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viernes, 15 de noviembre de 2013

SUKKWAN ISLAND - David Vann

Publicada en inglés en 2008.
Editada en castellano por Alfabia en 2011.
210 páginas. 

Hace ya unos meses que leí este libro y desde entonces no puedo desprenderme de la sensación de estar descolocado, cada vez que he vuelto sobre mi para encontrar algo que decir de él se hace más patente el vacío expresivo en el que me ha dejado. No sé exactamente qué decir del mismo, y aunque es algo que me ha ocurrido en ciertas ocasiones, en ninguna de ellas he logrado volver a una posición de cierta comodidad desde la que situar una reflexión ordenada. Cuando de adolescente descubrí a Juan Rulfo tuve exactamente la misma vivencia, desde la condición de cierta comodidad de lector recibí un martillazo de tal envergadura que ya no sabía donde tenía cada pié, si estaba sentado o arrojado desmadejado en el suelo. Hay tal grado de contundencia en la hostia recibida que es necesario mucho tiempo para poder volver a estar colocado en un punto en el que sabes dónde está el norte, dónde el sur. Seguir una línea mas o menos precisa que guíe desde la supuesta función ética y estética del arte, un modo de encontrarse a uno mismo frente a la obra y por ende en el mundo, ya no como reflejo o metáfora sino como pura realidad. ¿Por qué he leído esta novela, por qué no he podido dejar de seguir obsesivamente con los ojos cada línea de su prosa? El viaje nada tiene de placentero, no sirve para sostener un tiempo entre paréntesis que justifique el acto en sí, ni un asomo de entretenimiento o ensoñación poética. Y sin embargo una vez atrapado sólo puedes seguir y seguir hasta que ha acabado todo. Y lejos de encontrar un final en el texto te encuentras volviendo una y otra vez, la novela ha arraigado en tu interior siendo más que su mera textualidad, más que sus valores estéticos o sus planteamientos éticos, arraiga en forma de preguntas desagradables, con raíces que van más allá hasta el punto de descubrirte el mundo con matices diferentes, en una desnudez que no sabe de complacencias ni alambicadas formas de justificar lo misterioso e inexorable con ropajes complacientes.

Sukkwan Island es una hostia pura y dura, un golpe de una contundencia demoledora, doloroso y preciso en su justicia nada poética. Una obra pequeña en extensión pero afilada en su corte, un conjunto de navajas con forma de libro al que no puedes enfrentarte desde ninguna protección posible. Golpea y golpea sin compasión ni respiro, de un modo parecido a esa obra desmedida que es Meridiano de Sangre, sin misericordia ni redención posible, sin dejar al lector posibilidad alguna de una finta, de esquivar lo que va viniendo. En cierto sentido es una obra de horror puro, un viaje alucinante a la condición de soledad extrema del ser humano.

Su prosa eficaz y sencilla, económica como sólo puede serlo el mazazo, actúa con un poder hipnótico más allá de la comodidad del morbo, sigues y sigues a pesar de que el dolor que destila arremete contigo sin profilaxis posible. Es una suerte de tragedia griega en cuanto que implica una universalidad insoslayable, con ese carácter universal que el arte es capaz de dar desde lo más estrictamente concreto, con un alcance filosófico profundo y descarnado. Excede con mucho la función catártica que motiva su creación hasta convertir a esta en un mero trámite, que no es poca cosa.

Con trece años David Vann recibe una llamada de su padre pidiéndole que pase con él una larga estancia en una isla del sur de Alaska al que él se niega. Al poco su padre se suicida, un hombre amargado que ha pasado ya por dos divorcios, difícil y extraño. Años después escribe esta novela, con un punto de partida semejante pero en el que el hijo acepta el viaje y que en sus 210 páginas ofrece mucho más que un exorcismo o un mero qué hubiese pasado sí. Más allá de esta motivación inicial la novela acaba siendo un trozo de verdad que arrastra como un tsunami, mucho más que un reflejo ejemplarizante. Su sinceridad no busca la facilidad de la moraleja, es más lo imposibilita, la complacencia de hacerte sentir más humano al final en el sentido del abrazo o lo celebrativo.
En realidad cuenta un proceso de deshumanización que paradójicamente no deja de ser en su fondo más profundo una plasmación de lo que es en esencia el ser humano. La relación padre-hijo se establece como una dialéctica imposible entre dos universos descarnadamente inaccesibles, con un espacio de interconexión en el que la comunicación es extraña, intraducible, ajena en lo más esencial. Asistimos a la terrible visión de un padre inalcanzable y paradójico, un elemento más de esa fría e inhóspita isla, un trozo de roca que en ocasiones se comporta como un sujeto roto, desesperanzado, dado a soliloquios incomprensibles, a llantos nocturnos desgarradores al mismo tiempo que se nos muestra como un diurno alienígena inalcanzable. La supervivencia alcanza un estatus omnívoro y desesperado, falto de lógica racional en unas decisiones a veces absurdas. Con momentos terribles y desagradables, en los que lo que duele va más allá de la mera fisicidad de las escenas truculentas. Porque es precisamente en el sentido de lo que ocurre, que abunda en el sinsentido generalizado, en un nihilismo atroz y terrible, lo que conmueve al lector, lo que lo lleva de la mano en su lectura, a pesar de que hay una parte de ti que te pide horrorizado que no sigas.

