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martes, 8 de enero de 2013

EL FIN DE LA INFANCIA - Arthur C. Clarke

Primera edición en inglés en 1953.
Editada en castellano por Minotauro.
Traducción de Luis Doménech.
225 páginas.

Sinopsis.

La humanidad ha entrado por fin en contacto con una especie alienígena. Este encuentro puede suponer el fin de la especie humana y el comienzo de algo muy diferente.

Comentario del libro.

La novela El fin de la infancia de Arthur C. Clarke fue publicada en el año 1953, y se encuentra dentro de lo que se ha clasificado como primer periodo del autor, este periodo está formado por las novelas utópico/humanistas y entre ellas se sitúan también La ciudad de las estrellas y 2001: Una odisea espacial. Todas estas novelas se centran en el desarrollo de ideas en torno al origen y evolución de la humanidad, el fin de la historia o el sentido del devenir humano y están recorridas por ciertas nociones de sabiduría clásica, de admiración encantada, que la acercan a veces más a la religión que a la filosofía. No obstante El fin de la infancia es lo que se ha dado en llamar una “novela de ideas”, pues lo más importante dentro de ella no serán ni la construcción de personajes, ni la psicología, ni el estilo, siendo todos ellos muy parcos, sino la puesta a prueba de determinadas ideas filosóficas y, en este caso, humanistas. 

Arthur C. Clarke cuenta de una manera muy directa y poco artificiosa el tutelaje que ejerce una raza superior extraterrestre sobre los humanos. Un tutelaje que resulta irritantemente paternalista, pero que consigue un tiempo utópico de paz sin precedentes, unido a un estancamiento intelectual y científico. Los extraterrestres no necesitan usar la fuerza para imponerse, tan sólo el tono de amenaza y el misterio que los rodea atemoriza al ser humano para que abandone cualquier tipo de agresión hacia ellos o nuestros semejantes. Es sorprendente el punto de vista desde el que se lee la utopía en esta novela, cómo el ser humano no puede hacerse cargo de sí mismo y tiene que renunciar a progresar culturalmente si quiere disfrutar de la anhelada convivencia pacífica. Así, de hecho, una de las primeras prohibiciones que realizan los superseñores es la de emprender viajes espaciales, todo ello con la intención de protegernos de aquel conocimiento nocivo o que nos desvíe de nuestro verdadero fin, un fin que queda oculto hasta las últimas páginas. 

Con respecto a la visión que tiene del estado utópico podemos decir que se acerca mucho a otra de las utopías paradigmáticas en la literatura más reciente, que es la La isla de Adous Huxley. En esta obra publicada casi diez años después, pero en la que se puede encontrar cierta influencia, se plantea el modo de vida idílico como una vuelta a la economía de subsistencia, a una existencia sencilla, lejos de las estridencias contemporáneas, en el que el bienestar es tan generalizado que las obras de arte, entendidas como forma de evasión, se han agotado. Arthur C. Clarke plantea algo similar en su novela, por eso el ser humano siente un primer momento de fascinación por los avances tecnológicos extraterrestres, deseando manejar y acumular el máximo posible, mientras que, una vez pasado ese primer momento de euforia consumista se llega a cierto desengaño y se produce una vuelta a modos de vida más cercanos a la naturaleza, lejos de los artificios y buscando cierta esencia perdida en la que residiría una verdadera humanidad. Este movimiento de adoración técnica y posterior búsqueda del contacto directo con lo real parece fascinar a los extraterrestres, quienes observan cautelosos, conscientes de la necesidad de ese tránsito para alcanzar el más alto grado de desarrollo humano. La utopía así se convierte en un remanso de paz y bienestar, pero también en un paradójico estancamiento de lo supuestamente característico del ser humano, su alta cultura científica y artística. Se maneja una concepción del arte muy similar a la freudiana, pues en él se canalizarían todas las energías resultantes de la frustraciones que el hombre acumula en su existencia. El arte resultaría nada más que una escenificación de la tragedia esencial del ser humano y, obviamente, ni Huxley ni Clarke valoran de forma negativa este renunciar estético sino que se afanan en un ideal casi budista de alejamiento de los brillantes oropeles del vano materialismo. Por eso no son de extrañar las numerosas referencias a la cultura india que acumula La isla (con esa práctica de la meditación y el alejamiento de lo real budista) o la emulación de la Grecia clásica que desarrollan algunos de los pobladores de la tierra en la novela de Clarke. 



