miércoles, 15 de mayo de 2013

PROVOCACIÓN - Stanislaw Lem

Si hay algo difícil de encontrar en los libros de Stanislaw Lem es complacencia, ni para sí mismo ni para el lector. Donde otros autores hacen triunfar a sus héroes mediante la razón, o en su defecto el amor o la valía ética, Lem siempre antepone el error y la confusión, las decisiones desastrosas, la falta absoluta de lucidez racional y moral ante unos enigmas que se muestran insuperables. Por eso sus tramas, pese a estar muchas veces repletas de sentido del humor, no suelen ser precisamente alegres y ni mucho menos optimistas, más bien transmiten una cierta sensación de pesadumbre, algo así como la añoranza de un sentido que se ha perdido o que nunca se ha llegado a tener.

El libro que reseñamos aquí es un ejemplo paradigmático del pesimismo de Lem, pero a diferencia de obras como Fiasco o La voz de su amo, no se trata de una obra de ficción, al menos en el sentido ordinario, pues pertenece a la llamada Biblioteca del Siglo XXI: un conjunto de obras donde el autor recurre a trucos literarios tales como reseñas o prólogos de libros imaginarios para explorar diversas ideas imaginativas o de carácter científico y filosófico. En el caso de Provocación, Lem simula reseñar sendas obras: El genocidio, de Horst Aspernicus y Un minuto humano de J. Johnson y S. Johnson. En apariencia son libros no relacionados entre sí, pero es inevitable que el lector termine por vincularlos de alguna manera (hasta que punto esto estaba previsto por Lem no lo sabemos). 

Al parecer, cuando este libro se publicó a mediados de los años 80, algunos críticos creyeron en su autenticidad, es decir, asumieron que Lem hablaba de autores y obras reales, no reparando en señales que dejó aquí y allá; por ejemplo, que la fecha de las reseñas de ambos libros sean anteriores a la propia publicación indicada. En todo caso se trata, efectivamente, de una situación que puede llevar a confusión. ¿Qué se reseña cuando se trata de un libro de reseñas de libros ficticios? ¿La labor del verdadero autor, en este caso Lem, o la labor del autor inventado? Como en el caso de algunos célebres escritos de Borges (comparación que Lem siempre declaró producirle mucha satisfacción), la obra alcanza una dimensión meta-literaria fascinante. Sin duda su escritura debió aportar al escritor polaco una libertad de movimiento sin igual, poder escribir sobre las ideas de “otro”, identificarse o discrepar con sus palabras a voluntad. Aunque el lector sabe en todo momento que se trata de un juego literario, es inevitable caer en él. Lem simula reseñar libros que en realidad no existen, nosotros simulamos leer esas reseñas como si fueran genuinas. Al margen de la calidad y del contenido de la obra, lo cierto es que resulta una experiencia muy interesante.

Como decíamos antes, este libro es un buen ejemplo del pesimismo de Lem, de hecho los conceptos que más se manejan en él son la muerte, la violencia, el sufrimiento, el absurdo y la sordidez de la condición humana. No siendo una ficción y tomando la forma del ensayo, el autor puede ir al grano, sin personajes, sin diálogos, sin requerimientos literarios que suavicen sus intenciones de presentar con crudeza unos hechos que de todas maneras serían muy difícil de maquillar.  

Provocación se abre con la crítica a El genocidio (Der Völkermord. 1980), un ensayo dividido en dos capítulos que versa sobre el Holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial. Lem nos habla de la postura de Aspernicus respecto a las causas que condujeron al aparato nazi a perpetrar lo se vino a llamar el Endlösung (la Solución Final) y que se tradujo en más de seis millones de asesinatos entre judíos y otros colectivos de "indeseables" a ojos del Tercer Reich. Aspernicus señala que sin lugar a dudas no estuvo motivado por la búsqueda de un beneficio económico o estratégico, ya que supuso enormes gastos en infraestructuras y personal e impulsó el exilio de muchos científicos que después fueron clave en el desarrollo armamentístico de sus enemigos (por ejemplo en el desarrollo de la bomba atómica). Los líderes nazis falsearon y ocultaron sus verdaderas razones, ya sea de cara a la sociedad alemana o en cuanto a sus propios militantes (tendentes a seguir a pie juntillas el punto de vista de sus jefes), para llevar a cabo la enorme matanza, rodeando su discurso de oscuras referencias mitológicas, sociológicas e incluso biológicas (apelando por ejemplo a las leyes evolutivas darwinistas, algo que el autor refuta en pocas palabras).

Ante la impostura nazi respecto a un hecho tan grave y trascendente en la historia de Europa y del mundo, el autor maneja varias teorías que si bien no son excesivamente originales (sería muy difícil para un tema que ha sido revisado y descrito de todas las maneras posibles por multitud de analistas, novelistas, cineastas, etc), son expuestas con garra y agilidad, enlazando una serie de ideas audaces hasta llegar a algunas conclusiones que dan que pensar. Partiendo de una dura crítica a los negacionistas, evidentes en su complicidad al querer convertir en mentira un crimen mayúsculo, o aquellos intelectuales que quisieron aparentar no haberse enterado de que iba la cosa, como por ejemplo el filósofo Heidegger, Aspernicus hace un análisis somero pero contundente en torno a nociones como el mal, la muerte en nuestra cultura o la guerra. Paulatinamente va desarmando las diferentes interpretaciones que se han hecho de este acontecimiento. Teniendo en cuenta la base ideológica sobre la que se armó el Tercer Reich, Aspernicus toma en consideración el sadismo implícito en el modus operandi de los nazis y se pregunta del porqué de esta crueldad institucionalizada y sin parangón en otros regímenes fascistas (ya de por si extremadamente cruentos) de la época. El autor procura hacer hincapié en desmitificar a los dirigentes nazis, a veces sobrevalorados por los analistas, tildándolos de palurdos, arribistas y nuevos ricos, señalando hasta que punto estas cualidades condicionaron su ulterior conducta. 




Los nazis necesitaban construir todo un simulacro para justificar una masacre sin sentido alguno, para ello desarrollaron el concepto del kitsch hasta unos extremos nunca antes vistos. Imitando la grandeza de Roma u otros imperios, pero ignorando las razones que los tiranos de la antiguedad esgrimían para su sed de dominación (intereses económicos o religiosos) o de exterminio de ciertos sectores de la población enemiga (estrategia militar y política). Según Aspernicus, para poder justificar lo injustificable, los nazis no pudieron sino asumir el modelo superior de la tiranía en la cultura occidental: Dios. "Bañados en tripas humanas hasta las rodillas, chapoteando en el matadero ¿como y aquien iban a imitar para no perder de vista sus aspiraciones? El camino más asequible para ellos, el del kitsch, los llevó muy lejos, hasta el mismo Dios...El severo Dios Padre, por supuesto, no ese llorica, Jesucristo" [1]. En el fondo era una manera de intentar trascender cualquier subordinación a lo divino tomando su lugar. Así, eliminando a los judios, el "pueblo elegido" designado por el propio Jehová según las escrituras, pretendían abrir una nueva era en la historia de la humanidad con el pueblo ario como libertador absoluto. Sin embargo representar el Juicio Final de forma convincente no era algo precisamente fácil. Una vez derrotada Alemania todo el simulacro se viene abajo, desvelándose sus motivaciones como meras cortinas de humo sin sentido, absurdas en su crueldad y salvajismo. Es un hecho que ningún lider nazi llegó a proclamar jamás un discurso coherente para explicar su conducta o para defenderse convincentemente, porque está claro que no había modo posible. La única salida era esconderse tras nebulosas excusas o la simple negación, hasta el punto de que los actuales neonazis tienden a denunciar el holocausto como un mero artificio sionista. "¿Cómo explicar esta perfecta ausencia de confesiones -ni siquiera bajo pseudónimo- que finalmente tuvo que ser sustituida por los apócrifos literarios, salvo con la indiferencia del actor ante un papel que ha olvidado hace mucho tiempo?" [2].

Tras desmontar las justificaciones del nazismo para llevar a cabo su terrible crimen (al margen queda el crucial análisis de la parte de culpa que tuvieron en todo este asunto los poderes económicos alemanes o de otros países), Aspernicus se dispone a vincular el espíritu del nazismo con el terrorismo moderno, con argumentos que seguramente fueron polémicos en una época (Provocación fue publicado en 1984) en que los movimientos radicales de izquierdas defendían con mucha pasión la violencia armada como herramienta política. 

La reseña del libro termina con una llamada de atención: el nazismo abrió una brecha en nuestra civilización. En un mundo (al menos en occidente) que ha terminado por arrinconar y reducir la muerte a un fenómeno exterior de lo cotidiano y la cultura oficial, hecho que se experimenta intimamente o bien colectivamente por medio de representaciones anestésicas y faltas del pathos que tradicionalmente se le reservaba como destino inapelable, el nazismo supo administrar la muerte mediante la mentira, convertiendo el mal absoluto en el supuesto camino para un gran bien. De nosotros depende cerrar esa brecha, o seguir permitiendo que las guerras, masacres y crímenes que asolan nuestra historia actual, ecos de un proceso que se abrió en el siglo XX con las matanzas de los kurdos por parte del ejército turco, las diversas masacres colonialistas en varios continentes, el Holocausto judio, los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, las guerras de Vietnam, los regímenes fascistas en América Latina, el conflicto en Oriente Medio, las sucesivas guerras del Golfo... siga ocurriendo en total impunidad y en nombre de razones tan nebulosas como las esgrimidas por los cabecillas nazis.