Lo natural es un elemento más del horror, no hay belleza alguna en la naturaleza en donde se mueve la novela, el mundo se muestra como algo atroz, aislante, terrible, que imposibilita la vida y que cataliza en el fondo la naturaleza pesadillesca y trágica de la relación entre padre e hijo. Los parajes abiertos funcionan a modo claustrofóbico encerrando a sus protagonistas en la pura desnudez de una relación irresoluble de modo satisfactorio, la misma supervivencia acaba por convertirse en un modo absurdo y terrible de morir. No hay ni espacio ni acomodo para la trascendencia ni para encontrar un posible religamiento con las cosas. Todo cuanto ocurre es substancialmente un modo de apelar a la falta de sentido, una tácita prohibición a que las cosas ocurran movidas por una providencia. La esperanza es una entelequia, un engaño, un posicionamiento infantil que se niega a enfrentar una realidad que es dura por ser real y que no acoge amorosamente a nada ni a nadie.

No hay realmente aventura posible, no esperes como espectador el encontrar una peripecia que ilustre ningún tipo de esperanza bondadosa o salvífica, porque no la hay ni se la espera. Y sin embargo es una novela que además de no ser complaciente en ningún sentido acaba yendo por unos derroteros que te desmontan incluso en lo relativo a cualquier tipo de previsión. Porque a pesar de lo dicho tampoco te esperas lo que ocurre o lo que va llegando conforme avanzas. Es ese otro punto valioso de este libro: es imprevisible, sorprendente. Parece por momentos una novela de supervivencia, una novela de formación, el relato de una relación entre padre e hijo irresoluble, y ciertamente es todo esto, pero como suele decirse en la gestalt el todo configura algo que es más que las partes.

Reseña de Jose Luis Martínez

jueves, 21 de febrero de 2013

EL BULEVAR DE LOS SUEÑOS ROTOS - kim Deitch

Edición original en inglés en 2002
Editado en castellano por La Cúpula.
164 páginas. 
 
Hay cierta vena masoquista en el leer, un sometimiento a la hostia en bruto que por paradójico que pueda parecer en un mundo en el que el hedonismo no tiene más límite que el escapismo, se impone como algo necesario. El placer abre caminos que no siempre van de la mano de la comodidad, del mismo modo que de niño un sorbo de cerveza nos ocasiona desagrado o un buen vino despierta una muesca de repulsión en aquel con paladar virgen, hay placeres que requieren de ciertas dosis de dolor para poder ser apreciados en todo su valor. Podemos estar tan dormidos que no baste con zarandearnos para despertarnos y colocarnos en el mundo en la disposición adecuada. En ocasiones la hostia es de una violencia que salva, que enseña, que descoloca inicialmente pero que agradecemos una vez despiertos. Existe un cierto tipo de violencia con la que encontramos una enseñanza que lo suave o confortable no es capaz de alcanzar a dar. Leer por ejemplo a Rulfo puede ser algo sumamente placentero, pero conlleva a su vez un dolor no pocas veces insoportable. Decían los hedonistas que el dolor de ejercitarse era compensado con el placer de tener un cuerpo sano y por ello mismo con una disposición clara contra el padecimiento futuro. Que para escapar del mismo es inevitable el invertir en su experiencia.

El bulevar de los sueños rotos es una obra que hiere página a página, pero que por contra proporciona el placer de la lucidez. Con un dibujo feísta, deudor del más puro underground, imaginativo, rico y esplendoroso en no pocas ocasiones, tiene momentos que aterroriza. Pero es en realidad en lo que cuenta, en la verdad desnuda de la que hace repaso inmisericorde donde el horror se sitúa en primer plano. No hay candidez ni la menor concesión en esta historia que narra la vida de tres generaciones de animadores a lo largo del siglo pasado. Un relato de una dureza sangrante en la que se va mostrando cómo la realidad sometida al pecuño y al poder despelleja la imaginación de unos autores mientras que a la vez se construye todo un mundo de apariencias repugnantes. Desde un trasunto del gran Windsord McCay hasta el más indigno universo Disney, acudimos boquiabiertos a una historia en la que toma protagonismo progresivo la obsesión, el abuso y el sometimiento malsano. Todo en carne cruda, con las venas chorreantes, sin dejarte como lector un momento de sosiego, puñetazo tras puñetazo. 

