viernes, 18 de enero de 2013

RELATOS DEL PILOTO PIRX - Stanislaw Lem

Primera edición en polaco en 1968.
(La edición española parte en dos el contenido del volumen original. La segunda parte en castellano es Más relatos del piloto Pirx).
Editado en castellano por Alianza. 
Traducción de Laura Krauz. 
260 páginas.  

Sinopsis.

Estas historias publicadas originalmente entre 1959 y 1963 están todas protagonizadas por Pirx, un individuo que pretende ser un gran héroe de la era espacial, aunque no cuente para ello con cualidades especialmente brillantes. En estos relatos vemos como supera los diferentes problemas que va encontrando a lo largo de su carrera como piloto espacial, ya sea por un fortuito ingenio nacido de la necesidad, ya sea por el puro azar, Pirx sobrevive a las peores situaciones.

Comentario del libro.

La carrera literaria de Stanislaw Lem es bastante diversa tanto en su contenido como en su tono, aunque normalmente la crítica suele dividir su obra narrativa en dos categorías: serias o humorísticas. No obstante, estos relatos del piloto Pirx que hoy reseñamos aquí no pueden incluirse de forma definitiva en ninguna de esas dos categorías, ya que comparten características de ambas, habiendo relatos perfectamente serios, otros claramente humorísticos o incluso algunos que mezclan las dos actitudes. Lo que está claro es que estos relatos protagonizados por Pirx no pueden equiparse a los de Ijon Tichy, el personaje de obras como Diarios de las estrellas, Congreso de futurología o Paz en la tierra, donde el tono elegido por Lem no es tanto el humorístico como el grotesco, con muchos elementos fantásticos, delirantes y bufonescos que chirrían dentro de la típica ciencia-ficción y que llevan esas historias a la fábula moral o filosófica. 

En contraste, los Relatos del piloto Pirx pueden presentar situaciones humorísticas, pero siempre en el contexto realista y aparentemente científico tan propio de la ciencia-ficción dura. Así, los dos elementos básicos que nos encontramos en estos cuentos son: uno, la tecnología, aunque a eso le podemos sumar el medio en el que se aplica: el espacio exterior, la Luna, etc; dos, el ser humano infinitamente curioso, ambicioso y emprendedor, pero terriblemente vulnerable. El conflicto que surge entre ambos factores, la indiferencia del cosmos o de las máquinas frente a las limitadas capacidades del ser humano, son el hilo conductor de las aventuras de Pirx. 

Al parecer, Lem consideraba estos relatos como meros ejercicios de aprendizaje literario. Y la verdad es que en el conjunto de toda su obra, al fin y al cabo de una calidad tan excepcional, no podemos situar esta antología de relatos en los niveles más altos, pero eso no quiere decir que no tengan su valor. Si fueran de otro escritor con toda seguridad se verían de otra manera mucho más benévola, pero tratándose de Lem es inevitable echar en falta muchas de las cosas que sí encontramos en tantas obras suyas: la complejidad conceptual, el alcance filosófico, la especulación vertiginosa. Pero sin duda esta antología atesora muchas otras cualidades: giros argumentales impredecibles propios del mejor género detectivesco, bellas descripciones del espacio o de naves espaciales, golpes de fino humor, personajes interesantes, coherentes propuestas técnicas o científicas. 

En suma, pienso que son relatos muy entretenidos, concebidos y facturados muy sólidamente, imprescindibles para los seguidores de este autor y más que recomendables para los amantes de la ciencia ficción en general.
 
En breve acometeré la lectura de la segunda parte de esta colección de relatos, a ver que tal. 



Comentario de los relatos.

La prueba.

Sin lugar a dudas éste es el relato más descaradamente humorístico de la recopilación. En él encontramos a un Pirx que aún está en la academia y tiene que enfrentarse a su primera prueba de vuelo. Lem introduce al personaje presentándolo como un despistado irremediable, siempre con la cabeza en otro lado, pero aun así con el aplomo de los que se resignan a ser así y saben que los demás le sobrepasarán por mucho que quieran. El autor demuestra un talento avasallador para ironizar sobre el ambiente estudiantil, las novatadas, los profesores. Los diálogos y las ocurrencias graciosas se suceden sin parar. Por ejemplo, en un momento de desesperación de Pirx podemos leer: "¡Me ahorcaré!, pensó. No se le ocurrió que, debido a la ausencia de gravedad, ni siquiera aquella solución era posible."

La patrulla.

Pirx ya es un piloto con experiencia, ni de los mejores ni de los peores, pero con el suficiente oficio como para cumplir sus obligaciones con eficiencia. En la base de operaciones reina la incertidumbre, varios pilotos han sufrido accidentes mortales que son inexplicables. El piloto Pirx se encuentra de pronto con la oportunidad de encontrar la solución o perecer en el intento. Este es un relato que combina lo serio y lo humorístico consiguiendo un justo equilibrio. Vemos cierta evolución en el personaje, necesaria para poder situarlo en situaciones cada vez más complejas.

La albatros. 
 