La segunda parte de Provocación, la más breve en comparación, versa sobre Un minuto humano, un libro que se propone representar "lo que todo el mundo esta haciendo simultáneamente durante un minuto" [3]. Tal idea nos remite obligatoriamente al Aleph de Borges, ese punto ideado por el escritor argentino que contendría todos los puntos del universo. Pero en el caso de la propuesta de Lem, mucho más humilde pero igualmente fantástica, se trataría de un libro que mediante gran cantidad de estadísticas expresara todas las experiencias humanas durante sesenta segundos.

Lem comienza con una explicación (francamente divertida y llena de corrosivo sarcasmo) donde sin pelos en la lengua arremete contra el mundo editorial (por cierto, aprovecha para meterse con el mundillo de la ciencia-ficción), la televisión, la publicidad o los mass-media en general. Según él, la ambición de los autores (J. Johnson y S. Johnson) es aprovechar el éxito popular de los libros de records Guinness, pero de una manera respetable para un público serio e intelectual. En suma, Un minuto humano es un ensayo lleno de cifras en apariencia absurdas, pero que en esencia pretende describir la condición humana durante un lapso de tiempo determinado.

En una serie de apartados que por métodos estadísticos pueden interrelacionarse, los autores van desgranando una exhaustiva descripción de todas las experiencias que el ser humano es capaz de vivir en todos los ámbitos posibles de su cotidianidad y variedad cultural. Pero tratándose de Lem todo se centra en aspectos bastante truculentos, porque según él los propios autores (que no olvidemos son el propio Lem) han tendido a ello. Hay en los apartados de la obra un desequilibrio entre la belleza y fealdad de la existencia humana. Por ello el apartado dedicado a las estadísticas de mortandad es amplia: sus causas naturales (señalando la infinidad de muertes por enfermedad o en consecuencia de los elementos atmosféricos: rayos, huracanes, tifones, etc) o por accidentes de todo tipo, por suicidio (con un repaso de todas sus variantes conocidas), por homicidio (premeditado o por negligencia), por torturas, por atentado terrorista, a causa de la guerra, del hambre, etc. También son amplios los diagramas que se ocupan de la criminalidad en todos sus formas, las infinitas maneras de ejercer la violencia, el robo, el fraude, el chantaje, la opresión, la manipulación, la humillación al prójimo... en suma, la maldad humana en todo su esplendor. "El libro solo puede deprimir a los que todavía se hacen ilusiones sobre la naturaleza humana"[4].

Sin embargo esta representación cifrada no se centra solo en los hechos y actividades, sino también en la propia carnalidad de la vida humana: cuantos litros de sangre recorren nuestras venas, cuanta comida tragamos, cuantos litros de semen, orina, mucosidad, menstruación o cuanta execrencia de nuestro cuerpo podamos concebir. Dándose así imágenes dantescas, como que la cantidad de semen que la humanidad eyacula en un minuto puede medirse en 45.000 litros. También son cifras que llevan a la reflexión: si la cantidad de sangre que fluye por las venas de la humanidad en un minuto fuera vertida a los oceános no habría un cambio perceptible en su volumen.

Según Stanislaw Lem, la idea que motiva este libro puede llevarnos a unas conclusiones siniestras: es fácil pasar de la estadística a la probabilidad, estos datos no nos dicen simplemente lo que está ocurriendo, sino lo que es probable que pase minuto tras minuto, con variaciones mínimas, con una certidumbre que nos hace pensar en un mecanismo matemático y determinista sin alteración posible. En un momento excepcional de optimismo, Lem arremete contra los autores del libro recordando la figura del Hombre del Subsuelo de Dostoievski, aquel que para escapar del racionalismo decide volverse loco, escapando de las garras de la objetividad y la ciencia a través de aquello que no es medible. Por ello Lem recuerda a J. Johnson y S. Johnson que sus estadísticas no contienen ningún apartado llamado "Dignidad humana", o que en ninguno de sus diagramas se habla de la existencia psíquica del ser humano, de su mundo interior, de su imaginación, de sus sueños. No obstante, Lem termina por admitir que la realidad material se acerca bastante a lo que el libro describe, que poco importa cada vida individual, las aspiraciones y motivaciones personales, cuando alguien o una institución es capaz de empaquetarlas en hechos objetivos medibles. El género humano, considerado como un solo ser, es una criatura atroz, capaz de contener dentro de sí hechos tan graves como los descritos en la primera parte de Provocación. "Nuestro mundo no está a medio camino del infierno y del cielo: parece estar mucho más cerca del primero" [5].

Notas:

[1] Pagina 66.
[2] Página 68.
[3] Página 111.
[4] Página 153.
[5] Página 155. 
 

Reseña de Antonio Ramírez

domingo, 7 de abril de 2013

PROMETHEA - Alan Moore

Sinopsis. 

Sophie Bangs es una estudiante universitaria que busca toda la información posible sobre Promethea, un personaje ficticio que desde finales del siglo XIX  ha ido apareciendo intermitentemente en poemas, revistas pulp, comics e incluso en leyendas urbanas de diversa índole. Para su sorpresa esta investigación le llevará a vivir una aventura de dimensiones literalmente cósmicas. 

Comentario.  

Alan Moore anunció que iba a convertirse en Mago en 1993, justo el mismo día que cumplía 40 años. Esta drástica y en apariencia extraña decisión no tenía nada de sorprendente. Examinando la obra del barbudo cualquiera puede encontrar pistas suficientes como para comprobar hasta qué punto la Magia (o ciertas ideas que preparaban el camino hacia esa meta) ya estaba dando vueltas en su hiperactivo cerebro desde hacía mucho tiempo. Pero no sería hasta From Hell, cuya realización abarcó 10 años, cuando terminó por profundizar en el tema con páginas memorables en torno a cuestiones como la arquitectura masónica o los cultos paganos. Ya posteriormente, con la representación teatral Serpientes y Escaleras (adaptada después al comic junto a Eddie Campbell) o la serie que reseñamos aquí, Moore se lanzó a compartir de una forma mucho más desarrollada sus investigaciones y experiencias en torno al Tarot, la Cábala o la Magia Ritual.

Es necesario señalar, por eso de situarnos bien en el contexto, que si bien Serpientes y Escaleras estaba dirigido a un público relativamente minoritario, en el caso de Promethea hablamos de un comic que fue publicado a través de America's Best Comics, la misma línea editorial donde vieron la luz títulos tan comerciales de Alan Moore como Tom Strong o Top Ten. Esto significaba que sus lectores potenciales iban a ser los aficionados a los superhéroes, lo cual no tenía por qué plantear en principio ningún problema. Promethea ofrecía altas dosis de acción trepidante, individuos con poderes extraordinarios, parafernalia de ciencia-ficción y un tono tenebroso que lo acerca a cosas como Hellblazer, todo ello sazonado al gusto actual. Sin embargo, esta apariencia tan común de Promethea, algo así como una Wonder Woman modernizada, pronto se desveló como una treta para que Moore llevara a cabo su verdadero plan: bombardear la mente de los lectores con toda una extraña amalgama de conceptos provenientes del cabalismo, el tarot, Aleister Crowley, la Golden Dawn, Carl Jung, Austin O. Spare, el discordianismo y mil fuentes más entremezcladas en un coctel explosivo.  El trago no tuvo que ser fácil para los aficionados que esperaban seguir una sencilla y entretenida historia de superhéroes, de hecho, cuando la serie entró a saco en la parte de la Magia llegó a perder de golpe varios miles de lectores. [1]

Tal estampida de lectores no pudo ser evitada ni por la gran espectacularidad visual de la colección, la cual supera por mucho la media de calidad de las series comerciales yanquis. No obstante, más allá de lo puramente estético, el constante uso de simbología (no solo iconográfica sino en lo que respecta a los colores) y de recursos visuales muy diversos suele responder a razones muy determinadas por la historia. La fama de Moore de ser un guionista exigente y milimétrico que exprime lo mejor de sus dibujantes se confirma más que suficientemente en esta serie por lo que es justo señalar que todo este despliegue de páginas dobles, simetrías, juegos visuales, combinación de diferentes técnicas artísticas (dibujo, pintura, fotografía) y efectos cromáticos de todo tipo no hubiera sido posible sin el magnífico equipo de artistas que le acompaña, principalmente J. H. Williams III (Dibujo), Mick Gray (Tinta) y Jeromy Cox (Color).


Pero volvamos a la historia en sí. Como decíamos antes, Promethea es una serie claramente dividida en dos: es un comic de superhéroes y a la vez es una especie de manual de iniciación a la Magia. Es bastante complicado decidir si el conjunto está bien equilibrado, si realmente merecía la pena suavizar el contenido esotérico con los elementos típicos del género de superhéroes, puede que entretenidos y hasta ingeniosos, pero evidentemente chirriantes en relación a la atmósfera tan especial conseguida en la parte mágica. No obstante, hay que admitir que estas concesiones a la “normalidad” están más que justificadas en el plan global de la obra, fundamentalmente para recordarnos que después de todo Promethea es un tebeo. ¿Por qué es tan importante que Promethea sea un comic? 