Realidad y alucinación componen una desgarradora crítica del medio. Las andanzas de Ted Mishkin, creador del gato Waldo (alter de Felix) va cayendo en una vorágine de locura arrastrado por una continua y constante prostitución de un medio que podría haber dado algo más que la mierda infecta que termina por producir. Desde el ahora resulta patente el paralelismo con el universo de bonismo depredador que se ha convertido la animación y buena parte del cómic de las grandes compañías. A la manera del mejor Phil Dick el motor que dirige lo que parece ser real y que termina por fagocitar lo que realmente es y puede ser, esa prostitución de la imaginación en dispensador de coca-colas, es lo menos humano posible, un mecanismo devorador y nihilista. 

El aparente éxito como disfraz donde esconder la basura más abyecta, la forma y manera de convertir el trabajo y al trabajador (creación y creador) en poco más que un engranaje sin alma que sólo posee cascaras que derivarán más pronto que tarde en desilusión, locura, aislamiento. El ensalzar lo infantil con poco menos que el conformismo, el tener para gastar sin pensar. Pero también la apología de una moralidad que lejos de ser cierta es vejada en cada paso de la producción. Todo ese universo de eticidad blanda, aquellas verdades minúsculas que componen ese ámbito en donde lo que cuenta es la belleza interior, de princesas inmaculadas y príncipes de condición azul que todo lo pueden, desde el que sólo el bien gana en lo que puede venderse para que el mal finalmente lo controle todo. El aupamiento de un orden ético que sirve para gestar en su seno todo el conjunto de bondades morales que deben ser ejemplificadas en haras a la formación sana de los infantes, todo eso que en el fondo se fusila en cada paso de la creación artística comercial y que finalmente es una farsa en la que nadie cree, que nunca jamás funciona, colocándose lo que debe ser en el espacio de lo que nunca es, o peor, en lo que nunca jamás será. No es difícil traerse a la memoria del lector esas películas de animación actuales, alimentadas por crítica y público, como son las del estudio Pixar. Técnicamente perfectas, con cuidadas bandas sonoras, ejecutadas con una pericia incontestable y publicitadas por doquier, esas que llenan cines en tropeles, con padres y madres contentos de ver la felicidad en sus hijos, dispuestos a pasar el rato con el paquete de palomitas y los regalos en forma de juguetes conseguidos a base de proteínas de mala calidad, azúcares que producen una prístina y legal adicción, en los McDonnalds. Aparecen de pronto de otra manera, como constructos sin alma que no solo buscan el llenar bolsillos sin cuento sino que además esconden la miseria de entregar la Imaginación a una picadora de virtudes, y ese parecer correcto se troca en la cruda realidad de unas cadenas que se aferran en nosotros con la fiereza de un depredador. La realidad se hace cárcel, la fantasía en comodidad irreflexiva. En ellas se enseña que el pensamiento crítico no es posible, que el Sistema es en realidad un Yaveh omnívoro, una nada tan extensa que en su hambre consume todo lo que puede ser bueno en un discurso cargado de intenciones bonistas pero vacío de todo contenido realmente moral. Si eres de esta manera la Providencia te recompensará, pero si quieres realmente medrar en este universo ni se te ocurra ser otra cosa que un competidor dispuesto a pisar cabezas. Disney sólo quiere tu dinero y el de los hijos de tus hijos. Tenerlos sentado contemplativos y olvidadizos del mundo para que no te sientas culpable de no querer prestar atención a sus problemas.


Así Waldo el gato es en el fondo una naturaleza aterradora, el mal exquisito que esconde una violencia inmisericorde, la misma que crece a medida que el medio se mecaniza y que tras el tintineo de las monedas acoge el eterno crujir de dientes, la infelicidad profunda, el esclavismo que es patrón real y consistente de aquello que se consume y se viste como lo ideal. El sueño que motiva a los pioneros pasa a ser la botella en la que encerrar la cabeza.

Esta obra es un continuo de horrores delirantes en donde lo bello, lo imaginativo, ese poder atávico que debe ser la manifestación artística se corrompe en una suerte de espejo donde mirar el reflejo de una realidad que ha transformado la Fantasía en lo directamente opuesto a aquello que sus creadores buscaban por necesidad. Porque los protagonistas no pueden menos que identificar sus propias vidas con el arte que producen, y al ser este una absoluta traición a todo lo soñado acaba por convertir sus vidas en miseria y con ello, devorar sus mentes mientras siembran de sal la de los que acabarán por consumir sus podridas obras. La esperanza que es hermana del arte calzada en lo más profundo de una billetera que no se sacia nunca meramente en llenarse, sino también en menguar la del prójimo. El Gato bonachón pasa a ser un demonio esclavizante, el universo de Oz un infierno tortuoso, lo esplendoroso en colmillo afilado y la sonrisa en mueca ensangrentada.

