o caricia. Hasta yo misma tenía la impresión de estar expuesta al contagio a través de los mismos dedos con los que pasaba las páginas. Cada vez que cogía el libro, creía que me volvía más vulnerable a la maldición. Es lo más inquietante: sentir que se maneja un artefacto capaz de producir sensaciones malsanas. A pesar de las situaciones retorcidas y brutales que se van amontonando, llega un punto en el que deja de resultar extraña la vida de estas criaturas acorraladas. Como si hubiera una lógica en ese espacio turbio, que produjera unas rutinas destructivas y dirigidas hacia un destino escrito desde antes de nacer. Y, como los personajes del libro, se acaba comulgando con la idea de que la existencia está determinada por fuerzas ajenas y malévolas, que han diseñado un final cruel para cada uno de nosotros.

            Por eso, no es necesario que haya sorpresas en la trama, ni siquiera se esperan. La cadencia de la historia está en los rituales, que van incorporando pequeñas variaciones. Tyler, el protagonista, descrito siempre a través de la mirada de los demás, será el catalizador del culto. Se auto investirá de manera salvaje como un chamán lisérgico o un faquir cibernético. Alrededor de Tyler, se mueven el resto de jóvenes, Lu, Jill y Ahmir. Todos ellos se mantienen hipnotizados en una danza macabra y creando un microcosmos muy pequeño. Aquí, el principio de realidad se ha roto por completo. El afuera se paraliza cuando ellos se aburren o late desbocadamente cuando se hieren. Así, el pueblo, los padres, los amigos y profesores responden a los deseos del chamán y sus correligionarios, dentro de esta delirante magia mórbida.

Se podría decir que el libro transcurre en una realidad postapocalíptica arrasada por la crisis económica y climática. Sin embargo, este mundo está compuesto por elementos que nos resulta completamente familiares. Hasta llegar a parecer el verdadero rostro de las cosas, que se encontraría tras las idílicas imágenes y vídeos que reproducimos en los móviles. De modo que la novela funciona como un dispositivo de sentido, capaz de tragarse la realidad completa. Yeager elabora una alucinación perfecta en la que se pierde el contorno de lo material objetivo de manera progresiva, introduciendo al lector en las aguas cenagosas del mismo río que se describe en sus páginas.

Esta alucinación colectiva está alimentada por la espira, una droga que circula libremente entre los chavales. La sustancia no proporciona placer, ni evasiones idílicas, sino justo al contrario. La inmersión siempre es desagradable, hace aparecer fantasmas e interconecta todo lo existente a través de hilos negros. La facilidad para conseguirla y el impacto inmediato en la descomposición psicológica de los chavales la convierten en un puro veneno. Así se expresa uno de ellos cuando se la ofrecen: “El paquete estaba lleno de hojas secas de un color púrpura grisáceo. Tenía olor a cadáveres calcinados” (p. 18). Su consumo acaba jugando un papel fundamental en el ritual de conductas autolíticas y humillantes al que se someten constantemente. Es como si, efectivamente, las plantas hubieran sido alimentadas con los cadáveres de los suicidas.

B.R. Yeager (Fuente: El Diario.es)

En cualquier caso, el consumo de espira, hierba y barbitúricos termina de sumergir a los personajes en la desidia más absoluta. En muchas ocasiones, son incapaces de satisfacer sus necesidades más básicas o de resolver los problemas más graves. Han caído en una suerte de agujero negro y están seguros de no poder salir, así que ni lo intentan. Es más, esta lenta caída carece de poesía y su desesperanza se vuelve contagiosa. Afortunadamente, hay momentos en que alguno de ellos consigue desasirse de las trampas y se ofrece un pequeño resquicio luminoso. Aunque, el ansiado respiro deja al descubierto la fragilidad de sus acciones y las consecuencias tan efímeras que tienen en sus vidas. Es imposible no sentirse conmovido por este círculo de impotencia. “No pasa nada y nada de lo que pasa es bueno (p. 22)”, dice uno de los jóvenes, como si el tiempo se hubiera detenido.

Los días están marcados por una repetición asfixiante de suicidios y crímenes, que han dejado de ser acontecimientos extraordinarios. Es más, cuando el orden de la naturaleza comienza a invertirse y los animales muestran perturbaciones monstruosas, nadie se sorprende. Asumen que su comportamiento obedece a la nueva lógica del universo. El fatalismo de la novela conecta a la perfección con nuestro pesimismo, que amortigua el posible impacto de los desastres de este capitalismo en crisis. Es la caída en la impotencia más absoluta.

Como señalaba al inicio, en el contacto con esa intimidad adolescente, la transparencia de los chavales resulta perturbadora. La novela describe con maestría las relaciones de amistad juveniles y cómo estos vínculos pueden convertirse en dependencias emocionales. Igual que la intensidad de los primeros amores y del sexo, capaces de torcerse hacia lo insano y ciego. Los chavales están unidos por las heridas y, sabedores de su tristeza, tratan de escucharse, protegerse y cuidarse los unos a los otros. De ahí que abunden los pactos y las promesas, que no deben traicionarse. Su único capital es la palabra, con la que protegen su intimidad última y sus secretos. Se evidencia, por tanto, una separación radical con el mundo adulto, que les hace sentirse huérfanos. A pesar de la tristeza que les provoca, la distancia e incomunicación con sus padres o profesores parece inquebrantable. Algo se ha roto para siempre.

Así pues, en Espacio negativo, nos encontramos ante otra expresión de la nostalgia de un mundo perdido. Los chavales echan de menos las conversaciones con sus padres, las comidas en familia, los juegos en el jardín, las canciones que cantaban en el coche o las visitas a la iglesia. La melancolía brota de la ruina de todos los valores asociados a la familia, el trabajo, los estudios y el amor. Eso sí, los adultos han sido los primeros desertores del mundo. Hay un claro resentimiento hacia la generación precedente. De ahí que, por ejemplo, sea completamente inútil el esfuerzo de la madre de Jill por evitar la descomposición de su familia. Cualquier intento de recuperación ha caído en la repetición vacía, porque los dioses han abandonado el mundo.