Ante todo, tengamos en cuenta que Moore sugiere una teorización de la magia que toma como punto de partida la imaginación, o eso que él llama la Inmateria, ya sea como vivencia interior de un individuo (mediante la meditación, los sueños, las visiones provocadas por las drogas u otros medios), ya sea tomando parte de  un contexto simbólico que se vive intersubjetivamente (los mitos, las religiones y en muchos casos la ideología). A medio camino entre estas dos vías nos encontramos con las ficciones, según Moore equiparables a los mitos y las parábolas religiosas. Bajo este punto de vista, dioses, ángeles y demás imaginería sobrenatural no son más que ficciones, aunque cargadas de tal potencia simbólica que en ciertas circunstancias pueden llegar a aparentar autonomía, por no decir vida propia (especialmente para quien cree en ellas de forma literal). Moore no tiene ningún problema en conceder ese poder a las ficciones ordinarias (personajes de cuentos, novelas, películas, comics). Incluso nos recuerda que los Magos de la antigüedad transmitían su sabiduría a través de ideogramas y jeroglíficos, por lo que dioses como Osiris o Seth serían los protagonistas  de relatos transmitidos de una manera muy similar a los comics. De ahí su defensa de que la enseñanza de la Magia (teórica y práctica) pueda aplicarse perfectamente a una ficción como Promethea. 


Este concepto de lo imaginario, tan caro en su más reciente trayectoria creativa, lo aleja radicalmente de otros autores que también han tratado el tema en un contexto similar. En este caso hay que señalar las argumentaciones de Henry Corbin [2] sobre la diferencia entre lo IMAGINARIO (el producto meramente psicológico de la mente por estímulo del mundo sensible) y lo IMAGINAL (el estado intermedio entre el espíritu humano y la naturaleza incognoscible de lo divino). Lo imaginal sería, por tanto, el mecanismo interior donde se forman (tras una serie de prácticas muy precisas) los símbolos que por analogía harán posible al místico comprender lo sagrado. La evidente divergencia entre Moore y Corbin está en que el primero no desprecia en ningún momento los sueños comunes, los merodeos mentales o incluso, como ya hemos visto, las fantasías incitadas por un tebeo de superhéroes,  pues bajo su punto de vista suponen posibles puentes hacia estados más complejos. Corbin es mucho más estricto, alertando sobre el caracter perversamente mundano de la imaginación cotidiana. Sin embargo, lo irónico es que lo imaginal ideado por Corbin, así como toda la simbología de gnósticos, cabalistas, místicos de cualquier tipo y cuantas tradiciones esotéricas han existido en torno a la idea de que el mundo material es una emanación de Dios, dependen de los productos de lo imaginario, aunque insertados en unas tradiciones que por antiguas y herméticas se revisten de una profundidad y sentido arcano que le falta a la imaginación común. De todas formas, la correspondencia de estos símbolos con una existencia objetiva  es imposible de demostrar, ya que solo depende de la fe, por mucho que Corbin u otros exégetas se hayan esforzado por crear jerarquías. Alan Moore intenta, al menos, buscar un nexo entre la mera fantasía y el contenido de las visiones místicas y lo hace a través de una ficción que recorre en igualdad muchos posibles estratos de la invención humana, ya se trate de elementos realistas y cotidianos, superhéroes, ciencia-ficción, demonios o dioses. Pero siempre queda claro que nunca hemos abandonado un tebeo de 24 páginas. Eliminando con verdadera soberbia el carácter secretista de los textos mágicos que le sirven de inspiración (algunos son incunables de más de 1000 años), Moore se las ingenia para hacer convivir ideas por las que han ardido multitud de místicos con invenciones para adolescentes llenos de granos, elevando así la fantasía de los comics a la más profunda especulación mística, o si se prefiere, rebajando los altos vuelos del misticismo a la humildad de los superhéroes. Igualmente podríamos decir que socializa la noción de lo mágico, dejando claro que, al margen de liturgias y grados de iniciación, cualquiera puede investigar los laberintos de la Magia. Si la capacidad de imaginar es común a todos, entonces la Magia también lo es, pues todo ser humano es libre de sumergirse en el océano de símbolos que surgen del subconsciente para interpretar lo que nos rodea o por el mero hecho de sentir ese placer. 

No es de extrañar esta forma de interpretar y aplicar conceptos tan tradicionales pueda resultar arriesgado y poco riguroso para los puristas. De hecho Moore admite que se toma muchas libertades en sus conjeturas, como por ejemplo cuando interpreta el Tarot y sus conexiones con la Cábala, ambos sistemas considerados por él como vivos y cambiantes, y por tanto susceptibles de ser desarrollados libremente. En este sentido, pongamos como perfecto ejemplo el número 12 de la serie, donde se las ingenia para contar la historia del universo y el porvenir de la humanidad a través de la simbología de los 22 arcanos del Tarot. De esta manera, si en From Hell se permitía hacer una interpretación imaginaria de un hecho histórico (los asesinatos no resueltos de Jack el Destripador) en esta ocasión lo hace nada menos que con el destino del ser humano. Aun así, pese a su libertad de inventiva, muchos aspectos de Promethea dependen de ideas que abiertamente han sido fusiladas de aquí y de allá, en una mezcla de heterogeneidad y sesudo estudio de los maestros mágicos. Es el caso de su deuda con Aleister Crowley, del que, por ejemplo, toma prestada su fascinante (seguro que incluso para muchos ateos, como es el caso de un servidor) interpretación de Dios como el Yo supremo, la Voluntad (concepto especialmente crowleyano) del universo encarnado en el ser humano. El ascenso exitoso por el Arbol de la Vida cabalístico, supondría, por tanto, el reencuentro con nuestra verdadera naturaleza cósmica, la cual quedó escindida en algún momento del pasado (aunque toda noción temporal sea también simbólica en lo que respecta  la Magia). Y lo cierto es que ésta no es, ni mucho menos, la única referencia a las ideas del tan mitificado como denostado Aleister Crowley [3], ya que se trata de una presencia permanente en todas las fases del viaje que la protagonista de la serie emprende en su búsqueda de la Magia. Así, Moore también parece asumir enteramente su doctrina (aunque rebajada en cuanto al evidente machismo que hay en los escritos de Crowley) de que hay principios mágicos femeninos y masculinos, con símbolos e instrumentos rituales que representan ambos polos. La Espada (masculino) como fuerza motriz y creadora; el cáliz (femenino) como fuente y recipiente de compasión; tales son los símbolos del juego de atracciones (el Amor) que fundamenta el universo y que designa que todos los magos (sean del sexo que sean) son hombres que buscan la feminidad. En ese sentido, Moore nos cuenta un pequeño chiste en el número 10 (especialmente dedicado a la magia sexual): todos esos valientes y robustos caballeros que buscaban el  Grial en la leyenda artúrica adoraban inconscientemente la feminidad, su más profundo deseo era convertirse en mujeres. [4]

Vale, es muy posible que a estas alturas se nos haya disparado la alarma del escepticismo. Pero tranquilos, tengamos en cuenta que Moore desarrolla en Promethea su personal apología de la no lateralización de la Magia. Lo cual significa que lo mágico no está en los símbolos como tales, por mucho que éstos puedan parecer dotados de autonomía y poder en sí mismos, sino en el efecto que mediante su representación ritual producen en la realidad humana. Por tanto, creer que el Mago produce cambios físicos y tangibles a voluntad, como podría ser levantar una mesa del suelo con solo la fuerza de su deseo o con ayuda de entidades sobrenaturales, es caer en la burda literalidad del mito creado alrededor de su figura. La intervención sobrenatural o los poderes paranormales no son más que aspectos simbólicos (aunque cargado de significados especialmente trastornadores) de un proceso que depende del ser humano, y solo del ser humano. Caer en la literalidad de esos símbolos, depender de la creencia de su existencia objetiva, nos arrebata irremisiblemente nuestra libertad de imaginación (y podríamos que toda libertad), la cual ha caído atrapada en sus propias redes. 