Las grandes compañías productoras de sueños son mecanismos en donde se profesionaliza la creatividad de sus autores haciéndolos indistinguibles entre sí, unificándolos a todos en una igualdad intercambiable. Perduran esos supehéroes imposibles mientras que sus autores pasan en una sucesión nerviosa en la que todos ellos son lo mismo, incluso los que acaban por alcanzar el "éxito" que se mide en términos de vaciar sus nombres de hueso y carne para lograr ser una marca deudora de la Compañía, de la Máquina, del consejo de dirección que se sustenta en números que llevan siempre el apellido del dólar, del euro, en fin, de todo aquello que al final es realmente libre, para quien no existen fronteras, el mismo dinero que sale del bolsillo con una rapidez que rara vez es acorde con el tiempo perdido para ganarlo. Decía Alan Moore que no entendía el porqué muchos de sus compañeros dibujantes, tan dados a en sus inicios manifestar el odio por las inevitables adaptaciones en cine comercial, se derretían cuando se les ponía sobre la mesa la posibilidad de ver sus nombres en mayúscula al comienzo de los títulos de crédito. Ese otro tiempo al que pertenece Batman, Superman, X-Men, Spiderman, que nunca cambia y es imperecedero, un vertedero en donde colocar lo sublime encerrado bajo bolsas oscuras de basura, un tiempo que no pasa y es en realidad la muerte de todo tiempo, de todo cambio, una alfombra donde esconder la necesidad imperiosa y necesaria de cambiar las cosas para mejor y entender que la fantasía es para los hombres un modo de encarar la esperanza, no su tumba, no un cementerio. Lo ideal como negación del cambio y la perpetuidad del Orden de Las Cosas que Son Más que las Personas.

Es este un tebeo durísimo y terrible, una somanta de hostias, un grito de dolor al cielo, una protesta, un compromiso, una mostración de sabiduría exquisita, de delicadeza y verdad, algo raro no por su dificultad en sí, sino por las trabas que un sistema repugnante e inhumano impone para perpetuarse.

Reseña de Jose Luis Martínez

jueves, 14 de febrero de 2013

LAS AVENTURAS DEL CAPITAN TORREZNO - Santiago Valenzuela

Aunque la tendencia genérica de una buena parte de los lectores está asociada a la idea de entretenimiento, de buscar enminentemente en la lectura un pasarratos que nos mantenga en una especie de paréntesis que nos haga momentaneamente olvidar las cargas y penurias de la vida cotidiana, el placer que se obtiene de gastar córneas y meninges puede ir bastante más lejos que lo meramente sedativo. El arte entendido como ocio en estos términos es una merma considerable tanto de sus posibles funciones como limitación del alcance a que éste puede llegar. La fantasía en su trayecto comercial ha acabado practicamente por ser un género domesticado que se asocia o a la niñez o a la adolescencia. Una suerte de reducto en donde conformarse en la evasión a la manera de parche que evite mirar directamente lo real, estableciendo con ello una frontera algo soez y simplista entre lo real y lo imaginario. La aventura pasa a ser un camino que no deja huella, en donde cada paso se diluye en el siguiente y de resultados vacuos, un artificio a la manera de pirotecnia de fin de fiesta acentuándose en un juego de fuegos artificiales potenciando esto último en detrimento de lo primero. Lo fantástico es también un modo de quemar lo real en otra cosa, convertir en cenizas parte de los presupuestos previos, un ejercicio de crítica que permite ver lo vacuo como denso y lo denso como vacuo. Especular es tanto reflejar como diseccionar, descubrir en la totalidad bruta elementos que nos pasan desapercibidos por lo común, y con ello ser capaz de ver mecanismos aparentemente sólidos como lo que son: puro humo.

El tan cacareado "sentido de la maravilla" puede ser meramente un espectáculo entendido como puro ocio evanescente o bien un instrumento de no conformidad con lo que se consensúa como real. Esta función inquisitiva, o si se quiere hilar más fino, este órgano auditor no debe ser ignorado si lo que se busca es un enriquecimiento real.

