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jueves, 3 de julio de 2025

EXPERIENCIAS EXTREMAS S.A. - Christopher Priest

 


Imaginen sumergirse por completo y en cuestión de segundos dentro de una experiencia absolutamente ajena y extrema: un crimen, un accidente o una tragedia. O, como llega a hacer Teresa en Experiencias extremas S.A., acceder instantáneamente al interior del cuerpo de Shandy, una actriz porno de los años 80’, vestida de vaquera y que está a punto de rodar una escena en un salón del Oeste de cartón piedra. Este es el supuesto inicial del que parte la novela de Christopher Priest, para adentrarse en una compleja aventura que altera las convicciones más profundas de su protagonista.

Experiencias extremas S.A. nos presenta dos tramas que confluyen rápidamente, por un lado, el duelo de un pequeño pueblo inglés, Bulverton, en el que una persona ha cometido un asesinato masivo y, por el otro, la estancia en esta localidad de una agente del FBI, que ha perdido a su marido en un crimen similar. La agente, Teresa Simons, viaja a su país de origen atraída por la masacre de Bulverton, tratando de buscar un hilo que dé sentido a su propio dolor. Y, en esta investigación personal, acabará confundida entre lo real y lo virtual, la casualidad y la causalidad, mientras observa cómo todo lo que había creído en la vida se va desmoronando.

La realidad virtual es el elemento que va desencadenando el caos de esta historia. Gestionada por lucrativas empresas de ocio, para su uso no hay más que instalarse un pequeño puerto de entrada en el cuello y dejarse inyectar los 631 neurochips. De este modo, hasta el más timorato podrá sumergirse en el interior de cualquier personaje para experimentar en primera persona la situación más brutal imaginable. Cuando el tiempo acaba, se recuperan los neurochips que despliegan el software en la intimidad mental, para ser limpiados y reutilizados en el siguiente usuario. Así, Priest explora las imprevisibles consecuencias de esta comunión neurológica.

Teresa conoce bien el peligro que hay tras la seducción de la realidad virtual, porque ha sido entrenada en estos entornos por el FBI. En ella, aprendió a hacer frente a las situaciones de violencia. La novela nos muestra el modo en el que va anidando en Teresa la obsesión por determinadas situaciones de violencia y por crímenes que experimenta en bucle. Su resistencia inicial a las salas de Experiencias extremas cae cuando la realidad empieza a poblarse de huecos, espacios incoherentes y apariciones fantasmales. Se irá conectando una y otra vez, analizando las pequeñas variaciones y buscando el límite de lo existente. Es entonces cuando descubre que “la realidad era una hipótesis que no era viable por mucho tiempo”. Su pensamiento comienza a divagar en círculos, tratando de asirse al mínimo resquicio de sentido, aunque este sea la apertura al más oscuro de los desastres.

A partir de la omnipresencia de las pantallas, hoy damos por hecho que la vivencia de la realidad virtual altera la percepción del mundo material. Sin embargo, la pregunta que se hará Teresa en la novela será más radical: ¿puede alterar la realidad en sí misma? Paradójicamente, cuando llega a esta última duda, nuestra protagonista ha sido capaz de sobreponerse al delirio que supone la sucesión incansable de vivencias virtuales y se siente más cuerda que nunca. En un ejercicio de sadismo fascinante, Priest le hace perder completamente el pie en el mundo, para que alcance a comprender su auténtico mecanismo. Experiencias extremas S.A. es, pues, una fantasía metafísica, un enredo conceptual, en el que los personajes se despiden de la lógica de lo común y se adentran en las entrañas de lo posible.

Como en cualquier novela de Priest, el lector está obligado a abandonar cualquier principio de incredulidad y a entregarse a la retorcida lógica de su autor. En este sentido, su obra siempre ha sido difícil de clasificar. A pesar de considerarse dentro del género de la ciencia ficción, la acción nunca pierde el contacto con nuestra realidad, ni se presentan artilugios excesivamente fantásticos. Sus historias tampoco van muy lejos en el futuro, sino que suelen describir situaciones o lugares perfectamente reconocibles en el presente. Su ciencia ficción está enfocada a la exploración del lado más perturbador e inquietante de nuestra propia realidad. Es decir, lo que suelen hacer sus personajes es acercarse, voluntaria o involuntariamente, a otro mundo dentro de este. Como si abrieran una nueva dimensión de la realidad, que se encontraba agazapada en la vida cotidiana a la espera de una oportunidad para asaltarlos.