Es necesario conservar la distancia y la ironía, tal y como propugna el discordianismo (del que Moore ha tomado muchas cosas) y otros movimientos contraculturales que han jugado con ideas religiosas sin por ello dejar de burlarse ferozmente de la religión [5]. No obstante, con Moore no podemos hablar tanto de burla como de una falta absoluta de prejuicios para mezclar lo que le venga en gana, siempre sin perder la perspectiva de la salida de emergencia de la cordura. A esta heterogeneidad se suma una enorme y apasionada capacidad especulativa, resultando de ello tal combinación de ideas que el lector puede terminar por desear que sean verdaderas. Al fin y al cabo son ideas que se refieren a los fundamentos de la existencia... ¡sería muy bonito y fácil encontrar el sentido del universo en un comic! Pero Moore repite incansablemente que “[…] no existe la Magia salvo en la ficción. No existen los dioses, salvo en la mente del ser humano. La Magia no existe, y por lo tanto, fuera de la ficción y el engaño, los magos no existen[…] Como cualquier niño te diría, la Magia solo es apariencia”. [6]


Sin embargo, aunque no exista tal y como la ha soñado el ser humano en su niñez y en tantos relatos legendarios, con portentos y señales que escapan al orden natural, según Alan Moore en la Magia si está en la posibilidad tangible de reordenar el mundo que nos rodea a través del agente que posibilita la apariencia y el truco: el lenguaje y sus mecanismos. El Mago (como el Artista o el Poeta, pero también los medios de comunicación, las técnicas publicitarias, el totalitarismo ideológico) manipula el lenguaje para manipular nuestra forma de entender y vivir el mundo, en suma transformando nuestra consciencia. Por ejemplo, creemos que el dinero es real o asumimos la autoridad de ciertas instituciones políticas o sociales porque hemos interiorizado el mito que los hace posibles (aunque claro está, con la ayuda de un alto grado de coerción). Toda civilización depende de un condicionamiento colectivo a unos factores provenientes (y a veces permanecen ahí) de lo imaginario, mediante símbolos que cristalizan a través un proceso que podríamos definir con toda razón como mágico. En ese sentido, Alan Moore propone la Magia como una herramienta de escapar a ese condicionamiento, una forma de contrarrestar los símbolos que apresan nuestra consciencia con otros que nosotros podríamos escoger y manipular. Y aunque en un primer paso lo plantea como una forma individual de percibir la realidad desde una perspectiva imposible para el pensamiento pragmático y reduccionista que parece haber colonizado todos los aspectos de nuestra vida, en un segundo movimiento podría ser algo generalizado. Por ello Promethea se cierra con una catarsis y un gran cambio a nivel colectivo, una de las principales constantes en la obra de este guionista. Ya sea a través de la destrucción de gran parte de Nueva York en Watchmen, la rebelión de las masas por incitación de V, el sacrificio final en From Hell o la batalla final en Miracleman… en casi todas las historias de Moore sobreviene un profundo aunque doloroso cambio de paradigma. En el caso de Promethea se trata del mismísimo apocalipsis el que llega para traer una nueva era donde lo material y lo inmaterial puedan convivir. 

Moore ha logrado por el momento introducir en la cultura popular una serie de conceptos y cuestionamientos que por sí mismos son perturbadores, más allá de una simple (aunque necesaria) crítica al burdo materialismo o la excesiva proliferación de la tecnología en el mundo contemporáneo (mientras tanto no parece olvidar también otras formas más concretas y tangibles de lucha, como su apoyo al movimiento Ocuppy London y otros frentes), Promethea escenifica (aunque de una manera muy peculiar) una exigencia presente en buena parte del pensamiento crítico y utópico de los últimos siglos: frente al desencantamiento del mundo llevado a cabo por el totalitarismo racionalista/patriarcal/capitalista, el ser humano debe rebelarse y oponer su reencantamiento. Habrá de verse si la Magia será o no una verdadera herramienta de liberación.

[1] Lo comenta el propio Moore en una entrevista incluida en Serpientes y Escaleras. Recerca/Aleta 2005.
[2] Filósofo e islamista francés especializado en el sufismo. Sobre lo imaginal ver por ejemplo su libro El Imán Oculto. Losada. 2005
[3] Un interesante biografía, que ni cae en el culto ni en la demonización, es Su Satánica Majestad, Aleister Crowley. Melusina. 2008
[4] Todas estas ideas de Crowley (y al fin y al cabo de Alan Moore) sobre el sexo, al menos en lo que suponen de liberación en las relaciones sexuales o en las convenciones sobre la noción de género, pueden ser equiparables a las que circularon en las décadas de los 60 y 70 durante eso que se vino a llamar la Revolución sexual, una amalgama de discursos y prácticas provenientes de Freud, Wilhem Reich, el surrealismo, el feminismo, Sade y todo un extenso repertorio de conceptos a medio camino entre el pensamiento libertino y libertario.
[5] Ver mucha información en http://es.wikipedia.org/wiki/Discordianismo
[6] Serpientes y Escaleras. Recerca/Aleta 2005.

Reseña de Antonio Ramírez

jueves, 21 de marzo de 2013

AQUI Y AHORA - Jim Thompson

Primera edición en inglés en 1942
Publicada en castellano por RBA (2013)
Traducción de Antonio Padilla
304 páginas.

Sinopsis.

Dillon ha entrado a trabajar en la industria aeronáutica. Su numerosa y desestructurada familia se haya en una difícil situación económica, dependen de su sueldo. Pero el no abandona la idea de dejarlo todo y convertirse en escritor.

Comentario del libro. 

RBA ha reeditado esta novela en su colección Serie Negra, pero debe remarcarse que este libro no entra ni de lejos en esa categoría. Está claro que la editorial quiere aprovechar el tirón de este autor entre los aficionados del género, quizás más de un lector pueda sentirse decepcionado. En todo caso, al menos por parte  del que escribe, hay que agradecer que esta editorial se haya decidido a reeditar uno tras otro todos  los libros de Thompson, poco importa que sean serie negra o no.

Una vez dicho esto hay que admitir que muchos de los elementos que suelen conformar la literatura más característica de Thompson están presentes en esta novela, pero ordenados y expresados de una manera que se aleja del estilo normalmente frío y cortante que encontramos en sus historias de criminales psicópatas y perdedores sedientos de sangre. Muy al contrario, el tono es intimista e incluso a veces llega a una ternura inusitada, bien es cierto que dentro de un contexto tan duro y desesperante que cualquier tendencia a la sensiblería queda cortada por lo sano. Por lo demás, se trata de una novela muy autobiográfica y siendo así uno comienza a entender de donde viene toda esa amargura que rezuma la literatura de Jim Thompson, no obstante no deja de sorprender la sinceridad con que el autor vierte sus más íntimas vivencias en el papel.

Aquí y ahora fue su primer libro publicado (en 1942). Tal y como narra la novela, su carrera como escritor tuvo un comienzo complicado y no precisamente por falta de talento. Tras publicar varios relatos, sus intentos de escribir una novela son abortados una y otra vez. La falta de dinero, la sucesión de trabajos precarios de todo tipo, sus problemas con el alcoholismo, la imposibilidad de centrarse dentro del caos de una familia numerosa y desastrosa, el suicidio de su padre, sus devaneos con la política, todo ello desemboca en la difícil realización de esta novela en un proceso que tarda varios años. Queda en el papel el fiel reflejo de los sentimientos de Thompson hacia todas estas circunstancias, a veces como confesión, otras como ajustes de cuentas, las más como aullido de desesperación ante una existencia cruel. Aun así, por muy autobiográfico que sea la novela no podemos quedarnos en eso. Hay, evidentemente, todo un talento literario detrás, una capacidad para la escritura que convierte esas experiencias reales en una narración de extraordinaria calidad. Thompson se muestra en todo su esplendor con una prosa sencilla y directa que sin embargo no prescinde de ciertos momentos de lirismo expresivo. Junto al tono realista encontramos situaciones que rozan el onirismo y el delirio, descripciones de estados alterados de consciencia ya sea por las drogas, el delirium tremens o el obsesivo diálogo interior del protagonista. El resultado es un libro que gran riqueza expresiva (que podríamos calificar en algunos momentos casi como experimental) que contradice la linealidad estilística de sus posteriores obras.

 
Leyendo este libro, repleto de descripciones (a veces muy detallistas) de las mezquindades del mundo laboral, no he podido evitar acordarme de Charles Bukowski, muy especialmente de su novela Cartero. La estupidez de los jefes y encargados, la constante explotación, el absurdo en el funcionamiento en los trabajos, la falta de compañerismo, todo ello narrado con una ironía magistral. Desconozco si existe una conexión entre ambos autores, aunque imagino que es muy posible que Bukowski leyera este libro, no solo por el tema del trabajo, también por las referencias al alcohol (y otras drogas) y el lenguaje bastante explícito en cuanto al sexo hacen pensar en una influencia. De todas maneras está claro que ambos autores han bebido de fuentes muy similares, ya sea en cuanto a literatura americana como a europea. En este sentido, señalar como dato curioso que Thompson no duda en poner en boca de Dillon, su alter-ego en la novela, comentarios sobre Flaubert y Robert A. Heinlein. Es algo muy característico de un autodidacta el interesarse por los extremos de la cultura, de ahí sus referencias tanto a las filigranas del naturalismo frances como a la ciencia-ficción norteamericana, y de hecho su propia literatura terminó por aterrizar en un género popular como es el policíaco, aunque paradójicamente acabara por trascender el género para ser estudiada en las universidades.

Destacan en el libro los emocionantes pasajes que tratan sobre los tres hijos del protagonista, dos niñas y un niño. Siempre con el tono sencillo y directo, Thompson logra componer situaciones que van de lo cómico a lo trágico, sin abandonarnos nunca una sensación de profunda tristeza ante la vida de los pequeños y la impotencia de sus padres. La infancia como víctima de todos los males de la sociedad: miseria, ignorancia, maltrato, el autor acompaña la descripción de los infortunios de la clase trabajadora de los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial (como seguirá haciendo después) con algunas reflexiones de calado sentido social. Lo que en otras novelas está más o menos velado en Aqui y ahora se muestra muy claramente. De hecho, Thompson es muy explícito en este libro en cuanto a sus vinculaciones con el Partido Comunista Americano, sobre las cuales ironiza hasta cierto punto pero sin llegar a renegar del todo. Esta relación, que más allá de lo ideológico fue motivada según el autor por sus aspiraciones autodidactas, le costó ser investigado por el FBI (algo que es narrado en la novela) y figurar posteriormente en las listas negras que le impedirían hacer carrera como guionista en la industria del cine.