En el fondo, lo que buscan desesperadamente estos jóvenes es una experiencia de trascendencia que dé sentido a la existencia. Sencillamente, recomponer los fragmentos de lo real a través de un relato intenso y pleno. Ahí anida la fascinación que ejerce Tyler como brujo. Es el más bello (y repugnante) de todos. Tan hermoso y frío como un crimen sangriento. A través de sus ritos y de la espira quiere mostrarles cómo son las cosas en la realidad. Y les conduce a ese nivel de la existencia más auténtico, en el que todo tiene su correspondencia. Pero el sacrificio debe ser completado. Y, una vez dentro, les abandona en una penumbra fría, sucia y dolorosa, aunque, ordenada y cargada de sentido. Atrapados en ese loop siniestro, ya no habrá nada más que hacer. Lo que está pasando, ya pasó y volverá a pasar.

Más información en Caja Negra

Reseña de María Santana

 

 

martes, 7 de abril de 2015

LA CONSPIRACIÓN CONTRA LA ESPECIE HUMANA - Thomas Ligotti

Thomas Ligotti es lo que suele calificarse como un escritor de culto. Su literatura, pese a levantar furor entre sus más fieles seguidores, no es precisamente para todos los gustos. Cuando me hice con su libro de relatos Noctuario (editado por Valdemar en 2012) me costó bastante digerirlo, todo sea dicho. Su estilo repleto de imágenes retorcidas y situaciones macabras me era muy atrayente, pero por alguna razón los relatos se me hicieron muy áridos, al menos en un comienzo. No obstante, a medida que iba avanzando en el libro e iba adaptándome a su particular universo, especialmente a sus aspectos más extraños y visualmente elaborados, lo que leía se desplegaba en mi mente con una textura siniestra y cambiante, como si se tratara de una transcripción literaria de la mezcla de imágenes de artistas como Alfred Kubin, Odilón Redón, Zdzisław Beksínski y el propio José Hernandez (un óleo suyo ilustra la cubierta, con gran acierto por parte de Valdemar). Así que no tuve más remedio que rendirme ante su talento, si bien otra parte de mí, seguramente la más racional, me avisaba que bajo esa tremenda capacidad visual de Ligotti también latía algo más, como un amenazante núcleo de oscuridad... aquellos no eran simples relatos de terror.

Ahora que ha llegado a mis manos el extraordinario ensayo que reseño aquí esas sensaciones ambiguas se han concretado un poco más. El espíritu primordial y siniestro que anima cada una de las páginas de Noctuario se presenta ahora descarnado, desprovisto de las triquiñuelas literarias (pero con un estilo igual de florido y desgarrador), totalmente expuesto para ser examinado y enfrentado sin filtros de ningún tipo por el lector. Así que, como una confirmación de esa sensación de oscuridad impenetrable que tuve con sus relatos, este ensayo apuntala aun más mi sentimiento de que realmente Ligotti se mueve en el lado más resbaladizo de lo imaginario.

Pero podríamos pensar que todo es parte de una representación teatral, que el autor se ha montado a lo largo de los años un personaje con la intención de rodearse de un halo penumbroso acorde con el talante de sus ficciones. En ese caso, este ensayo no sería sino una parte más del atrezo destinado a cautivarnos y hacer engrandecer su estatus de autor esquivo y siniestro... Pero todo lleva a suponer que no, parece que Ligotti es totalmente honesto con nosotros mostrando el fruto amargo de sus reflexiones más fúnebres. Quizás por ello sea aun más difícil reseñar este libro desde una perspectiva crítica, pues, como algo que se ha tomado de forma muy personal y armado con una inteligencia pavorosa, las trampas que Ligotti ha dispuesto a lo largo de sus páginas en previsión de lecturas contrarias a lo que él propone son muchas y muy efectivas.

¿Cómo contradecir los argumentos expuestos por un pesimista tan radical como Thomas Ligotti cuando lo que dice es terriblemente cierto en su amplia mayoría? Pero la cuestión es que uno se siente obligado a contradecirle, porque la alternativa (tal y como el propio Ligotti avisa desde la primera página de este ensayo) es insoportable. Así que estaremos con él o muy posiblemente contra él, no hay demasiadas opciones. En mi caso, me he sentido impelido a leer este libro buscando todos los resquicios posibles para escapar de su lógica. Aunque, claro está, existe una tercera vía para afrontar el contenido altamente venenoso de este ensayo: insistir en tomarlo como una mera elucubración cínica pero imaginaria, quizás fascinante, turbadora, morbosa, original, pero al fin y al cabo solamente otro exabrupto literario rayano en lo patológico que se suma a los producidos por otros tantos autores malditos o marginales deseosos de provocar el pánico o de difundir su misantropía a los cuatro vientos, pero que a la larga solo sirven para poner algo de picante en nuestra dieta cultural, pues en palabras del propio autor: “La tragedia como entretenimiento desempeña una función crucial como contrapeso en la rematada fatuidad de la vida humana: la de cubrir la nada dispersa de nuestras vidas con un barniz de grandeza y estilo, cualidades del mundo teatral pero no del cotidiano”.