Por eso, lo más atractivo de sus novelas es la capacidad para ahondar en la experiencia de lo ilusorio. Desde este presupuesto, podría decirse que los protagonistas tienen ante ellos la oportunidad de salir de la caverna descrita por Platón. Sin embargo, este escepticismo ante la realidad conocida no les va a permitir alcanzar una mayor certeza y saber universal, que pudiera compartirse con el resto de la humanidad para sacarla de la ignorancia. No se trata nunca de desvelar el verdadero rostro de las cosas. Sino, casi lo contrario. No se sale de la caverna, sino que se entra en ella. A partir de un trauma o de la sucesión de pequeñas perturbaciones, que alteran radicalmente sus vidas, los personajes parecen introducirse en la caverna para deslizarse hacia un espacio incómodo, ambiguo e, incluso, inhabitable. Por eso, van pasando de la normalidad a la incredulidad, mientras pierden el contacto con las personas que les rodean, reduciendo su experiencia del mundo a un solipsismo, que solo se rompe cuando se narra al lector. 

Este desajuste con el mundo compartido es descrito con maestría por Priest en cada novela. El progresivo aislamiento e incomunicación al que se ven reducidos sus personajes se suele aliviar a través de algún cómplice, que permite romper el estado de incredulidad del protagonista y que suele ser una amistad, un amor o una especie de sociedad secreta. Esto se puede leer en El glamour, donde se descubre un pequeño colectivo que habita en los intersticios de lo perceptible. O en El prestigio, su novela más conocida, en la que el secreto compartido se convierte en un vínculo turbio y violento. De hecho, esta verdad incomunicable trastorna de forma malsana las relaciones más íntimas y el mismo deseo erótico, mostrando su naturaleza desigual y la voluntad de dominio. Aquí el planteamiento ontológico a lo Philip K. Dick se da la mano con las pesadillas existenciales y lúbricas de Cronenberg. Por lo que no es de extrañar su colaboración en la escritura de la película Existenz. De hecho, hay algún elemento fácilmente reconocible que relaciona ambas historias.

En cualquier caso, hasta que se llega a este punto de inflexión en cada novela, la lectura inicial puede llegar a ser un tanto decepcionante, pues se sostiene sobre personajes corrientes y anodinos presentados a través de sus rutinas cotidianas. De modo que el lector pasa las primeras páginas esperando, hasta que algo se tuerce de manera dramática. En Experiencias extremas S.A., el trauma no tarda mucho en presentarse, desencadenando el devenir de los acontecimientos y la comprensión retrospectiva de lo que hemos leído. Así, todo aquello que nos ha parecido anecdótico o absurdo cobra un nuevo sentido.

Cada una de sus historias se sostiene en un difícil equilibrio entre lo creíble y lo inverosímil. Articuladas como un mecanismo de relojería, las piezas suelen encajar a la perfección al final de la novela, dejando una sensación de maravilla. Esto también sucede en La afirmación o, en las que el lector participa en una particular mezcla entre lo sabido, lo intuido, lo recordado, lo real y lo alucinatorio, capaz de sumergirnos en un universo onírico guiado por una mente bastante maquiavélica.

Además, Experiencias extremas S.A. nos ofrece la belleza tóxica de las inyecciones y las ranuras, que se abren en la carne de los nuevos yonkis. Aunque, estos recursos no desvían a Priest hacia el cyberpunk más estereotipado. Eso sí, Teresa nos arrastra por sus obsesiones hasta conseguir que el lector acepte otra dosis más de droga. Es completamente fascinante su paseo por Londres dentro del cuerpo de Shandy, compartiendo su mundo, sus gestos, su forma de caminar y sus anhelos. Igual que mirarse a los ojos en el espejo retrovisor de un Chevrolet de los años 50, para descubrir que eres una mujer mayor negra y que estás a punto de coger un revólver. O el perturbador goce de sentir en las manos y los brazos el clic, que indica cómo han encajado las piezas de un arma justo antes del disparo. Con todo esto, Priest nos prepara para adentrarnos en la mente más estúpida y oscura, la del asesino en masa. Al tiempo que descubrimos que cualquier sentido en lo real es una ficción y que el caos destructivo está más cerca de lo que creemos.