Hay algunas referencias al crimen, si bien no con la crudeza que muestra en sus novelas de género. Son, en todo caso, referencias a los trapicheos con los que poder sobrevivir o busquedas más o menos ilícitas del golpe de suerte que libraría para siempre de la miseria. Pero nunca Dillon, ni ningún otro personaje, es mostrado como un ser violento y sin escrúpulos, muy al contrario, son seres frágiles, llenos de dudas y miedos que sencillamente desean y ven escapar la felicidad.

En suma, es esta una novela que anticipa y fundamenta algunas de las constantes de Jim Thompson, ofreciendo algunas claves para comprender un poco mejor el oscuro y terrible universo de sus libros. En todo caso, seas o no seguidor de este autor creo que no deberías perdértela.

Reseña de Antonio Ramírez

miércoles, 20 de marzo de 2013

LA CANCIÓN DE KALI - Dan Simmons


Publicado originalmente en inglés en 1985 
Editado en castellano en 1993 (Ediciones B)
Traducción: Rosalía Vázquez

Sinopsis.

        El canto de la diosa Kali produce el sonido de la muerte. Un periodista sostiene que su culto no ha desaparecido aún en nuestro moderno mundo tecnológico y está dispuesto a comprobar sus afirmaciones. Nada le resultará sencillo, y lo que empezó como un trabajo rutinario se convertirá en una pesadilla en la que el protagonista sólo escucha mentiras y choca contra el muro de la indiferencia oficial cuando acude a las autoridades en busca de ayuda.

Comentario del libro.


Para los aficionados a la ciencia-ficción, Dan Simmons no necesita presentación: autor de la saga Hyperion, su contribución al género le ha asegurado un puesto de privilegio capaz de rivalizar actualmente con las Fundaciones de Asimov o los Dune de Herbert. Sin embargo, resulta curioso que muchos de sus seguidores parecen ignorar (e incluso menospreciar) que es en el terror donde Simmons ha concentrado la mayor parte de su producción literaria. Y es precisamente en este género donde debutó como novelista en 1985, con la publicación del libro que nos ocupa.


Lo primero que llama la atención de La Canción de Kali es la madurez de Simmons como narrador. Cierto es que ya contaba 37 años cuando lo escribió y que, a esas alturas, era ya un experimentado autor de relatos cortos. Teniendo esto presente, me sigue resultando destacable lo bien escrito y estructurado que está el libro, bastante por encima de la media habitual en estos casos. Sin duda, su punto fuerte es la ambientación y la creación de atmósferas: la Calcuta descrita en esta novela es un auténtico infierno en la tierra. Simmons presenta un escenario hostil y pesadillesco, ilustrado con profusión y sin ahorrarse todo tipo de detalles escabrosos como la mención de cadáveres amontonados en el patio trasero de los hospitales o incluso gente defecando en plena calle. Si bien no es más que un artificio literario (esa gran urbe corrupta y amoral que actúa como foco del mal bien podría ser Londres, Nueva York… o Madrid) su brutalidad y aparente sinceridad llegan hasta el punto de provocar una sensación realmente incómoda en el lector, casi bordeando los límites del racismo. No me extrañaría que a Simmons lo declararan persona non grata en India. Y no exagero.


Es en este marco asfixiante donde Simmons, con asombrosa habilidad, va introduciendo poco a poco los elementos sobrenaturales. Su protagonista, un anodino escritor, se ve paulatinamente envuelto en una trama que lo supera a todas luces, un misterio que adopta la forma de complot por momentos apasionante.  La novela arranca con pulso firme hasta pisar a fondo el acelerador en el que quizá sea el mejor segmento de todo el libro: una historia dentro de la historia en forma de relato oral, donde un estudiante hindú le cuenta al protagonista sus experiencias robando cadáveres como rito de iniciación en la secreta comunidad clandestina de los kappa, adoradores de la terrible Diosa Kali. Este capítulo está narrado con tanto virtuosismo y un ritmo tan endiablado que supone, en sí mismo, una pequeña obra maestra de lo macabro. Es tan bueno que, en cierto modo, el resto del libro nunca llega a estar a su misma altura más allá de algunos momentos aislados (pero eso sí, muy poderosos).


Y es que algo falla. La trama es muy ambiciosa, pero Simmons en ocasiones titubea y no parece tener claro a dónde quiere llegar. La conspiración tejida en torno a Kali, la secta de los kappa y el poeta desaparecido que parece haber vuelto de la muerte, es tan enigmática como vacía en el fondo. Sus contradicciones y cabos sueltos contribuyen en un principio a acrecentar la sensación de misterio, pero al final uno tiene la impresión de ideas inexploradas. El ritmo flaquea, alternando momentos trepidantes en los que la historia avanza a toda velocidad con otros demasiado pausados y carentes de interés. Afortunadamente, el autor se muestra más hábil en el retrato de personajes: es fácil identificarse con el protagonista, los secundarios resultan apropiadamente siniestros y ambiguos y el villano (cuyo nombre no desvelaré) es sencillamente memorable en su complejidad y mezquindad, de los mejores con los que me he topado en muchas lecturas. La excepción sería la esposa del protagonista (de raza india, pero criada y educada en Inglaterra), el único personaje políticamente correcto de la historia.


Pero que nadie me malinterprete: estamos ante una excelente novela, con un planteamiento original, plagada de tensión y salpicada de momentos de puro horror que casi se lee sola. No obstante, las carencias o defectos que he apuntado le impiden ser la obra maestra rotunda que podría haber sido. Volviendo al inicio de mi reseña, La Canción de Kali no consigue ser en cuanto al género de terror lo que Hyperion sí es respecto a la ciencia-ficción. Aún así, no le faltan motivos para haberse convertido en una de las novelas clave del panorama del horror en los últimos 30 años. Baste mencionar al respecto el cruel y brutal desenlace (realmente traumático y que deja huella mucho tiempo después de finalizado el libro)  o la conclusión a la que llega el protagonista en las últimas páginas, que de manera involuntaria se ha convertido en una bonita metáfora de lo que le ha pasado al género en los últimos años: tras experimentar en primera persona el terror puro y duro, se dedica a escribir sobre unicornios y hadas consciente de que resulta mucho más inofensivo. Sobran los comentarios. ¡No se la pierdan!

Reseña de Francisco Gabaldón

sábado, 16 de marzo de 2013

LA ESQUINA - David Simon y Ed Burns

Primera edición en inglés en 1997.
Editada en castellano por Principal de los libros en 2011.

681 páginas. 

Sinopsis.

David Simon y Ed Burns exploran, durante un año, la cara oculta de la polis norteamericana (violencia congénita, rechazo social, falta de educación y oportunidades, drogadicción…) a través de los avatares de la familia McCullough (padre, madre e hijos). Sus penurias, sus alegrías, su caída, su espíritu de superación y lucha, retratan fielmente el espíritu contradictorio de la condición humana, campo de batalla perenne entre la realidad y el deseo.

Comentario del libro.


“En cuanto a los inspectores, la mayoría aceptó que 'La esquina' era una historia legítima, narrada con ecuanimidad”. […] “Pero otros policías consideraban que el segundo libro era algo parecido a una traición: era una historia que no estaba escrita desde el punto de vista de los incólumes oficiales de Baltimore, sino que daba voz a los perseguidos”.

David Simon.
  
         Vidas cruzadas entre ficción y realidad: por un lado, David Simon descontento en su fuero interno con el resultado final de Homicidio. Lo que concibió como una crónica que revelase el lado más “humano” (para bien o para mal) del cuerpo de policía de Baltimore, se ha convertido en una exitosa (más a nivel de crítica que de público) teleserie. A Simon este hecho no le desagrada. Pero no le llena su rol: simplemente es el autor del libro a quien se le compró los derechos, a quien por cortesía se le invita a escribir algunos episodios[1]; alguien que, a pesar de tener una dilatada carrera periodística, no deja de ser un novato todavía en las artes del guión televisivo y a quien, por lo tanto, no se le permite aportar nada en la producción final. Así, impotente, asiste al paulatino abandono de la crítica social que envolvía su provocativa narrativa. Como muestra un botón: el poder establecido no debe estar muy preocupado cuando conceden, a los actores principales, el título de baltimorenses de adopción[2] o cuando el acalde de Baltimore y el gobernador de Maryland hacen sus cameos. La ficción ha fagocitado el análisis de lo real; lo ha asimilado, como una especie de crítica constructiva, dentro del sistema. En definitiva, en esta etapa, Simon se encuentra en una encrucijada vital: o convertirse en un autor transigente y conformista, o continuar con su compromiso con la verdad por mucho que esta duela.