Pero sería una pena que la cosa acabara así, creo que este ensayo de Legotti merece una lectura más meditada por parte del lector, por mucho que este libro pueda provocar (y lo hará en muchos lectores, estoy seguro) un instintivo rechazo, puede suponer un fascinante experimento personal para todo aquel que lo lea. No obstante, como decíamos más atrás, resulta ser un libro blindado conceptualmente frente a todas las posibles críticas o desviaciones de lo que él expone. Y lo peor es que lo hace de tal manera que aquellos que quieran atreverse a negar sus argumentos o aceptarlos como un simple (y extraño, se vea como sea vea) entretenimiento quedarán insertados automáticamente en la categoría de imbéciles existenciales que el autor desprecia abiertamente. Por tanto, hay que decir que al margen de lo que pensemos de este libro debemos conceder que cumple al cien por cien la máxima exigencia de Ligotti: si hablas consecuentemente de condenación, de inutilidad, de desesperación cósmica, no puedes terminar abriendo una puerta sorpresa de emergencia para el lector (o el espectador, como por ejemplo pasó en la serie True Detective, plagiadora, dicen las malas lenguas, de muchas de las ideas que aparecen en este libro), hay que llegar hasta el final en la danza macabra. Como diría Ligotti, si alguien queda con esperanza tras aceptar la verdad que él lanza a los cuatro vientos serán los críos que prefieren jugar al borde del abismo sin percatarse (o sin admitir que se han percatado) de que ya tienen un pie colgando. Y aun así, repito, por mucho que gracias a la maligna inteligencia del autor corramos el peligro de quedar catalogados como insulsos y timados optimistas, aceptar sin más, hasta la última consecuencia, la propuesta de este libro es una opción imposible si amas la vida aunque sea en lo más mínimo.

Pero vayamos por partes:

Ligotti usa como hilo conductor de este ensayo algunas obras de Peter Wessel Zapffe, un oscuro filósofo noruego casi desconocido fuera de su país. Tomando prestadas (y hasta cierto punto haciéndolas suyas, aunque con bastantes matices) algunas de las tesis apocalípticas y antinatalistas de Zapffe lo que Ligotti expone en La conspiración contra la especie humana es lo siguiente: el ser humano es una estirpe condenada a penar por causa del primigenio surgimiento de la consciencia. Conocedores de nuestra muerte segura y del dolor y el sufrimiento inherentes a la existencia, somos seres vivos expulsados del curso normal de la vida, pues sabemos de su falta de sentido y la más ínfima gratificación final. La única alternativa es la extinción, acabar con el sufrimiento presente y futuro de la especie humana mediante una desaparición programada y lo más absoluta posible. Todo lo demás son excusas, es sumarse estúpidamente al inmenso juego de autohipnosis y sumisión a las mentiras que hemos ido construyendo a lo largo de la historia con el único fin de convencernos a nosotros mismos de que vivir merece la pena.

Esa es la base de este ensayo, con lo cual queda claro que la tal “conspiración” del título no se refiere, por una vez, a ningún plan secreto para llevar a nadie a la destrucción (al menos no inmediata), sino precisamente a todo lo contrario: mantenernos a todos con esperanzas, a toda costa. Es una conspiración que no proviene de ningún grupo o sociedad secreta, sino que se cuece en nuestro propio ser y a través de toda nuestra cultura.

De esta manera, a la sombra de las tesis poco halagüeñas del filósofo noruego, Ligotti recorre la tradición del pesimismo filosófico o literario desde aquellos escritores que son netamente desesperanzados (y desesperanzadores), como pueden ser Schopenhauer, Cioran, E. A. Poe, Lovecraft o Roland Topor hasta aquellos que matizan su pesimismo mediante un discurso que varía de lo “heróico” (Albert Camus, Unamuno, Nietzsche, etc.) hasta aquellos que el autor considera (al margen de la calidad literaria que puedan tener) como un camelo del pesimismo (Tolstói, Pirandello, etc). El resultado es un magnífico y absorbente itinerario lleno de valiosa información (con numerosos libros y autores citados), escrito con una fluidez pasmosa, pero sobretodo, a medida que el texto avanza y vamos desenrollando la madeja, quedamos envueltos en la irremediable fascinación iniciática que emana de cualquier documento que promete desvelarnos los fundamentos de nuestra realidad... aunque lo que se desvele sea algo que quizás hubiéramos preferido no saber.

No obstante, ¿Realmente se nos desvela en este libro algo que no sepamos ya? Está claro que no, todo el mundo es consciente (y ha sido testigo directo de una manera u otra) de la finitud de la vida y de los sufrimientos y vicisitudes que ésta encierra, pero como al parecer somos los únicos seres de la Tierra plenamente conscientes de ello Ligotti usa esto último para denunciar un proceso de escisión de lo natural (que de hecho, según él, nos coloca en la sobrenaturalidad) que es interpretado como una de nuestras peores calamidades, pues nos hizo abandonar el estado de ingenua inocencia en el que viven los animales respecto al absurdo de la muerte y otras desdichas de la existencia.

Y aquí comienzan mis pegas con los argumentos de Ligotti. Ciertamente podemos percibir esta escisión del ser humano con el resto de seres vivos, lo cual nos ha condicionado, entre otras cosas, para explotar y maltratar el mundo que nos rodea, pero obviamente, que tengamos consciencia y que ello nos haga sabedores del absurdo en que vivimos no es lo único que nos separa del resto de seres vivos. También es justo admitir, por mucho que eso le corte el rollo a quienes solo gusten de los aspectos macabros del asunto, que también nos coloca en una posición única para ser testigos de otros muchos aspectos de lo real que no son tan necesariamente siniestros. Ante nosotros se despliega el grandioso bullir de la vida en todas sus innumerables formas, también las fascinantes formaciones geológicas de nuestro planeta y por extensión el propio universo que gira silenciosamente a nuestro alrededor. También los somos de nuestra cultura en todo su variedad de etnias y circunstancias, con sus problemáticas, sus conflictos y desastres, pero también con sus oportunidades de colaboración, de amistad, de empatía... Que sepamos por ahora, somos los únicos seres vivos en el universo con un mínimo de consciencia para profundizar en todo esto. Pues bien, donde unos solo pueden ver el drama más absoluto otros también pueden encontrar una fuente repleta de misterios por estudiar o por hacer germinar en la imaginación, de vivencias que merecen la pena. ¿Realmente son éstos motivos insuficientes para Ligotti? 