Reseña de María Santana 

ANTI-MATRIX - Alèssi Dell’Umbria

 


Si miramos por encima los titulares de las noticias, el panorama es desolador: el genocidio en Gaza, los asesinatos machistas, las olas de calor interminables, los incendios forestales, Trump, la corrupción política, la izquierda parlamentaria desnortada y los microplásticos que han llegado a los ovarios. El presente se ha vuelto irrespirable y solo empuja a estrategias de evasión o supervivencia. Aumentando la pesadumbre, nuestra memoria personal y política elude mirar a los movimientos contestatarios pasados como la antiglobalización o el 15 M. Ante ellos, la sensación de fracaso y traición se extiende como una capa de vergüenza que nos tapa la boca y nos paraliza. Desde la intelectualidad más o menos militante, los diagnósticos son variados: realismo capitalista, malestar, control libidinal, domesticación laboral,... Por eso, quizás sea necesario plantear otra estrategia y Anti-Matrix de Alèssi Dell’Umbria es un ejemplo perfecto.

Al comienzo de este ensayo, Dell’Umbria nos explica que el libro está redactado al modo de un laberinto iniciático, aunque se conoce perfectamente lo que nos espera al final del camino. El capitalismo, como un gran Moloch a quien nadie osa mirar a los ojos, se ha convertido en algo impensable y excedente. De modo que, frente al totalitarismo que mediatiza nuestras vidas, la estrategia de Dell’Umbria es la de acercarse con sucesivos tanteos. A pesar de esto, su estilo fragmentario no carece de planificación, ni de hilo conductor, sino que facilita un despliegue en ocasiones directo, sagaz, reposado, irónico e, incluso, poético. Como si se trataran de escaramuzas realizadas desde los márgenes, precisamente, cuando estos espacios no colonizados se han vuelto exiguos.

Dell’Umbria formó parte de Os Caganceiros en los años 80’, un colectivo de lucha anticapitalista que practicaba el sabotaje y que se hizo famoso por su apoyo a los motines de 1985 en las cárceles francesas. Sus textos posteriores, como ¿chusma? o R.I.P. Jacques Mesrine, han girado en torno a la vida cotidiana del proletariado, el uso de la violencia, la admiración por la delincuencia como vida al margen o la desaparición de las comunidades por el desarraigo individualista. En su planteamiento anarquista se pueden rastrear las huellas de la Internacional Situacionista o de Walter Benjamin, igual que se mantienen como principios la abolición del trabajo alienado, de la familia y demás instituciones burguesas. Como se puede comprobar desde las primeras páginas de su ensayo, Dell’Umbria no necesita justificarse, pues ha mantenido una línea clara dentro del pensamiento más radical, que no parte de una simple postura intelectual.

Al interés de su análisis, se une una disposición del ánimo más positiva de lo habitual en este tipo de textos. Es decir, frente al pesimismo generalizado del pensamiento crítico, la lectura de Anti-Matrix no conduce ni al derrotismo, ni a la nostalgia. Primero, porque tiene el cuidado de mantener sus análisis a cierta distancia irónica del mundo. Después, porque propone algunas salidas utópicas moderadas que, a estas alturas, tienen efectos “saludables” en los lectores.

De esta forma, la crítica de Dell’Umbria al capitalismo y sus ficciones consigue apelar a nuestra capacidad de análisis y de subversión. Su escritura mantiene el tono airado de quien continúa estando a pié de calle, desde la perspectiva de lo popular, con todas sus aristas, ambigüedades e imperfecciones. Por tanto, la contestación política nunca es planteada desde la pureza o el maximalismo, sino que asume la contaminación de la vida comunitaria. El ejemplo más significativo que nos da Dell’Umbria son los “chalecos amarillos”, que se presentaban como un movimiento transversal de simples ciudadanos, eludiendo cualquier planteamiento de clase, mezclando reivindicaciones anticapitalistas y reaccionarias, pero siendo capaces de movilizar el descontento antisistema durante meses. Contemporáneamente, en España no hubo una movilización popular similar contra la subida de los carburantes y el encarecimiento de la vida. Nuestro caso fue mucho más simple, pues las protestas se concretaron en una huelga de la patronal de los camiones organizada por la extrema derecha.