Una década después de la publicación de esta novela, Clarke defendía en su Tercera ley del libro de difusión científica Perfiles del futuro, que Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia, y bajo este halo de poder oculto se presentan los superseñores, produciendo un primer momento de curiosidad, sobrecogimiento y sospechas en unos seres humanos que empezaban una tímida carrera espacial y desconocían casi todo de las estrellas. Pero ese halo mágico de la tecnología no son más que restos de la irracionalidad religiosa que para Clarke no pueden ser desterrados más que por el uso de la razón y la ciencia, único conocimiento capaz de mostrarnos la verdadera faz de lo real. De ahí el retraso con el que se aparecen los superseñores ante los seres humanos, pues su aspecto no es otro que el de la figura mítica del diablo (aunque esto no constituye ninguna sorpresa dentro del libro), dando sentido a la idea del ángel caído como fuente de conocimiento y extinción de la humanidad. 

Los superseñores cumplen de forma rigurosa el deber de parteras de la nueva humanidad que les ha sido encomendado por una inteligencia superior desconocida e inaccesible para el ser humano. Dicha inteligencia acaba cumpliendo en la novela el papel de un dios cruel y terrible que viene a desposeernos de lo más valioso cual flautista de Hamelin. A través de estos superseñores el libro acaba mostrando lo limitado de nuestro pequeño sistema solar y de nuestras finitas y estancadas vidas individuales que sólo anhelan una felicidad personal. Y en completa oposición a este individuo egoísta se presenta el nuevo ser gestaltico quien trasciende esa singularidad del yo para emprender un contacto con la totalidad del universo. Es curioso que en esta solución se acerque a una novela contemporánea como fue Más que humano de Theodore Sturgeon en la que el protagonista final es también la infancia conformando una especie de superhombre integrado por diferentes individualidades, siendo el resultado más que la suma de las partes. 

El fin de la infancia es, por último, una obra singularmente triste o melancólica en la que nos vamos despidiendo del patético, inútil y sentimental ser humano para dar lugar a un transhumanismo dolorosamente ajeno. Brotando de nuestro mismo seno una última niñez incontrolable, irreconocible, peligrosamente indiferente y distanciada que nos hace completamente obsoletos. Esa nueva humanidad recuerda mucho a la infancia nietzscheana que superaría definitivamente al limitado y contestatario león, así como se afirma en el Zaratustra: Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí. Y en ese “santo decir sí” se arrasa con todo lo obsoleto y la infancia se autoexpulsa del Mundo en una trascendencia concreta y tangible. Conforme nos acercamos al final del libro, éste se vuelve angustiosamente insufrible con la figura de un Prometeo que ha estado persiguiendo la sabiduría, el liderazgo del pionero, que lo ha arriesgado todo, ha desafiado a sus protectores para, en último término, no conseguir nada. Sólo logra regresar a tiempo de contemplar el final de la Historia, un último humano que ha perdido interés hasta para los superseñores y para el que lo existente se ha convertido en algo inasible e incomprensible. Subyugado por ese glorioso final, nuestro Prometeo permanece impasible mientras nosotros no podemos más que rebelarnos contra ese fin aumentando así nuestro patetismo.

Reseña de María Santana

jueves, 20 de diciembre de 2012

CUENTOS DE LA TABERNA DEL CIERVO BLANCO - Arthur C. Clarke

Primera edición en inglés en 1956.
Editada en castellano por Alianza editorial.
Traducción de Flora Casas.
178 páginas.

Sinopsis.

En la Taberna del Ciervo Blanco se reune una mezcla de lo mejor y peor de la intelectualidad londinense de mediados de los años 50. Científicos, pensadores, escritores de todo pelaje, bohemios y borrachines pasan el rato entre pintas de cervezas. Entre ellos se encuentra Harry Purvis, un individuo siempre dispuesto a sorprender a todos con las historias más locas y disparatadas.

Comentario del libro.