Yendo aun más allá, Ligotti no se contenta con minar nuestro sentido vital en un contexto que podríamos calificar como cósmico, sino que otra de sus metas es cuestionar la propia concepción que tenemos de lo que es ser humanos. Para ello echa mano de la neurología o la genética, especialmente de aquellas teorías que versan sobre el supuesto de que no somos más que un montón de mecanismos interconectados que dan como resultado la ilusión de un ser con identidad y libre albedrío. Como sabemos esto no es nada nuevo (ya no solo respecto a la ciencia, numerosas corrientes místicas nos han hablado de ello a lo largo de la historia), pero Ligotti, curiosamente, expone este asunto de una manera que no deja bien parados a los lumbreras de la ciencia avanzada. Su posición es que si es posible demostrar que el ser humano es poco más que una marioneta guiada por fuerzas inaccesibles a su control, un “biorobot copiador de genes” según sus propias palabras, lo chistoso es que todos y cada uno de los científicos que así piensan terminen por conceder que en la práctica es lo mismo que si no fuera así, con lo cual, al parecer, todo queda en una especie de paradoja sin consecuencias reales. Somos y no somos entidades reales, tenemos y no tenemos voluntad, pero lo importante es establecer lo más objetivamente nuestra naturaleza, en nombre del sagrado saber humano, pero eso no tiene porque alterar necesariamente nuestra existencia. Así que, ya sea porque tienen miedo de caer en lo políticamente incorrecto, ya sea porque en realidad no tienen tantas pruebas en la mano, Ligotti se burla de la falta de valor de estos científicos para llegar a las últimas consecuencias de sus teorías, las cuales podrían caer como un jarro de agua fría sobre el ímpetu de nuestra especie... o quizás no. Esto sirve a nuestro autor para denunciar que la ciencia también forma parte de la gran conspiración que denunció Zapffe, pues no deja de acatar el sentido general: la vida merece la pena vivirse, sea como sea, por mucho que la ciencia “tenga pruebas” de que nuestras identidades sean una ilusión y no seamos dueños de nuestros actos o el propio universo no sea más que un torbellino de ondas y partículas que se dirigen al apocalipsis entrópico... ¡el show debe continuar sea como sea!


Pero Ligotti parece ofrecerse como el primer voluntario kamikaze en la guerra por un modelo absolutamente determinista del ser humano, un mundo de no-egos vivientes conscientes de su vaciedad. Fuera todos los adornos metafísicos, morales, simbólicos y del tipo que sean que nos protegen de lo que él considera una sencilla verdad: el universo es un mortal absurdo por mucho que queramos verlo de otra manera. Así que el enemigo a combatir es nuestra propia consciencia y todo aquello que alimente nuestra ilusión de un ego, así como nuestras emociones y todos los demás procesos relacionados con lo subjetivo que a la vez que nos informan de un mundo atroz también nos convencen por otro lado de que es posible (y deseable) vivir en tales condiciones. Así pues, la consciencia es para Ligotti (y otros autores que el saca a relucir) algo así como un error en el caldo de cultivo evolutivo, un factor tenebroso surgido inexplicablemente que nos aleja de los animales y su paraíso inconsciente y nos arroja en la máquina de picar carne que es el mundo. Ser conscientes no nos conviertes en seres superiores, sino en monstruos, aberraciones.

Sublimamos, representamos simbólicamente, retrasamos con mil remedios inútiles, adornamos de multitud de maneras el hecho de que vamos a morir y a fuerza de hacerlo, según el autor, hemos terminado por identificar la misma vida con estas infinitas formas de eludir su eterno contrario. Ligetti hace de ello motivo para una sorna magistralmente hilada, a veces con muestras de un sentido del humor tan negro que nuestra sonrisa se torcerá por la duda de si realmente es humor o más bien la señal de un resentimiento sin límites hacia sus prójimos (aunque obviamente ambas actitudes no sean incompatibles).

Así que podemos imaginar a nuestro escritor mirando por su ventana y examinando con ironía la sonrisa de una niña jugando en el parque (algún día será vieja y morirá), el abrazo de los enamorados (pura química que se evaporará tarde o temprano), el andar decidido del joven ejecutivo rumbo a su oficina (un robot cabezahueca que cree tener la sartén por el mango)... Nuestros días están asentados en los mil trucos y simulacros que nos ayudan a mirar hacia otro lado cuando la muerte o el sinsentido asoma mínimamente, pero eso no impide que la tragedia termine llegando, puede que de forma fulminante. Esto nos convierte en seres paradójicos que vivimos despreocupados en el proceso de una muerte segura, seres terrible y profundamente absurdos. Cómo se puede ser feliz en medio de esta carnicería se pregunta Ligotti... ¡Que mejor desquite que escribir algo que les prive del sueño a todos esos ilusos!

“Estar vivo: décadas de levantarse a la hora, luego recorrer penosamente otra ronda de emociones, sensaciones, pensamientos, deseos -la gama completa de agitaciones-, para desplomarse finalmente en la cama a sudar en el pozo negro del sueño profundo o hervir a fuego lento en las fantasmagorías que importunan nuestras mentes cuando sueñan. ¿Por qué aceptan tantos de los nuestros una cadena perpetua en vez del extremo de una soga o la boca de una pistola? ¿Acaso no meceremos morir?”
 
Y ciertamente somos seres absurdos, pero personalmente pienso que no solo por el hecho de que vayamos a morir sino más tristemente por el hecho de que vivamos como vivimos aun sabiendo que vamos a morir. Es posible que Ligotti haya tenido esto en cuenta, pero en su escrito no parece tener la más mínima importancia. Aunque a veces parece que va a tirar por ahí siempre termina negándolo, pues siempre opta por tomar la vida tal cual la vivimos como si fuera algo inevitable, precisamente consecuencia del absurdo. Así, examinando la vida desde una perspectiva estrictamente siniestra, muy propia del escritor de terror que es, el absurdo no es más que la fuente de una estupidez sin paliativos y frente a esto solo cabe la muerte voluntaria o una depresión tan negra que incluso el suicidio es una opción inalcanzable. Pero, ¿Qué pasa con la posibilidad de que podamos vivir de otras maneras? Esto parece no tener lugar en sus tesis, quizás porque eso sería admitir que el ser humano tiene márgenes por conquistar, por muy estrechos que estos puedan see. Algo que a oídos de Ligotti debe sonar terriblemente optimista, pero que ha sido proclamado una y otra vez por generaciones y generaciones de inmensos pesimistas como pueden ser Bakunin, Walter Benjamin o Günther Anders.