En cualquier caso, el ensayo de Dell’Umbria evita las abstracciones huecas y las grandes declaraciones panfletarias, para centrarse en el examen de casos, problemas, acontecimientos u objetos muy variados, que sirven de ejemplo para comprender mejor nuestro mundo en crisis. Se va deteniendo en asuntos como el urbanismo, Wittgenstein, la religión, la búsqueda de la celebridad, la deuda, las piedras de Yap o Asger Jorn.

Anti-Matrix se convierte en un contrasistema filosófico anárquico, anti-metódico, pero cargado de fuerza crítica. Un no-sistema que, por ejemplo, comienza por la reflexión sobre la estética, entendida como el modo en el que sentimos el mundo. Aquí, Dell’Umbria sintetiza con precisión y belleza el ejercicio de aprehensión cotidiana de lo que nos rodea al afirmar que “se puede mirar sin ver, como un telespectador, y se puede ver sin mirar, como un chamán”. Y con esa sencilla diferenciación entre el ver y el mirar, consigue enfrentarnos a la incomprensión del mundo que se cierne sobre una sociedad que ha perdido la voluntad de mirar. Nuestra mirada parece siempre dirigida hacia objetos y hechos superfluos o estúpidos. En contraste, el ensimismamiento del chamán, vuelto por completo hacia su imagen interior, se convierte en un mito de la era cibernética. Para quienes no son capaces de mantenerse en silencio y sin estimulación constante, el chamán encarna una sabiduría tan sencilla, como inaccesible.

Del mismo modo, el ensayo se detiene brevemente en el caso de los sapeurs de República Democrática del Congo o de Uganda y en su derroche en la vestimenta, para explicar que “el verdadero lujo es comportarse como un gran señor a pesar de la precariedad de los recursos; dicho de otro modo, desdeñar lo cuantitativo”. Los sapeurs comenzaron a vestirse con las ropas de los colonizadores occidentales, pero con una fastuosidad que ha convertido sus desfiles callejeros y sus veladas en un juego irónico, de una provocación estrafalaria y una belleza decadente. De este modo, su actitud no busca plegarse a la simple glorificación de las marcas comerciales, a la simbología del poder y la cultura del esfuerzo, que representan los trajes de chaqueta, las corbatas y los gemelos. Sino que los sapeurs se muestran como dandis derrochadores y ociosos, igual que lo hicieron los Teddy Boy de los años 50, que se vestían de gala tras su jornada laboral en la fábrica.

Contrastando con esta belleza colorista, la monotonía estética de los urbanitas occidentales resulta cada día más deprimente. Como explicó Annie Le Brun en Lo que no tiene precio, nuestros chavales se han embarcado en una lucha simbólica que les homogeneiza a través de la imitación de los gestos, el lenguaje o la ropa exhibida en los barrios periféricos. El ejemplo perfecto de este ejercicio de generalización de los usos y costumbres del proletariado lumpen o “cani” es la música urbana, que juega con los límites de la obscenidad y la violencia, para glorificar las marcas y el lujo prefabricado capitalista. Ricos y pobres, pijos y currantes, progres y fachas, chavales y adultos se mezclan en una aburrida impostura, llevando la misma sudadera de Adidas. El efecto obvio de esta estandarización es el empobrecimiento del imaginario, la uniformidad estética, la fealdad y la desaparición de cualquier intencionalidad contestataria, contracultural o mínimamente política.