Por otro, Ed Burns, el ex soldado en Vietnam, el ex inspector de homicidios (coincidió con Simon), que acaba convertido en profesor de matemáticas en un barrio de bajo postín, por decirlo suavemente. ¿El motivo? Más que un carácter polifacético, hablamos de alguien con un profundo sentido del deber en la máxima expresión del término. Hacía falta gente comprometida ante los escasos medios de los servicios educativos, y Burns se presenta a pesar de tener una mínima preparación docente. Alumnos conflictivos por los que nadie vela, a quienes nadie quiere. Como él mismo explica, la tensión psicológica es similar a la que vivió en combate[3]. Disciplina, enseñar respeto al prójimo y a uno mismo, amén de comprensión y cariño. Son los ideales pedagógicos (sentido común ante todo) de un torpe (o mejor dicho primerizo) profesor de matemáticas Burns de quien sus alumnos más de una vez se ríen, se burlan, se jactan; a quien más de una vez le hacen perder los estribos, los papeles y las programaciones; quien se mantiene firme e impertérrito hasta que logra con el tiempo su confianza. Impresiones que posteriormente se traducirán en las experiencias del ex agente Pryzbylewski en la excelsa cuarta temporada de The Wire, donde se analizan las causas y consecuencias del desastroso programa educativo estadounidense más preocupado en las estadísticas de los exámenes de reválida de cada etapa, que en la propia educación de cada alumno[4].

Al igual que su personaje, Burns comprende lamentablemente que luchar cada año contra un modelo escolar que devora, como Cronos, a sus alumnos; contra las ansias de autodestrucción de estos mismos en la jungla de viales y asfalto; contra el desencanto generalizado de la comunidad escolar y su escasa fe en el futuro, es entrar en un berenjenal de batallas sin provecho y sentido. Energías malgastadas en múltiples caminos sin retorno. Energías que debe concentrar en un esfuerzo común y concreto. Porque si bien antes resolvía asesinatos, ahora trabaja con las causas directas y su esfuerzo siempre será insuficiente. La realidad es superior a sus fuerzas. Por eso, si quiere hacerla más asequible, para abordarla con convicción, deberá destilarla a través del filtro de la ficción, el único medio capaz de aunar contenido crítico, con la capacidad para soñar despierto en la bendita utopía.

Pero, ¿cómo y cuándo confluyen los, aparentemente, opuestos caminos de nuestros autores? Hagamos un poco más de intrahistoria. Es 1992: el tráfico de drogas en Baltimore se duplica cada año; las cifras de muertes por sobredosis o como consecuencia directa del tráfico de drogas, se disparan; el deterioro del entorno social cada vez es más dantesco… No es algo nuevo. El modelo de ciudad industrial estadounidense de los años cincuenta, ha dejado de ser próspero por las continuas fluctuaciones del mercado. Los barrios se empobrecen paulatinamente. Los obreros y sus hijos sufren las consecuencias del paro. La impotencia crecerá a ritmos insospechados. Más de uno, necesitará evadirse de su propia podredumbre… Otros, por el contrario, serán más listos: harán dinero fácil a costa de esos otros. Y como nadie sabrá poner freno a la situación, los barrios darán paso al gueto con la marcha de la escasa clase media que les quedaba. A esto le sumamos peores servicios sociales, promesas políticas incumplidas día sí y día también, sentimientos generalizados de ser ciudadanos de segunda…

Fruto de este caos primigenio, surgirá un nuevo mundo: la esquina. Entendidas como territorios para bandas, en ellas se comercializarán todo tipo de sustancias. Supermercados de la droga abiertos 24 horas. Marginalidad a la vista como mercado o escaparate, y que seguirá protocolos bien establecidos, rutinarios, para no ser descubierta ni condenada: el correo (habitualmente niños en edad escolar) a quien los clientes harán su “pedido” y entregarán su dinero; este lo llevará a la mano derecha quien dará el visto bueno a la operación y les señalará el rincón oscuro donde otro “encargado” les dará su material. American way of life: el trabajo en cadena. Nada se deja al azar. Se cuidan los detalles: se tienen a mano cantidades pequeñas del producto en cuestión (al que, atendiendo a la moda, se le dará nombres llamativos) para deshacerse lo más rápidamente del mismo o evitar un molesto arresto; el jefe o encargado de la siempre al margen, sentado en la sombra, observando detenidamente la fluctuación de compre y venta del mercado.

Pero no es esta agresiva campaña de mercadotecnia lo más representativo. La esquina es también lugar de peregrinaje, cruce de caminos sagrado, de paso y encuentro. A lo largo y ancho, como auténticos muertos vivientes, deambulan un sinfín de tipos humanos en busca de su santo grial. Un microuniverso de la aguja y el vial, donde el dolor y el vacío interior condicionan, como un martirio, la existencia de sus habitantes. Su única motivación es sobrevivir, proceso que se traduce en obtener cada día el dinero tan necesario para su pedazo de felicidad en la tierra. No importa el medio, aunque, como nos relata el libro, la gran mayoría se decanta por pequeños trabajos como la venta de chatarra o el sableo a los familiares de turno.

Lejos quedan los niños jugando alegremente en la calle, los rellanos de las puertas como punto de reunión, la camadería entre vecinos con fresco sabor a Coca Cola (evitemos chistes fáciles)… La esquina, revela el verdadero rostro de una Norteamérica desquiciada y perdida, construida para el beneficio de unos pocos poderosos donde la moral es relevada por el espíritu de supervivencia. El capitalismo, como vemos, no se ocupa del bienestar de sus ciudadanos si no de generar mercados incluso entre la miseria. ¿Cómo no pensar entonces que es un verdadero símbolo de nuestro tiempo? En cualquier caso, es hacia aquí a donde Simon y Burns, respectivamente, encaminarán sus pasos: hacia este paraíso perdido.

A la vista del panorama, ambos estaban más que condenados a encontrarse: Simon sabe que necesita reconducir su crítica hacia un punto de la realidad que no pueda asimilarse tan cómodamente y que muestre el deterioro del modelo social norteamericano. No es de extrañar que habiendo sido reportero de sucesos, habiendo participado como ayudante invitado de homicidios, pensara que la respuesta se hallase en los intricados vericuetos del submundo de las drogas origen de tantas víctimas inocentes o no culpables. Pero su visión en este inicio es sesgada, quizás hasta poco parcial: los yonquis son gente que se ha buscado sus problemas. Necesita conocerla en profundidad para analizarla y desentrañar la madeja. Necesita la esquina.

Burns, por el contrario, ya conoce de primera mano (de la mano de sus alumnos) esta cruda realidad. A cuantas familias no habrá visto destrozadas por su peligroso influjo, a cuantos alumnos no habrá visto echar por tierra su futuro… Y todo ha empezado en el mismo punto, ha tenido el mismo origen… Por eso, hacer un estudio en crudo no conduciría a nada. Unos simples legajos de papeles bienintencionadamentepedagógicos más. No. Necesita algo que remueva las conciencias y sea atractivo, un vehículo, ya hablamos que en este caso literario, que al mismo tiempo que facilite la expresión de su opinión personal, se apoye en una narración interesante de hechos. No es una tarea cómoda. Ante todo debe hacer valer un requisito para lograr esta total identificación con el lector: sustentar la ficción sobre los cimientos de la realidad más firmes que pueda. Y esto conlleva que necesite conocer de primera mano los miedos, temores, alegrías y deseos que subyacen en estas almas lastradas.

Un interés común, un mismo objetivo crítico… Da igual de quién partiera la idea de hacer una obra conjunta. El caso es que sus visiones se completaban y podían formar un caleidoscopio perfecto desde el que observar de forma ordenada las entremezcladas capas de la realidad. Sólo necesitaban tiempo material para volcarse de lleno en este complicado y arduo proyecto. Pero el que busca, halla… Burns deja la enseñanza y Simon pedirá un nuevo permiso en el Baltimore Sun que se prolongará durante tres años de septiembre de 1992 hasta finales del 95 (eso sí, los hechos relatados en la obra únicamente engloban a 1993; durante los dos restantes escriben la obra, le dan cuerpo, y contrastan datos). El equipo está conformado. Al igual que su método de trabajo: “nuestra metodología era bastante simple y podía describirse como periodismo de 'estar por ahí y observar'. Íbamos al barrio cada día con nuestras libretas y seguíamos a la gente”[5].

En este sentido cobra especial importancia el modelo textual: la crónica  periodística. Son varias las razones: ya la empleó exitosamente Simon en Homicidio; permite aunar una representación fidedigna del entorno, con una pulcra expresión (sin dejar de ser certera) más propia de lo literario. Hablamos de personas no de personajes. Personas con quienes se quiere compartir, minuto a minuto, sus vivencias. Sin ningún tipo de tapujo, ni de freno. Sin ninguna pretensión de juzgarlas. Sólo mostrarlas abiertamente, sin miedo. Para ello, la obra oscilará alrededor de secuencias escénicas.

Con las mismas, nuestros autores, recogerán de forma documental, aquellos momentos que estimen más representativos. Tarea nada fácil dado que “siendo como somos algo pálidos, nos plantamos en la calle Fayette, y al principio los habituales de la esquina pensaron que éramos policías, o informantes. Lo que es peor, algunos de los mayores recordaban a Ed [Burns] de su época de patrullero y detective en el Departamento de Policía de Baltimore, lo que concedió credibilidad al rumor de que éramos chivatos o policías de la secreta o algo peor”. De este modo, deben guardar distancias desde un principio, con las “fuerzas del orden y la ley”. Los antiguos compañeros de profesión, los conocidos de la brigada que le acogieron (para bien o para mal) como a uno más, no entienden en un principio el posicionamiento de los autores. Ni siquiera devuelven el saludo. Un contacto con los elementos discordantes puede condicionar, lógicamente, la reacción de sus confidentes. Ahora, no es que estén del otro lado. No están en ninguna parte. Fijan su mirada y se abstienen de opinar o de participar.