Haciendo una leve concesión, Ligotti cita a Camus como un pesimista “heroico” porque predicaba el vitalismo pese a que no negaba (¿cómo podría?) la muerte segura. Pero pasa de puntillas por la concepción que Camus tenía del absurdo del mundo y de lo que según él podría engendrar: el hombre rebelde, el reverso del Sísifo que cumple el mandato eterno y demencial de los dioses. Pero no solo el hombre rebelde en el aspecto más explícito de una sublevación política (que también) sino en el más amplio sentido de un asalto a niveles metafísicos, cognitivos e incluso puramente materialistas, llegando hasta la raíz del propio absurdo del mundo: la negación de todos los condicionantes, sean reales o imaginarios, tangibles o simbólicos. Partiendo de la abjuración de Dios o de cualquier otro tipo de sentido metafísico, nada es absolutamente verdad (salvo la muerte): el hombre es libre de construir como buenamente pueda las condiciones que afectan a su existencia. En su mano queda que camino tomará, nada está escrito.

Pero la vida que Ligotti describe en la cita que puse más atrás, por mucho que el marco sea la muerte, el dolor, la enfermad, también es el reflejo de una muy determinada estructura social, económica o cultural. De la misma manera lo es la imagen del ser humano robótico que algunos científicos intentan imponernos y que nuestro autor toma como base para minar la esencia de lo humano. No son productos de una verdad absoluta ni de la fatalidad inherente a nuestro ser, sino el producto de intereses relacionados con ciertos seres humanos e instituciones humanas muy concretos. Por lo tanto son perfectamente cuestionables y combatibles, por mucho que una enorme cantidad de cretinos las acepten con gusto. Por ello, la vida será absurda, falta de un sentido incuestionablemente verdadero, delimitada por la muerte y nuestra “deficiente” biología, pero también contiene el germen de una posible libertad personal y colectiva. Camus, así como otros tantos autores, pensadores y artistas, cada cual a su manera, han encarnado el Gran Corte de Mangas a cualquier determinismo de la condición humana, pese a que sea un gesto más tragicómico que verdaderamente heróico, pero siempre presidido por un espíritu de la ironía que quizás nos redime frente a la muerte y a la supuesta autoridad de la religión, la ciencia, la filosofía y cualquier otra institución que pretenda encarrilarnos sumisamente al matadero. En la rebelión está el sentido de la vida.

En todo caso, Ligotti no entra demasiado en estos asuntos, salvo por vagos comentarios, dejando así a un lado de un plumazo toda la sensibilidad revolucionaria vinculada a lo irracional, al existencialismo, al nihilismo o incluso al mero ateismo, lo cual, al menos para mí, anula mucho rigor a su pesimista exposición. Seguramente él dijera que todo eso entra en el terreno de los demás entretenimientos para eludir la Verdad Absoluta (la muerte), no lo sé, pero si así fuera me parecería demasiado simplista, para que negarlo.

En fin, no es necesario alargarse más en esta reseña, creo que más o menos he dado una idea de algunas de mis reservas ante lo que Ligotti expone en este ensayo. Aun habría mucho que decir, pero lo mejor será que cada cual se atreva a lanzarse en sus páginas como el que se tira al vacío. Es éste un libro extraordinario, lleno de grandes verdades terribles, pero también de ideas que solo pueden ser realmente compartidas por alguien que viva en la depresión más profunda. Querer vivir, tener hijos, amar tantísimas cosas de esta pesadilla que a veces es la vida, no es solo cosa de optimistas sonrientes y lobotomizados por el sistema. En todo caso, Ligotti alimenta con su libro la gran conspiración de la que habla... ¡tras leerlo es imposible no amar un poco más aquello que nos hace felices!

Reseña de Antonio Ramirez

viernes, 15 de noviembre de 2013

SUKKWAN ISLAND - David Vann

Publicada en inglés en 2008.
Editada en castellano por Alfabia en 2011.
210 páginas. 

Hace ya unos meses que leí este libro y desde entonces no puedo desprenderme de la sensación de estar descolocado, cada vez que he vuelto sobre mi para encontrar algo que decir de él se hace más patente el vacío expresivo en el que me ha dejado. No sé exactamente qué decir del mismo, y aunque es algo que me ha ocurrido en ciertas ocasiones, en ninguna de ellas he logrado volver a una posición de cierta comodidad desde la que situar una reflexión ordenada. Cuando de adolescente descubrí a Juan Rulfo tuve exactamente la misma vivencia, desde la condición de cierta comodidad de lector recibí un martillazo de tal envergadura que ya no sabía donde tenía cada pié, si estaba sentado o arrojado desmadejado en el suelo. Hay tal grado de contundencia en la hostia recibida que es necesario mucho tiempo para poder volver a estar colocado en un punto en el que sabes dónde está el norte, dónde el sur. Seguir una línea mas o menos precisa que guíe desde la supuesta función ética y estética del arte, un modo de encontrarse a uno mismo frente a la obra y por ende en el mundo, ya no como reflejo o metáfora sino como pura realidad. ¿Por qué he leído esta novela, por qué no he podido dejar de seguir obsesivamente con los ojos cada línea de su prosa? El viaje nada tiene de placentero, no sirve para sostener un tiempo entre paréntesis que justifique el acto en sí, ni un asomo de entretenimiento o ensoñación poética. Y sin embargo una vez atrapado sólo puedes seguir y seguir hasta que ha acabado todo. Y lejos de encontrar un final en el texto te encuentras volviendo una y otra vez, la novela ha arraigado en tu interior siendo más que su mera textualidad, más que sus valores estéticos o sus planteamientos éticos, arraiga en forma de preguntas desagradables, con raíces que van más allá hasta el punto de descubrirte el mundo con matices diferentes, en una desnudez que no sabe de complacencias ni alambicadas formas de justificar lo misterioso e inexorable con ropajes complacientes.