Un relato muy corto y en este caso sin la más mínima intención humorística, más bien lo contrario, el tono es muy dramático. Lem aprovecha este cuento una situación que parece ser una constante en su obra: un conjunto de individuos que forman un equipo, cada cual con sus especialidades, deben enfrentarse a una situación límite, un enigma o como ocurre en este relato una catástrofe. Es el caso de novelas como Edén, El invencible, Solaris o La voz de su amo. A los personajes no parecen unirles tanto la camaradería o los afectos personales como la eficiencia y la profesionalidad, algo que Lem suele atribuir a los científicos o técnicos de sus historias.

Terminus.

En este cuento nos encontramos con un Pirx ya maduro que toma a su cargo una nave espacial inmensa, destartalada y con un pasado trágico. Las descripciones de los interiores de la nave son largas y barrocas, logrando una estética sucia que se adelanta a películas como Alien, con naves espaciales parecidas a grandes fábricas, mugrientas y oxidadas. Sin llegar al terror, el tono de este cuento es bastante siniestro, con un robot omnipresente que es portador de un inquietante mensaje. El final es magnífico. Para mi gusto este relato es de lo mejores del volumen.

Reflejo condicionado.

Este relato es muy curioso, ya que está dividido en dos partes bien diferenciadas. Transcurre en la época en que Pirx es aún estudiante. Primero vemos como debe superar la prueba de privación sensorial, práctica usada realmente en la investigación psicológica hace unas décadas o método de tortura. Las descripciones que ofrece Lem sobre la experiencia son realmente interesantes. Después la historia continúa por otros derroteros, con Pirx en una base luna donde ha ocurrido un grave suceso. A partir de ese momento, además de contar con amplias descripciones lunares y de las instalaciones humanas, Lem plantea la historia casi como un relato de detectives, con un enigma que desentrañar, unas pistas engañosas y una solución sorpresiva.

Reseña de Antonio Ramírez

sábado, 12 de enero de 2013

LA TRILOGÍA DE NUEVA YORK - Paul Auster

Primeras ediciónes en inglés entre 1985 y 1987
Editada en castellano por Anagrama.
344 páginas.

Sinopsis.

Este volumen recoge tres novelas cortas. La ciudad de cristal: Una misteriosa llamada telefónica provoca que un escritor de novelas policiacas entre de lleno en los misterios del lenguaje y la identidad; Fantasmas: Un detective recibe el encargo de vigilar a un hombre que no hace practicamente nada; La habitación cerrada: La misteriosa desaparición de un amigo de la infancia confronta a un hombre con sus recuerdos.

Comentario del libro.

Hace poco decidí releer alguna cosa de Paul Auster y que mejor que probar con la llamada La trilogía de Nueva York, formada por La ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada, los tres primeros libros que leí de este autor. Y ahora que lo he hecho puedo decir que han vuelto a fascinarme casi tanto como la primera vez, pero no de la misma manera ni por los mismos motivos. 

Como otros tantos lectores de mi generación, “caí en las redes” de Paul Auster allá a mediados de los años noventa. Un amigo me lo recomendó como un autor misterioso, algo raro, “Te va a gustar”, me dijo. Y vaya si me gustó. El palacio de la Luna, La invención de la soledad, La música del azar, etc. Los libros se sucedieron durante una buena temporada, pero en un momento dado mi entusiasmo por Auster empezó a decaer. Cuando salió El libro de las ilusiones no puedo decir que me disgustara del todo, pero me decepcionó bastante, y a partir de ahí no he vuelto a leer nada suyo que me gustara, de hecho dejé de prestar atención a sus novedades. Pero mentiría si no admitiese que los tres libros que forman La trilogía de Nueva York son altamente valiosos no ya solo como novelas, sino como inequívocas señas de identidad de una época muy concreta. 

La editorial Anagrama vende estas novelas como thrillers y lo cierto es que pueden adscribirse perfectamente en ese género, aunque de una forma muy peculiar, pues el lector queda envuelto en una oscuridad que aparentemente apunta a algo mucho más sofisticado que el típico misterio de las novelas de suspense de toda la vida. El problema es que al final ese misterio no es para tanto, pues en un comienzo la lectura parece encaminarnos hacia algo muy grande, una resolución muy profunda y trascendente, pero después resulta que solo eran fuegos artificiales literarios. Auster se desvela como un hábil manipulador de palabras, un malabarista de conceptos e ideas que sin duda son muy interesantes e estimulantes, pero a mi entender todo queda en una colección de reflexiones y vagas referencias con erudita apariencia insertadas en una trama que te puede gustar más o te puede gustar menos, pero que como conjunto no tiene la suficiente solidez. Pero espero que no se me malinterprete, opino que esta circunstancia no resta valor a los tres libros. Paul Auster no hace más que cumplir su papel de narrador en un mundo donde los misterios han sido abolidos según la versión oficial y donde la aventura en las ficciones supone poco más que revolcar a los personajes en las ruinas de una realidad en descomposición. Él, como paladín de la novela posmoderna, y nosotros, como lectores en un mundo al parecer rendido a los ideales posmodernos, solo podemos limitarnos a poner en funcionamiento e interpretar como buenamente podamos este juego de apariencias y simulacros en que se ha convertido la literatura. 