Uno podría pensar que el humor es una cualidad rara en la ciencia-ficción. Está claro que hay autores que han usado ese recurso, especialmente satirizando sobre los clichés del género, pero autores que hayan querido hacer reir sin por ello dejar de hacer ciencia-ficción en toda regla, de esos no abundan. Por tanto, libros como el que reseñamos aquí son bastante raros.

Arthur C. Clarke es un autor clave en el género, siendo considerado a lo largo de su carrera como un paradigma del escritor de ciencia-ficción, con tramas muy centradas en cuestiones científicas, pero sin desdeñar argumentos con un mensaje humanista o plagados de ideas metafísicas en las que el autor construye todo un mito alrededor de la superación del ser humano hacia esferas superiores de existencia. No obstante en el caso de Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco no hay rastro de ese mito. Con un estilo sencillo y directo, y sobretodo dotado de un portentoso talento para la ironía, Clarke apuesta más bien por reírse abiertamente del ser humano, aunque no de una forma excesivamente cruel y dejando mucho espacio para la condescendencia. 

Aunque de apariencia poco trascendente y falto de reflexiones excesivamente sesudas, y de hecho se trata de una colección de quince relatos bastante livianos y diseñados para ser leídos de un tirón y dejar un buen sabor de boca, creo que se puede extraer de estas historias un mensaje interesante y más tratándose de un autor tan relacionado con lo científico. ¿Es la ciencia infalible? ¿Son los científicos tan objetivos como se supone que son? Casi todos los relatos reflejan que las consecuencias de una investigación científica pueden ser imprevisibles y que casi todo descubrimiento se debe más a la casualidad que a las intenciones del investigador. Cualquier invento o nuevo hallazgo de la ciencia puede tener multitud de aplicaciones, todo depende de las intenciones del que los use, aunque sabiendo como es el ser humano no es de extrañar que las consecuencias de ese uso puedan ser catastróficas. Relatos como "Masa crítica", uno de mis favoritos, muestra un chistoso incidente en torno a un centro de investigación nuclear. Pero si se piensa bien hay algo tétrico en esta historia y termina por emerger una hermosa metáfora sobre el uso de la energía nuclear y sus peligros. Lo cual es irónico tratándose de Clarke, un autor que en cantidad de historias especula sobre los beneficios de esta energía.

Efectivamente, es éste un libro que podemos calificar como humorístico, y a la vez también podemos decir que es un libro de ciencia-ficción, aunque para espanto de muchos seguidores de la vertiente más hard de Clarke hay que señalar que es una ciencia-ficción que se nutre de lo delirante y lo absurdo, ya que aquí la ciencia y la técnica solo sirven de excusa para que el autor pueda desatar su ingenio. Partiendo de ideas o teorías de apariencia muy serias y rigurosas la cosa siempre desemboca en algo realmente disparatado y que sin embargo conserva un aire de verosimilitud. La inventiva de Clarke es notable, aunque siempre expuesta de forma muy sencilla y comprensible para el lector, esforzándose por crear personajes muy definidos y cerrando con finales que si bien a veces suelen ser algo predecibles hacen que los relatos queden redondos. Evidentemente hay relatos mejores y relatos peores, pero el nivel general del volumen es muy bueno. 


Según nos aclara el propio Clarke en el prólogo, el local “El ciervo blanco” existió en realidad, aunque se llamaba “El caballo blanco”, una taberna situada en Londres. Después de la Segunda Guerra Mundial ese lugar sirvió como sede para una parte importante de los autores y aficionados de la ciencia ficción de Londres. Además, Clarke aprovecha para permitirse todo tipo de chistes y homenajes privados con sus amigos y consigo mismo. Comenzando con varias referencias a autores que fueron clave para él en sus comienzos como activo miembro del fandom inglés, como Verne, H.G. Wells o Lord Dunsanny. Más curioso aun es comprobar como entre los personajes que pululan por el local escuchando las locas historias de Purvis se citan algunos escritores reales como Eric Maine, John Christopher o Charles Willis, que no es sino un seudónimo que el propio Clarke usó en algunas de sus primeras historias.

En suma, un libro más que recomendable por muchas razones, se lee con mucho agrado y  demuestra la faceta más irreverente de Arthur C. Clarke.

Reseña de Antonio Ramírez