Sukkwan Island es una hostia pura y dura, un golpe de una contundencia demoledora, doloroso y preciso en su justicia nada poética. Una obra pequeña en extensión pero afilada en su corte, un conjunto de navajas con forma de libro al que no puedes enfrentarte desde ninguna protección posible. Golpea y golpea sin compasión ni respiro, de un modo parecido a esa obra desmedida que es Meridiano de Sangre, sin misericordia ni redención posible, sin dejar al lector posibilidad alguna de una finta, de esquivar lo que va viniendo. En cierto sentido es una obra de horror puro, un viaje alucinante a la condición de soledad extrema del ser humano.

Su prosa eficaz y sencilla, económica como sólo puede serlo el mazazo, actúa con un poder hipnótico más allá de la comodidad del morbo, sigues y sigues a pesar de que el dolor que destila arremete contigo sin profilaxis posible. Es una suerte de tragedia griega en cuanto que implica una universalidad insoslayable, con ese carácter universal que el arte es capaz de dar desde lo más estrictamente concreto, con un alcance filosófico profundo y descarnado. Excede con mucho la función catártica que motiva su creación hasta convertir a esta en un mero trámite, que no es poca cosa.

Con trece años David Vann recibe una llamada de su padre pidiéndole que pase con él una larga estancia en una isla del sur de Alaska al que él se niega. Al poco su padre se suicida, un hombre amargado que ha pasado ya por dos divorcios, difícil y extraño. Años después escribe esta novela, con un punto de partida semejante pero en el que el hijo acepta el viaje y que en sus 210 páginas ofrece mucho más que un exorcismo o un mero qué hubiese pasado sí. Más allá de esta motivación inicial la novela acaba siendo un trozo de verdad que arrastra como un tsunami, mucho más que un reflejo ejemplarizante. Su sinceridad no busca la facilidad de la moraleja, es más lo imposibilita, la complacencia de hacerte sentir más humano al final en el sentido del abrazo o lo celebrativo.
En realidad cuenta un proceso de deshumanización que paradójicamente no deja de ser en su fondo más profundo una plasmación de lo que es en esencia el ser humano. La relación padre-hijo se establece como una dialéctica imposible entre dos universos descarnadamente inaccesibles, con un espacio de interconexión en el que la comunicación es extraña, intraducible, ajena en lo más esencial. Asistimos a la terrible visión de un padre inalcanzable y paradójico, un elemento más de esa fría e inhóspita isla, un trozo de roca que en ocasiones se comporta como un sujeto roto, desesperanzado, dado a soliloquios incomprensibles, a llantos nocturnos desgarradores al mismo tiempo que se nos muestra como un diurno alienígena inalcanzable. La supervivencia alcanza un estatus omnívoro y desesperado, falto de lógica racional en unas decisiones a veces absurdas. Con momentos terribles y desagradables, en los que lo que duele va más allá de la mera fisicidad de las escenas truculentas. Porque es precisamente en el sentido de lo que ocurre, que abunda en el sinsentido generalizado, en un nihilismo atroz y terrible, lo que conmueve al lector, lo que lo lleva de la mano en su lectura, a pesar de que hay una parte de ti que te pide horrorizado que no sigas.

Lo natural es un elemento más del horror, no hay belleza alguna en la naturaleza en donde se mueve la novela, el mundo se muestra como algo atroz, aislante, terrible, que imposibilita la vida y que cataliza en el fondo la naturaleza pesadillesca y trágica de la relación entre padre e hijo. Los parajes abiertos funcionan a modo claustrofóbico encerrando a sus protagonistas en la pura desnudez de una relación irresoluble de modo satisfactorio, la misma supervivencia acaba por convertirse en un modo absurdo y terrible de morir. No hay ni espacio ni acomodo para la trascendencia ni para encontrar un posible religamiento con las cosas. Todo cuanto ocurre es substancialmente un modo de apelar a la falta de sentido, una tácita prohibición a que las cosas ocurran movidas por una providencia. La esperanza es una entelequia, un engaño, un posicionamiento infantil que se niega a enfrentar una realidad que es dura por ser real y que no acoge amorosamente a nada ni a nadie.

No hay realmente aventura posible, no esperes como espectador el encontrar una peripecia que ilustre ningún tipo de esperanza bondadosa o salvífica, porque no la hay ni se la espera. Y sin embargo es una novela que además de no ser complaciente en ningún sentido acaba yendo por unos derroteros que te desmontan incluso en lo relativo a cualquier tipo de previsión. Porque a pesar de lo dicho tampoco te esperas lo que ocurre o lo que va llegando conforme avanzas. Es ese otro punto valioso de este libro: es imprevisible, sorprendente. Parece por momentos una novela de supervivencia, una novela de formación, el relato de una relación entre padre e hijo irresoluble, y ciertamente es todo esto, pero como suele decirse en la gestalt el todo configura algo que es más que las partes.

Reseña de Jose Luis Martínez

martes, 22 de octubre de 2013

LA PIEL FRÍA - Albert Sánchez Piñol

Primera edición en catalán en 2003
Publicada en castellano por Edhasa en 2005
Traducción de Claudia Ortego Sanmartin
288 páginas.

Sinopsis.

Un antiguo combatiente del IRA decide aceptar un puesto de oficial atmosférico en un islote perdido en el océano. Lo que en principio parecía un aburrido trabajo en tierra de nadie termina por convertirse en una pesadilla. 

Comentario del libro.

Tras el éxito y correspondiente repercusión mediática que recibió Victus me ha sido imposible no sentir curiosidad por los libros de Albert Sanchez Piñol, autor del que, tengo que admitirlo, no tenía la más mínima noticia hasta el momento. Un buen amigo (y colaborador de este blog) me recomendó leer su primera novela y he aquí que me dispongo a realizar la reseña de esta obra, la primera de ficción que publicó este autor catalán (tras Payasos y monstruos, un ensayo sobre varios dictadores africanos) y que desde su aparición ya fuera considerada una obra de culto por muchos lectores más avispados que un servidor.