Las aventuras del Capitán Torrezno derrocha "sentido de la maravilla" por sus cuatro costados. A pesar de que podemos hacer inventario de sus débitos, parentescos e influencias, con todo es una obra de una solidez casi inaudita. Capaz de aunar los más diversos elementos, muchos de ellos en apariencia contradictorios, en una obra firmemente cohesionada, en donde por separado todo funciona perfectamente engranado pero que en su gestalt engrandece el conjunto de manera magistral. Capaz de maravillarte desde esa parte de la niñez que el aficionado carga y al mismo tiempo encandilar al adulto calloso que ha crecido con los años. Una fantasía que lejos de solazarse en la negación de lo real convierte la sátira, la crítica, en un aspecto lúdico pero inquisitivo.

Como un torbellino brillante en su devenir, lo grotesco se da la mano de lo sublime, el sarcasmo de bar pasa a ser filosofía de calado, lo chusco aparece como elegante, y nada, repito, nada es discordante. Amalgama la tradición al más puro estilo Berlanga con la elegante mala leche de un Gulliver, Cerebus con Superlópez, lo épico con lo más cutre de lo mundano. No importa cuantos parecidos encuentres, que son muchísimos, desde la surrealista aparición de Dark Vather o Daredevil, la elegancia de Moebius con el llavero más casposo de la Virgen de Regla, la revista El Jueves y el Tardi más inspirado. Así un funcionario del ministerio más gris puede hacer de Yahvé, la Síndone un viejo DNI perdido o un billete de cien pesetas la más seria reliquia del Imperio.

Torrezno es un antihéroe de esos que uno ve de continuo en cualquier bar de barrio, un borrachín metido con calzador en una vorágine épica que por azar y desde el mayor de los desconocimientos sostiene una aventura grandilocuente y ambiciosa sin abandonar nunca lo cañí más prosaico y es capaz, a la vez, de alcanzar alturas y profundidad, epicidad y filosofía. Todo un universo complejo y vivo que cabe en el sótano aledaño al Bar Denver, en el que una bombilla, un viejo sofá o el más triste de los bonsáis pasa a ser escenario de una Guerra Santa sin que el conjunto peque de la menor falta de coherencia. En el que el Génesis te calza una sonrisa en la cara al mismo tiempo que te emociona.


La serie va progresivamente a más en todos los aspectos, el dibujo y la composición narrativa se hacen paulatinamente más complejos, la feroz crítica teológica con el chiste chusco y facilón conviven sin que el lector note la más mínima discordancia. Y todo ello con una engañosa facilidad que asombra. No son pocas las veces que alzas la mirada de las viñetas para preguntarte cómo es posible tal batiburrillo sin que la extrañeza se haga decepción, que de estos elementos tan distantes, tan contradictorios, surga un sentido de la maravilla tan profundamente satisfactorio.

Textos largos, diálogos brillantes, personajes maravillosamente perfilados con poquísimos elementos y que no quedan pobres, líneas argumentales solapadas con maestría, una ambientación espectacular, con edificios y ciudades detalladas hasta la obsesión, viñetas con perspectivas sublimes, en fin, todo un universo fantástico recreado con un mimo que apabulla, que por momentos recuerda a la mejor tradición del fantástico y al mismo tiempo no ha dejado de moverse un milímetro de lo más prosaico, de lo pequeño, lo mundano.

Creo que sin rubor puedo decir que es lo mejor que he leído en años, de esas lecturas que te apetece comentar extensamente a posteriori.

Reseña de Jose Luis Martinez

domingo, 27 de enero de 2013

LUPUS - Frederik Peeters

Edición original en Francés entre 2005 y 2007 (4 tomos).
Editado en castellano por Astiberri.
400 páginas. 

He aprendido en el transcurrir de mis días que en ciertos aspectos el arte funciona como un vientre en donde uno se gesta en cierta medida a sí mismo, vivir significa entre otras muchas cosas el ir cargado de una multitud de nacimientos propios, darse a luz sucesivamente como si la infancia y su terrible continuidad en la adolescencia fueran algún tipo de caverna desde la que uno se siembra, se desarrolla y crece, para experimentar una sucesión entre finita e incontable de nacimientos.

La luz, aún siendo con total seguridad la misma, no siempre ilumina las mismas cosas en los diferentes cuandos. Mi relación con el tebeo es herrática y difícil, continuamente voy y vengo, por momentos pleno de actividad, las más de las veces en períodos de largísimo inmovilismo. Reconozco en todo caso un amor incomensurable, que me excede en tanto que cosa limitada y carnal, que probablemente diga y dependa más de mis carencias que de otra cosa.