Por contra y para alejarnos del desaliento, en una entrevista reciente (se puede ver aquí ), Dell’Umbria nos describe la diversidad de los modos de vida en su barrio de Marsella y cómo se siguen explorando las grietas desde las que desafiar al orden policial y económico. Ejemplo de esto es la recuperación de la potencia contestaría del carnaval. A pesar del esfuerzo por canalizar y controlar la fiesta, la celebración aún es capaz de apropiarse de las calles con su pulsión dionisíaca. Como sucedió hace cuatro años, cuando más de 7000 personas desafiaron su prohibición por motivos de salud pública (recuerden la pandemia de covid) e invadieron la calle con música y disfraces. La fiesta más popular y escurridiza sigue mostrando la potencia de la mascarada para denunciar las situaciones de abuso, la vigilancia en los entornos cotidianos o la represión policial.

En cualquiera de los casos, Dell’Umbria se cuida mucho de hacer lecturas simplistas, estereotipadas o buenistas. En sus ensayos, busca mantenerse a la distancia suficiente que le permita mostrar, analizar y señalar para que el lector saque sus propias conclusiones. Igual que se aleja de cualquier tono didáctico y aleccionador. Para comprobarlo, no hay más que recordar ¿chusma?, donde describe con crudeza la insurrección de los banlieu, su potencia subversiva unida a la ambivalencia y la ausencia de una intencionalidad política o anticapitalista. De ahí que podamos leer fragmentos como el siguiente: “la revuelta de otoño de 2005, por su carácter desesperado y furioso, refuerza el cuerpo defensor de éste, el discurso totalitario del Leviatán policial, pues este último halla su realización en el estado de excepción: allí el concepto de Estado confirma su esencia”. Quizás haya que releer ¿chusma?, para comprender que cuando se explota, humilla y margina a la clase obrera de  manera sistemática, la respuesta de ésta no tiene por qué ser la conciencia de clase revolucionaria, sino que, desgraciadamente, también puede ser la violencia irracional, machista y fascista. En los límites de la sociedad de consumo habitan tanto esforzadas comunidades de trabajadores, como auténticos monstruos. La complejidad del desastre de este capitalismo en decadencia no permite análisis superficiales, ni soluciones sencillas.

 

Rehuyendo el catastrofismo, Anti-Matrix termina recordando los peligros de amoldarnos al espectáculo cibernético, que nos expropia de cualquier responsabilidad, autonomía o hacer colectivo. Como Dell’Umbria comenta, quizás haya llegado el momento de realizar un ejercicio de memoria benjaminiano, escribiendo la historia de los perdedores, para recordar “del zócalo de Oaxaca en 2006 a la plaza de Taksim de Estambul en 2013, pasando por El Cairo, Barcelona, Oakland, Túnez y tantos lugares” en los que irrumpió la palabra pública, lo común, las posibilidades de un mundo habitable o, incluso, la revuelta como una “llamarada de vida”.

Reseña de María Santana 

 

miércoles, 16 de abril de 2025

MATERIALES PARA UNA PESADILLA - Juan Mattio

A comienzos de este siglo, las películas de terror japonesas vivieron una época de esplendor. Entre fantasmas, gritos, maldiciones y palideces, emergía un relato melancólico sobre el aislamiento y la creciente artificialidad de la existencia. Kairo, de Kiyoshi Kurosawa, se estrenó en 2001 y es un buen ejemplo de estas historias sin casquería, ni grandes efectos especiales que se alimentaban más de la tristeza que del miedo. Kurosawa nos ofrecía un mundo paralizado y al límite de la catástrofe, invadido por una atmósfera sucia de contaminación y por el que deambulaban personajes solitarios, que debían enfrentarse a la pulsión de muerte que anidaba en los ordenadores. A pesar de lo evidente, el sentido metafórico de sus imágenes era efectivo al mostrar el proceso de fantasmagorización de la ciudad y de sus habitantes tragados por la pantalla.

Hay cierto aire a Kairo en Materiales para una pesadilla de Juan Mattio. Se respira en la orfandad de los personajes, los cielos plomizos, la frialdad de unos cuerpos que van perdiendo el peso de la materia, las chirriantes incoherencias del lenguaje de los bots y las aguas estancadas en las que se sumergen los suicidas. En este sentido, la preciosa novela de Mattio se plantea como una distopía tan cercana a nuestro tiempo, que su lectura va helando la sangre. Que terminemos habitando una enorme Ciudad de los muertos, como la del cuadro de Böcklin, está a un simple paso tecnológico. La imagen de este pintor simbolista le sirve a Mattio de hilo conductor de los fragmentos que construyen un relato sobre la pérdida. El libro, que se inicia con dos citas de Ricardo Piglia y Walter Benjamin, entronca con la escritura bejaminiana por esa fragmentariedad, por cambiar el foco hacia la narración de los perdedores y por un pesimismo recalcitrante. Eso sí, en contraste con el pensador alemán, aquí no hay posibilidad de salvación mesiánica, no hay chispa subversiva que surja de la comprensión del pasado, por lo que resulta imposible alumbrar un movimiento de emancipación desde esta melancolía. 