Seguramente podría decirse muchas cosas de La piel fría, puesto que son numerosas las perspectivas desde las que puede ser valorada y analizada. No me cabe duda de que esta multiplicidad de interpretaciones se deba, ante todo, a que no pertenece a un género perfectamente delimitado. En un primer momento parece que estemos ante un relato fantástico o de terror, pero pronto descubrimos (pues el autor lo deja claro rápidamente) que lo que leemos está atravesado además por otros propósitos no tan fáciles de ubicar.

La piel fría es un excelente ejemplo de libro que crece en nosotros una vez se ha terminado, tanto por lo que en él se cuenta como por lo que solo se insinúa o directamente queda inexplicado y se deja para la imaginación del lector. Albert Sánchez Piñol logra conmovernos a fondo, ya sea por su cuidada planificación o por su filigrana lingüística, ya sea por los conceptos puestos en juego, a medida que avanzamos en la novela tenemos la creciente sensación de que estamos desentrañando una trama de implicaciones muy complejas, todo eso pese a ser una historia de apariencia muy sencilla debido a su limitación de elementos (un escenario muy reducido, pocos personajes, acción repetitiva y desarrollo circular), pero hecha con tal certeza y economía de medios que por fuerza entrevemos que estamos siendo conducidos por un talento literario sobresaliente.

En menos de 300 páginas vivimos una introspectiva odisea que, aunque rebosante de acción, la mayor parte del tiempo toma su fuerza del delirio, de la duermevela, de la confusa desesperación del protagonista, pero no por ello se crea que hablamos de una historia de tintes oníricos o estrictamente subjetivistas. El autor nos coloca en una situación improbable (dos seres humanos abandonados en una isla que es asediada constantemente por monstruos marinos), pero a falta de lo que podríamos llamar una fase intermedia entre lo real y lo fantástico, el protagonista (y de paso el lector) debe aceptar, sin más preámbulos, que un escenario de locura sea la pura realidad. Y paradójicamente, a partir de ese momento, la lucidez ordinaria, ese estado despreocupado (y casi podríamos decir que mecánico) que nos embelesa en la vida cotidiana, es substituida en el protagonista por el permanente estado alterado de consciencia propio del instinto de supervivencia llevado a sus extremos. Resulta chocante, por tanto, que una vez asumidos los elementos fantásticos del libro (es decir, los monstruos, o como son llamados por sus protagonistas: los carasapos) se transformen en algo perfectamente normal, una fuerza más de la naturaleza a la que cualquier isla perdida en mitad del océano podría estar expuesta, como los tifones o los huracanes. En realidad poco más llegamos a saber de ese tema, pues la novela no pretende, ni mucho menos, dar explicaciones en torno a estos seres. Son los personajes humanos (el protagonista principal y su extraño compañero de armas) los que aportan mediante sus comportamientos y pensamientos cada vez más enajenados el factor verdaderamente insólito y delirante del relato. Los monstruos, por mucho que suene a tópico decirlo, funcionan como el crisol simbólico mediante el cual los personajes evolucionan, se redimen o se condenan. Especialmente en el caso de Aneris, la carasapo hembra que ocupa el tercer ángulo en el triángulo (¿o debería en este caso decir trío?) de personajes principales. Pareciera que su función fuera encarnar el límite tras el cual se transgrede cualquier orden moral, cultural o psicológico considerado como civilizado, la pura perturbación de “lo humano” una vez es enfrentado al infinito deseo/repulsión que se oculta en las profundidades del espíritu. Hasta tal punto que este magnífico personaje puede llegar a sospecharse como una pura proyección mental de los dos personajes auto-condenados a un exilio tanto físico como psíquico. Por ello, no faltan momentos en los que uno piensa que quizás todo transcurra en una especie de limbo a medio camino de lo imaginario y lo tangible. Así, la isla y la estrambótica aventura que los dos protagonistas viven en ella, por mucho que estén precisadas con contornos bien definidos y perfectamente materiales, terminan por cobrar el sentido de una pesadilla de la que fuera imposible evadirse. Todos los componentes violentos, sexuales y extremos de la historia parecen apuntar a ello.


En todo caso, la novela también funciona como un rabioso ataque al antropocentrismo (y ya puestos, a cualquier posición unilateral en el sentido que sea; imposible es, por tanto, no relacionarlo con ciertas circunstancias biográficas brevemente esbozadas del protagonista en cuanto a su pertenencia al IRA). Toda conjetura, toda explicación para desentrañar la naturaleza y motivaciones de los monstruos (en su empeño por destruir a los dos humanos), también los esfuerzos por comprender el comportamiento de Aneris y su, al parecer, crucial papel en el conflicto, están condenados de ante mano al fracaso y al error más absoluto. Cualquier interpretación, por muy expansiva y extravagante que esta pudiera ser, está encaminada a reflejar la limitada perspectiva humana. ¿Cuál es, por tanto, la alternativa al enfrentamiento y la violencia? ¿Cómo es posible una vía de comunicación o al menos de comprensión?

No obstante, Sanchez Piñol, lejos de solucionar el dilema por la vía del humanismo (por ejemplo, la consabida lección moral de tolerancia y la aceptación del Otro), juega magistralmente con una ambigüedad (que podríamos definir como deliciosamente perversa) que enriquece exponencialmente las concomitancias de su novela. Y quizás ahí está la máxima potencia de La piel fría, su mayor logro: ese espacio de incertidumbre por el que se cuelan los más diversos sentimientos y significados, un abismo insondable que lleva a la sempiterna duda y la desesperación del protagonista… ¡y al puro placer literario del lector! Porque lejos de acomodarse a soluciones fáciles, pero también sin caer en excesivas pajas mentales para salvar el escollo, Sanchez Piñol sabe armarse de recursos literarios propios de un verdadero gran escritor para afrentarse a un disyuntiva sin posible solución, pero que aun así siempre queda reclamando algún desenlace, sea cual sea, reflejando de esta manera ese inmenso hueco de incertidumbres sin resolver que al fin y al cabo es la condición humana.