Lupus es una aventura de ciencia ficción, una historia de amor, un relato de formación, de descubrimiento, de soledad... pero sobre todo (y sí, sé que es de perogrullo) un tebeo. Toda poiesis es por definición un hacer con las manos, por eso el arte parte y llega siempre del tocar, busca maneras y caminos de alcanzar un roce, una caricia o directamente hostias inmisericordes. En su aspecto más prosaico quizás se limite a pasar entre puntillas en la multitud de estados que configuran eso que llaman emociones, cabalgando sensaciones o explotando en la imaginación lienzos que parecían no existir. De los dedos surgen bastos espacios en donde la imaginación construye quimeras y salvaciones, símbolos que modifican la realidad que cohabita en los interiores de nosotros y que expanden la comprensión del entendimiento de lo que somos en el mundo.

Para mi los tebeos son modos de configurar varitas mágicas, que instruyen y decostruyen, que inventan redescubriendo. 

Lupus parece no pretender gran cosa, es en gran medida un momento de entretenimiento, de evasión, un tipo de paréntesis que nos envuelve en ocasiones en suaves algodones y que parecen no tener más razón y motivo que el sostener un espacio de paz, un remanso entre la cotidianía delirante de los días.


Dos amigos de la infancia que pasan por ese difícil momento fronterizo que promete un alejamiento definitivo, esa crisis que puntua el alejamiento decisivo, gastan sus ahorros en una vulgar nave de carga. Su objetivo aparente es el de pegarse unas vacaciones indefinidas pescando por el por el cosmos, yendo de planeta en planeta, sin embargo la realidad no es otra que el ir metiendose toda droga inimaginable. Se pasan el tiempo fumando porros, consumiendo anfetas y todo tipo de drogas psicodélicas alienígenas. Están juntos pero separados, cada cual en su universo de extrañezas, navegando entre silencios y secretos que los distancia progresivamente hacia el abismo, hasta que en un perdido planeta industrial topan con una chica que alterará sus planes de manera irreversible. 

Peeters tiene un trazo grueso que aparentemente es poco detallista y funcional, la prosa que usa es igualmente cotidiana y poco dada a la poesía elaborada, y sin embargo desde la primera viñeta te tiene clavado en la página. Todo parece funcional y sencillo, pero no lo es. La construcción de personajes sin ser demasiado complicada da para contar mucho desde lo poco. Puede que por eso todos los puntos que toque no dejen de ser momentos que universalmente todos hemos, o estamos, pasando. La soledad como manifestación de una cárcel en la que nos sentimos extrañados, el amor como una necesaria pero dolorosa partida, un movimiento que troca lo troca lo centrífugo en centrípeto y que por su misma naturaleza implica la asunción de dolor, de ese extrañamiento de la existencia. 

Se ha hablado mucho del parentesco del cine con el arte de la viñeta, ciertamente hay mucha retroalimentación de ambas formas artísticas, pero también lo es que esto se da en toda manifestación de arte concebible. Más allá de lo narrativo el tebeo es un modo de contar que tiene bastantes características propias. El tiempo por ejemplo, es entregado en gran medida al lector, que lo gestiona de un modo menos pasivo, requiere a su manera un desentreñar lo simbólico en donde la imaginación encuentra un tipo de fertilidad propia y diferenciada. En el espacio que separa las viñetas, como indicaba Scott McCloud, se encierran misterios poderosos, formas misteriosas de desentrañar lo simbólico que van más allá la aparente sencillez de unos trazos dibujados.

Peeters se mueve con soltura en la composición de la página, en esa narrativa que te arrastra por momentos tensos de acción en donde lo que ocurre excede al mero movimiento, donde se ilustra el carácter de los personajes de manera muy significativa y al mismo tiempo articula un discurso de una movilidad continuada. Todo pasa rápido y al mismo tiempo incide en una reflexión pausada. Por momentos hay instantes tremendamente significativos que señalan puntos de no retorno. Y no deja de ser simplemente una aventura.

Sostenía Leguin en una de sus obras más extensas (y menos lograda desgraciadamente) que en general toda narración humana es un eterno retorno al hogar. Uno contempla la Odisea como una manifestación de todas las historias, de todos los cuentos que nos contamos, ese viaje constante al origen, una suerte de fuga continuada para reencontrar lo que se ha perdido y que jamás es lo que se espera, la confrontación con la propia sombra.

Toda huida es un viaje de retorno.

Reseña de Jose Luis Martínez

jueves, 24 de enero de 2013

LOS DESPOSEÍDOS - Ursula K. Le Guin

Primera edición en inglés en 1974.
Edición en castellano por Minotauro.
Traducción de Matilde Horne.
283 páginas.