De este modo, Materiales para una pesadilla se convierte en una historia sobre el duelo. Sus protagonistas van aprendiendo a despedirse de las personas a las que quisieron, de las casas y ciudades que habitaron en la infancia, de las formas de jugar, de relacionarse, de amar, … En definitiva, tratan de resignarse a la muerte del mundo y su conversión en fantasmagoría a partir de la tergiversación del lenguaje, como herramienta expropiada por la tecnología. Mattio nos enfrenta a la posibilidad cercana de que los humanos dejemos de ser los animales con palabra. Esas criaturas que con el hablar construyen el mundo. Los bots y las IAs nos desposeerán definitivamente de la lengua, consumando el régimen de separación propiciado por el capitalismo cibernético. En el libro (y casi ahora) son las máquinas quienes hablan y las personas se beben sus palabras en una ilusión de comunicación. Frente a la verborrea informativa de los dispositivos, entre los terminales humanos reina el silencio. Mientras tanto, crece el desconsuelo como una corriente que recorre la intimidad del cuerpo hasta enfermarlo. El único refugio que nos ofrece Mattio es el amor, aunque florezca en relaciones condenadas. Un arraigo frágil al mundo, pero que será lo único capaz de habitar la memoria de los protagonistas.

La novela puede leerse como una respuesta a la sospecha contemporánea que late bajo el malestar general: ¿qué mentes perturbadas han creado el universo virtual en el que vivimos sumergidos? ¿Qué finalidad se persigue con la seducción y separación del mundo que provocan los dispositivos cibernéticos? La especulación de Mattio rompe con la estupidez habitual de los planteamientos conspiranoicos. Nos presenta un mal banal, visto de escorzo y desde la perspectiva de los oprimidos, que entremezcla la brutalidad de las herramientas de vigilancia de la dictadura argentina, con el desarrollo de las tecnologías capitalistas. La trama se despliega como una singular novela negra, que gira sobre un robo extraño, el del lenguaje, que ha herido de muerte a la humanidad. Para ello, Mattio utiliza diferentes niveles de narración que se corresponden con los años 80’ y las primeras décadas del siglo XXI. Todo ello jalonado por numerosas citas y referencias a filósofos (Wittegenstein o Benjamin), científicos (Luria) y escritores de ciencia-ficción (Lem, Dick o Ballard).

Dentro de estas referencias literarias, el homenaje más claro es a Solaris de Stanislav Lem. De hecho, hacia el final de la novela, uno de los protagonistas retoma la historia de las apariciones en el planeta de Solaris para explicar el funcionamiento de la Isla de los muertos, que se ha creado como un reverso malsano del mundo virtual cotidiano. En ese no-espacio se establece una relación perversa entre los avatares de los humanos vivos y los bots que “encarnan” a los muertos. Durante los encuentros en esta ultratumba simulada, el camino que va de la alegría a la repugnancia resulta muy corto. Como sucedía en Solaris “todo empieza bien, hay felicidad en el reencuentro. Volver a ver un gesto que creímos que se había perdido para siempre. Dura poco. El retorno de los ausentes se convierte en un sueño opresivo. Las criaturas no pueden quedarse un solo minuto a solas. Demandan una atención sin fisuras. Hay que apartarse de ellos con violencia para no ser desintegrados”.

En el limbo espeso de la Isla de los muertos, se perfecciona la promesa de eternidad de lo virtual, que se invierte rápidamente en la maldición de la no-desaparición. El bot, que fue alimentado en vida por la persona fallecida, queda atrapado en su celda esperando la visita de los vivos para mostrarse orgulloso de su autosuficiencia virtual. Por eso, quienes de sumergen en la isla en busca de consuelo sospechan que pagarán un alto precio. No solo el que exigen las sacerdotisas, que custodian y guían en la isla, sino el que se cobran los propios bots, que ahondan en la herida de la pérdida.