En suma, estamos ante una más que reseñable novela, quizás imperfecta en muchos sentidos, aparentemente modesta en su concepción, pero amplia e imprevisible en sus repercusiones en el lector, lo cual no es precisamente poco.

 Muy recomendable.

Reseña de Antonio Ramírez.

miércoles, 20 de marzo de 2013

LA CANCIÓN DE KALI - Dan Simmons


Publicado originalmente en inglés en 1985 
Editado en castellano en 1993 (Ediciones B)
Traducción: Rosalía Vázquez

Sinopsis.

        El canto de la diosa Kali produce el sonido de la muerte. Un periodista sostiene que su culto no ha desaparecido aún en nuestro moderno mundo tecnológico y está dispuesto a comprobar sus afirmaciones. Nada le resultará sencillo, y lo que empezó como un trabajo rutinario se convertirá en una pesadilla en la que el protagonista sólo escucha mentiras y choca contra el muro de la indiferencia oficial cuando acude a las autoridades en busca de ayuda.

Comentario del libro.


Para los aficionados a la ciencia-ficción, Dan Simmons no necesita presentación: autor de la saga Hyperion, su contribución al género le ha asegurado un puesto de privilegio capaz de rivalizar actualmente con las Fundaciones de Asimov o los Dune de Herbert. Sin embargo, resulta curioso que muchos de sus seguidores parecen ignorar (e incluso menospreciar) que es en el terror donde Simmons ha concentrado la mayor parte de su producción literaria. Y es precisamente en este género donde debutó como novelista en 1985, con la publicación del libro que nos ocupa.


Lo primero que llama la atención de La Canción de Kali es la madurez de Simmons como narrador. Cierto es que ya contaba 37 años cuando lo escribió y que, a esas alturas, era ya un experimentado autor de relatos cortos. Teniendo esto presente, me sigue resultando destacable lo bien escrito y estructurado que está el libro, bastante por encima de la media habitual en estos casos. Sin duda, su punto fuerte es la ambientación y la creación de atmósferas: la Calcuta descrita en esta novela es un auténtico infierno en la tierra. Simmons presenta un escenario hostil y pesadillesco, ilustrado con profusión y sin ahorrarse todo tipo de detalles escabrosos como la mención de cadáveres amontonados en el patio trasero de los hospitales o incluso gente defecando en plena calle. Si bien no es más que un artificio literario (esa gran urbe corrupta y amoral que actúa como foco del mal bien podría ser Londres, Nueva York… o Madrid) su brutalidad y aparente sinceridad llegan hasta el punto de provocar una sensación realmente incómoda en el lector, casi bordeando los límites del racismo. No me extrañaría que a Simmons lo declararan persona non grata en India. Y no exagero.


Es en este marco asfixiante donde Simmons, con asombrosa habilidad, va introduciendo poco a poco los elementos sobrenaturales. Su protagonista, un anodino escritor, se ve paulatinamente envuelto en una trama que lo supera a todas luces, un misterio que adopta la forma de complot por momentos apasionante.  La novela arranca con pulso firme hasta pisar a fondo el acelerador en el que quizá sea el mejor segmento de todo el libro: una historia dentro de la historia en forma de relato oral, donde un estudiante hindú le cuenta al protagonista sus experiencias robando cadáveres como rito de iniciación en la secreta comunidad clandestina de los kappa, adoradores de la terrible Diosa Kali. Este capítulo está narrado con tanto virtuosismo y un ritmo tan endiablado que supone, en sí mismo, una pequeña obra maestra de lo macabro. Es tan bueno que, en cierto modo, el resto del libro nunca llega a estar a su misma altura más allá de algunos momentos aislados (pero eso sí, muy poderosos).


Y es que algo falla. La trama es muy ambiciosa, pero Simmons en ocasiones titubea y no parece tener claro a dónde quiere llegar. La conspiración tejida en torno a Kali, la secta de los kappa y el poeta desaparecido que parece haber vuelto de la muerte, es tan enigmática como vacía en el fondo. Sus contradicciones y cabos sueltos contribuyen en un principio a acrecentar la sensación de misterio, pero al final uno tiene la impresión de ideas inexploradas. El ritmo flaquea, alternando momentos trepidantes en los que la historia avanza a toda velocidad con otros demasiado pausados y carentes de interés. Afortunadamente, el autor se muestra más hábil en el retrato de personajes: es fácil identificarse con el protagonista, los secundarios resultan apropiadamente siniestros y ambiguos y el villano (cuyo nombre no desvelaré) es sencillamente memorable en su complejidad y mezquindad, de los mejores con los que me he topado en muchas lecturas. La excepción sería la esposa del protagonista (de raza india, pero criada y educada en Inglaterra), el único personaje políticamente correcto de la historia.


Pero que nadie me malinterprete: estamos ante una excelente novela, con un planteamiento original, plagada de tensión y salpicada de momentos de puro horror que casi se lee sola. No obstante, las carencias o defectos que he apuntado le impiden ser la obra maestra rotunda que podría haber sido. Volviendo al inicio de mi reseña, La Canción de Kali no consigue ser en cuanto al género de terror lo que Hyperion sí es respecto a la ciencia-ficción. Aún así, no le faltan motivos para haberse convertido en una de las novelas clave del panorama del horror en los últimos 30 años. Baste mencionar al respecto el cruel y brutal desenlace (realmente traumático y que deja huella mucho tiempo después de finalizado el libro)  o la conclusión a la que llega el protagonista en las últimas páginas, que de manera involuntaria se ha convertido en una bonita metáfora de lo que le ha pasado al género en los últimos años: tras experimentar en primera persona el terror puro y duro, se dedica a escribir sobre unicornios y hadas consciente de que resulta mucho más inofensivo. Sobran los comentarios. ¡No se la pierdan!

Reseña de Francisco Gabaldón