Mucho se ha discutido, y sin duda se discutirá, sobre qué es la ciencia ficción. En nuestro afán por tener todo lo posible bien atado, dispuesto en cajitas que permitan una adecuada administración jerárquica, bien sea en sentido cognoscitivo o meramente estético, a modo de almacén o en términos académicos, no son pocas las veces que perdemos los bosques en favor de los árboles ni percibimos las espinas de estos últimos. Resulta paradójico que un género aparentemente tan claro sea en lo práctico tan poco dócil. Pretender distinguir entre cuales son las notas distintivas que deban predominar de aquellas que son meramente accidentales en no pocas ocasiones acaba por resultar en algún tipo de violencia. Sean cuales sean las características que pretendamos como definitorias, las descriptivas de una supuesta esencia, habrá obras meritorias que se escapen de una cajita para caer en otra, aledaña o distante.

Lo cierto es que la dificultad de la tarea debería indicarnos algo al respecto. Confieso que he intentado hacerme una composición como el que más, con un resultado frustrante y desesperanzador. Muchos entienden que la también llamada ficción científica debe ser una suerte de género en donde se especule desde lo científico tanto los aspectos futuros en tanto que predictivos como la crítica social o sociológica. La ciencia ficción así parece ser un género literario que representa muy claramente el modelo de literatura producto del proyecto moderno. El modo de fantasear con lo que habrá de ser en una historia que cada vez irá tendiendo más a lo racional, con una emancipación del hombre en su desarrollo como ser eminentemente racional y en donde lo tecnológico irá de la mano de la evolución como especie.

Sin embargo cuando observas su historia, el modo en que ha surgido, a quién ha ido dirigido y sobre todo lo cercana (a veces indistinguible) de la fantasía, el terror o el género negro, no puedes menos que notar las alarmas sonando.

No es lo mismo la ciencia que lo que se entiende por tal, la fantasía científica en muchos momentos es más lo primero que lo segundo, hasta el punto de que en cierto tipo de espacio fronterizo la magia es indistinguible de la ciencia. Tampoco podemos caer en la reducción de identificar racional con científico, todos los intentos históricamente han acabado en notorios fracasos, especialmente en la primera mitad del siglo anterior. 

Los desposeídos es una novela que se encasilla en el género, cuanto menos se vende como tal, pero también podría decirse que es una fantasía o un extraordinario ejemplo de literatura juvenil. Poco importa en realidad, en cualesquiera disposición en donde queramos ubicarla creo que es una obra que sin sonrojo puede considerarse una obra maestra, un ejemplo de lo que puede dar de sí la literatura aunando lo reflexivo con lo emotivo, la crítica con la emoción. Lo moral, lo ético, lo político, lo filosófico, lo social, etc, todo se da de la mano en una narración cargada de virtudes, sencilla y compleja. Una obra que llega para quedarse en la mente y en el corazón, que anida sus raices en las tripas del lector.

Es ciencia ficción y también una narración utópica.

La novela se sitúa en un universo a priori aparentemente dual, de extremos. La confrontación entre dos tipos de sociedades opuestas y radicalmente diferentes, ambas surgen de planteamientos teóricos contradictorios. De ser completamente así muy seguramente el resultado sería finalmente otro muy diferente, pero en realidad lo que hay en juego, el elemento principal en donde incide lo narrativo es la humanidad sin ningún tipo de cortapisas, en su capacidad crítica, en la posibilidad de un autoconocimiento de resultas del cual sea posible la creación de un sistema social verdaderamente humano.  

Urras es un planeta diverso donde predomina el sistema capitalista frente al totalitarismo de izquierdas, la dictadura de lo crematístico y la acumulación individual de riquezas frente a la imposición de la invariante del pensamiento. Manifiestamente no deja de ser algún tipo de trasunto a nuestro propio mundo. Un lugar rico, inmerso en injusticias de todo tipo, donde la justicia no deja de ser algo propio de lo literario, una imposición quimérica o simplemente un engañabobos. En algún punto de su historia, una comunidad anarquista logra habitar su único satélite, una tierra pobre y hostil, sin gran valor, conformando una sociedad anarquista. Siguiendo dos líneas temporales diferentes Le Guin nos explica por una parte el modo de ser de la sociedad de Anarres, describiéndonos tanto su orden como sus contradicciones, y por otra, temporalmente en el futuro, el viaje que realiza el protagonista, científico nacido en Anarres, por las diferentes sociedades de Urras.

De una prosa sencilla, con frases justas, la construcción de personajes, los diálogos maravillosos, todo aliñado con una poesía meritoria, su discurso narrativo lleva al lector de la mano a través de las ambigüedades, conflictos y contradicciones que acompañan a las diferentes formas sociales que pueblan ese universo.