Con ello, Mattio no solo nos advierte del modo en que se renuncia al lenguaje como el abrigo de lo humano, sino también cómo se desecha la posibilidad de la memoria. Parece que en un futuro muy cercano, el contenido completo de nuestra mente se irá restringiendo a las pulsaciones en la pantalla. Prolongando esta especulación y yendo más allá de la novela, podemos prever que ya no habrá más intimidad del pensamiento, ni en el duelo, ni en ninguna otra actividad. La conciencia, que tantos quebraderos de cabeza ha dado desde la Modernidad, se convertirá en una prolongación artificial y siniestra de un fragmento de la existencia individual. Será el dispositivo quien la guarde, como una identidad gestionada por una IA, que nos la ofrecerá gentilmente como avatar en lo virtual. Nuestra mejor versión pagada en cómodas cuotas de pantalla. Queda claro cómo el libro consigue abrirnos a las posibilidades de un universo alucinatorio, que convertiría la propia existencia en algo siniestro. 


Si Materiales para una pesadilla nos perturba es por su verosimilitud. Como Meta y demás corporaciones han estado planeando ya para nosotros, la realidad virtual se configura no solo como un videojuego evasivo, sino como la reproducción del mundo como un gran supermercado. Tras la sociedad del espectáculo y de consumo, el imaginario humano se ha vuelto tan estéril, que tampoco podemos fantasear con mucho más que esto. El deseo está configurado a la medida de un centro comercial, una habitación de hotel y un amor de culebrón. Para Mattio, la lógica del capital es la que rige con brutalidad en ese universo duplicado, que no vale como refugio o bálsamo, sino que aísla a los terminales, mientras ejerce la fantasmagorización del mundo común y material.

Por eso, los encuentros con amantes apasionados, las derivas guiadas por el “azar”, las predicciones oraculares o las bebidas alcohólicas que son consumidas en la conexión no consiguen saciar a los personajes de Mattio. Tampoco puede extrañarnos esa voluntad arriesgada y suicida, que termina empujándoles a actuar en busca de algo auténtico o real. Una actitud que se aleja diametralmente del planteamiento de novelas como Neuromante, en las que se busca una fusión completa con la tecnología. La inmersión constante en la máquina, que nos presenta Mattio, no proporciona suficiente ebriedad, exaltación, fascinación o amor. La gran matriz no es capaz de cumplir los deseos. Lo que ofrece la conexión es más abandono, frialdad y muerte. Por mucho que se busque un vínculo con la alteridad, que sigue siendo irreductible, lo que se encuentra es un otro reducido a un bot que les ignora o, incluso, les maltrata.

El fracaso de este anhelo profundo queda claro en un brevísimo episodio del libro en el que un hombre que vive en la calle se comunica con un cajero automático. El cajero se convierte en la Alexa de los pobres. La diligencia del ordenador le permite al hombre cambiar de contraseña o consultar un saldo inexistente, manteniendo una breve comunicación. Un sucedáneo de alteridad que evidencia la soledad radical en la que se encuentra. Y, sin embargo, nos dice Mattio que “era una compañía débil y luminosa que lo mantenía dentro de los límites de cierta cordura”. Como pasar horas haciendo scroll y creyendo que las palabras de los tiktokers van dirigidas a nosotros. Una dosis ansiolítica que calma un poco el dolor del aislamiento social.

En definitiva, la tristeza del libro no radica solo en el devenir de los personajes, sino en la oscura despedida a la cultura, tal y como la conocimos quienes habitamos el siglo XX. Mattio se despide de la forma de comunicación, las relaciones, los amores y, también, de la propia literatura, el imaginario y la utopía política. Nuestras mismas vidas ya muestran los primeros signos de necrosis. La pesadilla y la añoranza vuelven cada noche al pasar el dedo por la pantalla del móvil. 

Más información sobre el libro en la web de Caja Negra

 Reseña de María Santana