  Cada día, durante tres años, acuden a la esquina de Fayette con Monroe, el centro neurálgico elegido, y tratan de ganarse la confianza de esos “habituales”. Charlar informalmente, contar chistecitos subido de tono, repartir ejemplares de tu anterior trabajo, invitar a unos helados en verano… Al grano: se va sin miedo y se muestra uno abierto y complaciente. Eso explica que tardaran tan poco en convertirse en rostros comunes. Los escritores que estaban interesados y pendiente de todo y de todos. Pero que no molestaban. Iban de buen rollo. Con sus cuadernos de notas –como ya hemos señalado- y sus bolis a cuestas, actuando, como modernos Sanchos, ante sus mil y un Quijotes de papelina. Escuchan, atienden, como si no estuvieran allí (algo imposible), y transcriben los datos de la manera más fidedigna ya sea encima del capó de un coche, en una cafetería, sobre la espalda del compañero, o donde pillen. El mecanismo: como no quieren que sus libretas corten la forma de ser de nadie, las llevan escondidas en los bolsillos o en el coche o donde puedan. Si algo ocurría “nos alejábamos un momento y tomábamos notas de los detalles”. Quizás no sea el método más válido, pero como ellos mismos advierten: “los periodistas sabrán que éste no es el mejor método ni tampoco el más fácil para registrar los hechos, pero también saben que empuñar una libreta en mitad de una situación ilegal a buen seguro va a alterar o a detener el ritmo de los acontecimientos. Para este libro, el único camino posible era el más difícil”.  Sin quitar ni poner ni una coma. En estas escenas, recogen sus historias, escuchan sus “batallitas”, apuntan sus impresiones más íntimas y personales. Se convierten en sus confidentes: un hombro amigo sobre el que llorar, alguien con quien enfurecerse y encararse. Para muchos es la primera vez que alguien muestra cierto interés por su vida. Suena triste.

Al estar presentes como uno más, la gran mayoría de los acontecimientos relatados fueron presenciados por ambos autores. Pero en los pocos casos en los que no, el testimonio, la entrevista directa al sujeto implicado, se convierte en el eje central. Con el tiempo, la red de informantes, en este cerrado mundo, les advertía casi al instante, y desde distintas perspectivas, de los sucesos principales.  A ellos entonces sólo les quedaba “la tarea de separar el grano de la paja, un proceso esencial en cualquier tipo de periodismo”. El único peligro es que el protagonista quiera adornar los hechos de más, los suavice mejorando su posición o los tergiverse en pos de una mentira redentora. No importa. Algo que encumbra a esta obra es su largo proceso de investigación: tres años. En los casos dudosos, los autores dejan pasar el tiempo y éste siempre revela la verdad, la saca a la luz. Las cosas caen por su propio peso. Su responsabilidad como investigadores de lo cotidiano es poner en entredicho todo aquello que no sea observado, conocido y experimentado de primera mano. Y cumplen con su rol a la perfección. El alto grado de compromiso con su planteamiento periodístico es inapelable. A rajatabla. Cualquier “fantasía” perniciosa o espontánea, cae en el olvido.

 Sin embargo, es este mismo afán de objetividad, quien contamina su planteamiento inicial, aquel que les sirvió para alejarse de periodistas y policías. Simon y Burns son incapaces de evitar confraternizar con los sujetos de su estudio. Día tras día, durante tres años, viéndoles salir del hoyo (o intentarlo) o caer aún más profundo, les lleva a crear una línea de afecto que, en muchos casos, acaba en amistad. Como mínimo, respeto y consideración. Entienden que son personas que han sufrido en el alma, los males de una sociedad descuidada, los efectos de familias desestructuradas, la falta de habilidades sociales en un ambiente hostil. No caen en ningún tipo de mitificación pero tratan de entender el dolor que les causa su adicción, evitando justificaciones baratas: “llegamos a este proyecto como periodistas, pero con el tiempo nos descubrimos preocupándonos por nuestros personajes más de lo que habríamos esperado”. […] “Esa posición imparcial queda muy bien sobre el papel, hasta que un día el periodista se enfrenta a un individuo tan enfermo y cansado que se desmorona ante él y pide, llorando abiertamente, que alguien lo lleve a la clínica. O hasta el día en que ese mismo periodista se lleva a un drogata lejos de la esquina para hacerle una entrevista de dos horas y este se pone enfermo a causa del mono. Si el adicto hubiera estado en su entorno, para entonces ya habría conseguido el dinero para la dosis”. La mirada de nuestros periodistas se ha humanizado con su contacto. Empatizan. Les ven, con todos sus defectos, como luchadores que tratan de abrirse paso en la vida a pesar de las manifiestas dificultades a las que tienen que hacer frente. Y unos saldrán vencedores de esta batalla por su vida, mientras que otros renquearán en la cuerda floja.

Especial predilección sienten por los verdaderos protagonistas de esta obra, la familia McCullough. La acción gira en torno a las vicisitudes de cada uno de sus miembros. Gary el cabeza de familia, divorciado, despreocupado de los suyos, quien de empresario prometedor pasa, en una vertiginosa espiral autodestructiva, a simple adicto que únicamente vive para conseguir los chutes necesarios para el día a día. Fran, la ama de la casa, divorciada de Gary, mantiene a sus dos hijos (sólo el mayor es de Gary) con lo que puede, más pendiente de su chute y de una buena fiesta. Vive en un bloque de pisos de ayuda asistencial con la mayoría de sus hermanos (adictos al igual que ella) y los hijos de estos. DeAndre, el primogénito, agotado de la guerra fría que sostienen entre sí sus padres, más preocupado por conseguir las Nike último modelo que de su futuro, es un chico inteligente que a punto de arrojar la toalla en la escuela para dedicarse a tiempo completo al trapicheo. Él es quien realmente trae dinero a casa de Fran, quien a veces se apiada de su viejo y le pasa un chute gratis.

Estamos ante una familia desestructurada en la que cada uno va a su aire. Y lo mismo que no hacen nada por remediarlo (a pesar de quererse, a su forma), tampoco lo ocultan. Se prestan al estudio, al seguimiento documental. No esconden nada en su interior. No tratan de ofrecernos un rostro de pega. Se presentan como los seres representativos de un modelo social, como los embajadores de un régimen dictatorial que exige parca obediencia. Así, serán analizados atendiendo a una estética y línea naturalista. Se nos revelan sus errores (DeAndre como padre adolescente), sus temores (Fran, está a punto de echar por tierra su recuperación por culpa de un amante que trata de arrastrarla consigo al fondo), sus dudas (Gary querría pasar desapercibido, que todos se olvidaran de él; su técnica del avestruz nunca funciona). Hay momentos de alegría manifiesta (Fran y su nieto), de superación personal (DeAndre se atreve a participar en un concurso de oratoria representando a su instituto), de lucha interior (Gary encuentra la forma de aunar un sentimiento de paz y su chute diario, adornado con filosofía de todo tipo).

Pero es la esquina quien amamanta a sus vástagos y cortar sus lazos es imposible: Fran peleará lo indecible por entrar en un programa de desintoxicación de la ciudad pero descubre que lo peor es hacer frente día a día a la tentación para no sucumbir. Gary se deja llevar, pasa de todo, no tiene la suficiente autoestima para dar un paso adelante. DeAndre y sus amigos, caerán finalmente en el consumo diario; comienzan sus idas y venidas de prisión. Siempre les va a vencer. Como a tantos otros antes –el gordo Curt o R.C., por ejemplo-, como tantos otros lo seguirán haciendo después. Es una batalla perdida.       

De todos modos, ninguno de nuestros autores quiere entrar en una moralina fácil, estilo melodrama televisivo barato. Uno de los elementos que ensalzan esta obra es su capacidad para desahogarse, de complementar su visión realista de las escenas, con momentos de lucidez reflexiva en los que se detiene la acción y se trata de aportar respuestas a las situaciones mostradas. Gracias al carácter dual de la crónica, los autores pueden exponer su opinión con respecto a ella. Pero no lo harán de una forma meramente subjetiva. Tratan de buscar, ante todo, un patrón que explique las devastadoras consecuencias del presente. En estos pequeños ensayos se acentúa el espíritu crítico y contestatario del libro. Ante todo no se presenta una actitud timorata ante las drogas. Como ya señalamos anteriormente, los autores manifiestan que la misma no es más que otra consecuencia directa del deshumanizado planteamiento capitalista que asola el alma de los Estados Unidos. Las ciudades que dejan de ser rentables, son abandonadas a su suerte. Las faltas de recursos sociales y educativos no hacen más que potenciar un nuevo negocio seguro: el tráfico de drogas.   

Otro de los factores que relacionan con este generalizado despropósito, es la figura del drogadicto. El mismo ha sido presentado siempre por los sectores de poder establecido, o bien como el enemigo a batir por el honrado ciudadano de a pie (el horrible monstruo que ha provocado el caos y la caída de la prospera sociedad de antaño; quien ha creado la pobreza, los robos y la incultura), o bien se lleva al paroxismo la imagen del ser débil, mediocre y lamentable, capaz de engañar a los suyos en pos del chute diario. Un hijo, un hermano, un amante drogadicto, la peor de las desgracias. Que no me pase a mí. Un mal al que se culpabiliza a la familia (no al entorno social) con un vedado retintín al estilo algo habrán hecho.