Es claramente una utopía crítica, no simplemente una apología. No es sólo el que la cromática no se limite a señalar blancos y negros en favor de los grises, sino en el especial énfasis que existe en lo dialógico como motor moral. El asunto que realmente nos señala como especie es el imperativo del deber ser, dada la insuficiencia natural desde la que partimos, siendo individuos que necesariamente apelamos a lo colectivo, cualquier pregunta radical, entendida como aquella que afecta a la raíz misma de lo que somos, parte de responder principalmente a construir una sociedad que aúne y funcione para todos, sin excluir ni dividir. Más que ficción de índole científica Los Desposeídos es un discurso político y por ende ético. Así, el ser humano es indistinguible de su discurso racional y de su naturaleza emotiva y sentimental. No hay tanto la apología de un sistema político concreto como el llamamiento para la consecución de un diálogo que permita, efectiva y realmente, la realización del mejor posible. Etimológicamente anarquía es un "no tener fundamentos", esto es, carecer de una imposición que no nazca del fuero interno de lo individual, que no sea elegida, pero al mismo tiempo la prohibición tácita de identificar libertad con "hacer lo que nos plazca". Es de perogrullo que si no entendemos lo que somos difícilmente sabremos interpretar qué es lo que queremos, y desde luego, caer en la idea de que el deseo primario y la voluntad sean exactamente la misma cosa.

La construcción de sus personajes es tan humana que arduamente pueden borrarse de tu mente cuando terminas la lectura. Llevo décadas enamorado de los mismos, enfrascado en muchos de sus diálogos, que a la manera del viejo Sócrates no están en absoluto cerrados, sino que por contra sirven para abrir caminos, para reconocer esa extrañeza propia del momento del descubrimiento y la necesidad de encontrar soluciones prácticas, respuestas de utilidad y no meras poses.

La sociedad anarquista de la novela no se sustenta en la idea de libertad en su sentido más común, hay de base la firme creencia de que ser libre es algo doloroso y difícil. Anarres parte de una desconstrucción inicial muy estricta. Aquellos que se han desposeido, que dejan voluntariamente de definirse en términos de lo que tienen, que abandonan para ganar en lugar de ganar para tener y ser más que los otros. No es inocente porque se hace patente precisamente que el tipo de violencia autoejercida debe ser vigilada en primera línea, que la tentación de dejar de lado la consciencia para con el Otro, un absoluto igual a nosotros mismos, encierra también sus peligros y quimeras. Ser anarquista es podar, ofrecer y no tomar. Por ello no es un camino fácil ni sencillo, que no transite por una considerable cantidad de problemas, especialmente aquellos que paradójicamente pueden acabar con la anulación de las bases irrenunciables. Decía Eduardo Galeano que la utopía es aquello que desde el horizonte impele a caminar pero que parece alejarse con cada paso del acercamiento, y que en todo caso y por eso mismo su utilidad real es la de servir para caminar. No es una promesa de llegar a un lugar concreto tanto como el caminar efectivo para lograrlo.

Por eso es importante que el motor que mueve inicialmente la narración sea el descubrimiento de una tecnología que hace capaz la comunicación instantánea de todo ser humano sin importar las distancias (el Ansible). El ofrecimiento de una humanidad realmente unida, la posibilidad factible de conseguir precisamente lo que todos los individuos buscamos y sabemos en nuestro fuero más interno que es lo que realmente nos define. El hambre por encima del estar satisfechos, la completitud de terminarnos enteros en lugar de ser seres tan parciales. Si el hombre es un símbolo para el hombre, su espacio natural es el de toda posible comunicación, directa y sin interferencias. ¿No es esta acaso la esencia de toda sociedad humana, el trasunto real de toda trascendencia, aquello que busca cualquier orden social, político, moral o artístico?

Su protagonista no desea realmente ningún mérito, no es un héroe al uso, no se enfrenta ante un enemigo más poderoso, una entidad superior o un peligro que implique de suyo el salvar a la humanidad de algo externo. El enemigo está dentro de lo que somos, y no es posible una victoria en términos de extinción, de aniquilación, del némesis. Hay que vencer convenciendo, sumando en lugar de restar, con-vencer y no perder. Desposeerse para finalmente compartirse, com-partirse. Me desnudo y te enseño, te muestro, me parto sin dividirte. Es cada cual quien debe salvarse para encontrarse con que dicha salvación pasa por el otro, en un reconocimiento mutuo, que es en el fondo uno y el mismo.

Decía el viejo Diógenes el Cínico, Diógenes el desvergonzado, el Perro, que no es más quien más tiene sino aquel que menos necesita. En la novela ser anarquista es aquel que haciendo efectivo esto mismo descubre que dicha necesidad no es otra cosa que el ser humano como todos los demás somos, que el amor no es tanto unir como unirse dándose, y que el resultado final del dar es el encontrar encontrándose.

    No es poca cosa.
Reseña de Jose Luis Martinez