Simon y Burns rompen con estas imposiciones y adoctrinamientos maniqueos. La guerra contra las drogas se convierte así en un arma de doble filo que más que procurar la detención y condena de los auténticos culpables, se orienta a la persecución de ciudadanos que han tenido la mala suerte de errar en sus vidas. La solución al tráfico, es congestionar las cárceles. El aumento de detenciones de drogadictos sumidos en delitos de poca monta, no son más que lavados de cara estadísticos para limpiar, por encima, las conciencias de los cuatro poderosos de turno (que seguramente serán consumidores de mayor diseño; para vicios los colores). El problema continuara latente hasta que no se busquen soluciones desde un primer momento. Han de atajarse las causas, no las consecuencias: “que algunos de los que viven persiguiendo el próximo chute de heroína son auténticamente peligrosos está más allá de toda disputa; la primera ola de la epidemia nacional de drogas contribuyó a engordar las estadísticas de criminalidad a finales de los setenta y principios de los ochenta”. […] “Más que dirigirse a los verdaderamente peligrosos, más que concentrarse en los asesinatos, los tiroteos, los atracos a mano armada, los robos, hemos decidido dar rienda suelta a todas nuestras furias. Más que aceptar la decisión personal de consumir drogas como un hecho –y buscar una solución al estilo de la bolsa de papel para la cada vez mayor cantidad de gente que hay en la esquina-, hemos intentado vivir con arrestos en masa”. […] “hemos perdido la posibilidad de cambiar la cultura de las drogas, de modificar la conducta de aquellos que persiguen una dosis, de podar los actos más violentos del esquema mental de la esquina, de atraer a aquellos que puede que hubieran estado dispuestos a escuchar ideas como comunidad, tratamiento y redención”.

Un símbolo es ofrecido como una vía de solución: la manida bolsa de papel. No es un chiste. Ésta, ha sido un recurso fácil y acertado para “evitar” el alcoholismo en la calle. No se puede (al menos, de momento) impedir que nadie ejerza su derecho a emborracharse pero está prohibido hacerlo en la vía pública. Y no son pocos los que lo hacen. Los que se reúnen con los amigos y se toman una cerveza fría, o no pueden esperar a llegar a casa, o… lo que sea. Está prohibido, pues más llama la atención y el riesgo, como el mayor de los deseos que es a veces, alentaba al consumo. En un primer momento, aumentarían los arrestos considerablemente. Pero congestionar los calabozos, un día tras otro, con este tipo de delitos menores, era una pésima política de gestión de recursos. El policía de a pie, perdía el tiempo con el borrachuzo de turno. Y la cosa iría en aumento, todos ofuscados, hasta que a algún lumbreras se le ocurrió esconder su botella de alcohol en la típica bolsa de papel de supermercado y voilá! problema resuelto. Se mira un poco a un lado. Todos ganan y pierden: unos beben pero saben que pueden ser detenidos si se pasan de la raya; otros, tienen las calles más calmadas aunque se hayan visto obligados a ceder en su exceso de celo por el cumplimiento de la ley.

Simon y Burns asumen las limitaciones de dicho planteamiento en relación al mundo de la droga: “Pero sin equivalente a la bolsa de papel en la guerra contra la droga no puede establecerse un equilibrio en las esquinas, no se puede establecer un acomodo entre la subcultura de la droga y aquellos encargados de vigilarla, no se puede relativizar la contemplación de pecados y vicios. Sin la bolsa de papel, la animosidad y, en último término, la violencia son las únicas posibilidades de comunicación entre la policía y los vigilados, porque no hay proporción ni propósito posible para la diplomacia cuando la guerra es una guerra total”. […] “Pero podríamos habernos salvado de los costes psíquicos de ese conflicto –el total alejamiento de la clase más baja de su gobierno, el matrimonio de esa alienación con un despiadado motor económico y, finalmente, el nacimiento de una filosofía sin ley tan horrible y árida como era de esperar puesto que es hija del odio y la desesperación- si hubiéramos abrazado el sentido común que representa la bolsa de papel”[6].

Habrá que esperar unos años más para llevar a cabo la realización metafórica de dicho planteamiento. No será hasta la tercera temporada de The Wire, a través de un profundo discurso dirigido a su ayudante de la comisaría oeste, en el que el comandante “Bunny” Colvin reflexiona en alto con la posibilidad de establecer una zona libre de intervención policial que se establecería como lugar único todo el tráfico de droga de la zona. El tráfico menor de las esquinas quedaría desterrado, desaparecería. Las esquinas recuperarían su antiguo esplendor, serían de nuevo un punto de encuentro pero esta vez entre vecinos. Mientras, en una serie de bloques abandonados, elegidos ex profeso por el comandante, se crearía esa zona cero de exclusión, Hamsterdam (es evidente el juego de palabras: la meca del consumidor) como popularizaran sus parroquianos. En esta zona, acordonada por la policía, estará todo permitido (salvo delitos de sangre, agresiones y venta a menores) tanto la venta como el consumo libre por igual. La esquina alcanza así una dimensión como espacio propio y reconocible, adquiere su reconocimiento como entidad propia.

Asistimos por tanto, a la creación de un arduo escenario por el que pasa y desfila la comedia humana, en el sentido más estricto del término. Al igual que con Balzac, creador del término, estamos ante un arduo proyecto narrativo. La influencia de La esquina no sólo se extenderá a la de las páginas que componen este libro. En primer lugar, Simon junto a su amigo David Mills, desarrollarán el planteamiento de la miniserie de seis episodios The Corner. La misma, dirigida por Charles S. Dutton, se presenta como una fiel adaptación del libro. El control de Simon es, esta vez, absoluto. Se trata de un planteamiento personal en el que reproducirá con exactitud dicho ambiente. Esta vez, no se mostrará un producto descafeinado. Las imágenes serán hirientes si es necesario. Para suavizar la carga crítica, empleará actores profesionales para los papeles de sus protagonistas. Como curiosidad, advertir que ni Burns ni él asumen en la pequeña pantalla su papel. Al contrario, son sustituidos por la figura de un director de documentales quien desde el primer episodio nos comunica la intención realista de la obra. La cámara subjetiva del autor acompaña a nuestros personajes en su deambular por las inhóspitas calles de Baltimore.

El escenario para la futura creación de Simon y Burns, The Wire, está ya conformado. Será el lugar omnipresente que aúne las distintas visiones críticas de la ciudad de Baltimore: el campo de batalla para la guerra de la droga (temporada 1), el modelo a aplicar en el puerto (temporada 2), el arma de doble filo en la pelea política (temporada 3), la única escuela para muchos críos (temporada 4), el tema predilecto del periodismo sensacionalista (temporada 5). En torno a ella, girará una acción que, con el tinte policiaco de trasfondo, se ocupa ante todo del crecimiento moral o la caída en los infiernos de unos personajes orgullosos de sus raíces. Personajes como Bubbles (una especie de pícaro incapaz de hacer daño a una mosca; el alma más noble, únicamente confundida por tanta adversidad), Omar (la justicia callejera: un asesino que roba a traficantes), Stringer Bell (el cerebro del mundo de los negocios en las calles; alguien de los bajos fondos puede ser un auténtico hombre de negocios), de un lado, o, McNulty (la incapacidad para hallar un lugar propio en este mundo atroz), Moreland (un hombre hecho a sí mismo, recto bajo su peculiar mirada), Carver (consigue aprender que existe una delgada línea entre el mal y el bien), de otro, nos muestran a sus herederos directos. Gentes que se dejan el corazón a cada paso, que muestran todas sus facetas –sentido y sensibilidad- a flor de piel. La esquina, en definitiva, es ese rincón oscuro de nuestra alma que revela nuestros miedos más profundos, aquellos que de ser superados, nos ayudan a crecer, a superarnos a nosotros mismos.


Reseña por Javier Mora Bordel.





[1] En el capítulo Post Mortem de Homicidio escribe Simon: “Y luego, ese guión, que escribí a cuatro manos con David Mills, les pareció tan terriblemente oscuro y desesperanzador a los ejecutivos de la NBC que no permitieron que se rodara durante la primera temporada de la serie. Sólo un año después, durante los cuatro episodios de la segunda temporada, rodaron el episodio”. Dicho episodio, fruto de un primerizo, gano el Writer´s Guild of American.

[2] “o baltimbéciles, como algunos de nosotros los llamamos”, también en Post Mortem.

[3] Psychologically, he compared the experience of teaching to the Vietnam War. He found the experience profoundly challenging because of the emotional damage that the vast majority of his students had already experienced before reaching the classroom. He saw his primary role as instilling caring behavior in his pupils” Ed Burns en Wikipedia.

[4] ¿Adivinan que país del sur de Europa quiere copiar este modelo comprobado de fracaso académico? ¡Bingo! Spain isn´t different!

[5] Salvo caso contrario, esta y el resto de notas pertenecen al epílogo elaborado por los autores en la primera edición de La esquina.


[6] Extractos de la escena 3 del capítulo Invierno.