Muchos de los libros de Auster están llenos de referencias autobiográficas, algo que abunda en La trilogía de Nueva York. De hecho podría decirse que estos tres libros son algo así como un viaje a las interioridades de este autor, y a un nivel más complejo como una puerta abierta a sus procesos creativos. Pero esta relativa transparencia deja paso a un enigma, un muro de oscuridad que para bien o para mal termina por convertirse en el verdadero protagonista de la lectura. Auster se muestra infinitamente honesto en su papel como narrador, podría ofrecernos una historia que nos entretenga sin más, un thriller con asesinatos y romances sórdidos, o una fantasía de cuento de hadas con apariencia adulta (tal y como hace en El palacio de la Luna), pero prefiere arriesgar el todo por el todo desnudando sus interioridades y rebelando una vaciedad e impotencia que no disimula en ningún momento, la misma vaciedad que está presente en el núcleo de toda la cultura que nos rodea. 

Todo lo que nos cuenta, las historias en sí y todos sus personajes, cumplen su función determinada en una especie de juego de espejos donde el reflejo principal es el propio Auster. De hecho, en La ciudad de cristal el autor mismo figura explícitamente como personaje (en los otros dos libros también, pero de forma más simbólica o velada). En un momento dado, este personaje (que repetimos es él mismo) expone una rebuscada teoría sobre Don Quijote de la Mancha que versa sobre la que podría ser la verdadera autoría de la obra y la posible realidad histórica de su contenido. Pienso que este pasaje sirve a nuestro autor para poner sobre la mesa algunas de las claves de interpretación para la trilogía al completo. No es que Auster quiera compararse con Cervantes, vale que es un escritor tendente a la automitificación, pero afortunadamente a tanto no llega. Simplemente pretende hacer un ingenioso paralelismo: Don Quijote fue una de las obras que abrieron paso a la literatura moderna; en contraposición, la literatura de Auster es considerada como el paradigma de la literatura posmoderna, la reafirmación a niveles populares (y desde luego comerciales) de una actitud que pretende romper con la larga tradición literaria iniciada con la obra de Cervantes. No queda claro hasta qué punto Auster se suma con gusto a ese proceso de ruptura, pero ciertamente no es un Borges que deseoso de demostrar sus raíces juega y retuerce las ideas cervantinas sin dejar de rendir a la vez completa pleitesía. 



La verdad es que con esta trilogía Auster expresa muy contundentemente su impotencia para convertirse en un creador de mitos consistentes, a cambio de quedarse en vocero de la desintegración contemporánea. Exponiendo su teoría del Quijote lanza un mensaje a su público: ya no podemos leer libros como se leían en el siglo XVII. El Quijote es el arquetipo del lector moderno, aquel que se impregna de lo que lee y a la vez sirve de motivo para nuevas historias, símbolo de una sociedad que comenzaba a retroalimentarse con sus propios productos culturales (los libros impresos en serie y con fines seculares) a unos niveles que la cultura tradicional oral o de los copistas religiosos no había conseguido nunca. La literatura como forma de expresión, fuente de conocimiento e identidad para generaciones y generaciones de lectores. En cambio, la posmodernidad supone el cuestionamiento de toda esa reserva de intersubjetividad acumulada. El relativismo, como dogma de fe que a la vez niega todos los dogmas. 

Así pues, Auster, como buen autor posmoderno, nos ofrece una novela que destruye las bases de la literatura tradicional poniendo en cuestión la sacrosanta relación entre autor y lector. “Aquí está mi novela. ¿Qué vas a hacer con ella?”, parece decirnos. Ante una obra que parece negarse a sí misma, lo más fácil es caer en la trampa de simular que estamos ante un libro más, una historia para pasar el rato y hasta cierto punto envolvernos en su halo de trascendencia. Con ello no haríamos más que reafirmar nuestra condición de fantasmas, aquellos a los que hace referencia el título de la segunda novela de esta trilogía, livianos habitantes de un mundo que se pretende sin amarres, cada vez más rendido ante lo virtual y lo efímero, sin verdades, sin utopías, sin identidades. En suma, Auster parece decirnos que si estos libros produjeran Quijotes sin duda serían demasiado ridículos como para motivar ninguna historia, ningún mito. 

Pienso que la única reacción coherente ante estas novelas es la de tomarse la revancha con ellas, rebelarse ante la vaciedad que dejan ver. De otra manera sería (exponiendo un paralelismo, lo admito, muy rebuscado, pero que aun así me parece adecuado), como esos fans de la película Matrix que están felices de encontrar analogías de esa película en el mundo real, deseosos de hundirse de una vez por todas en la total realidad virtual. 

¿Cuáles son las intenciones de Auster al plantear esta trilogía? ¿Hacernos reaccionar o que nos regodeamos en la vaciedad de su literatura? ¿Que aceptemos los términos de la posmodernidad o que nos rebelemos ante la levedad del ser que estipula?
Vayamos por partes: 

La Ciudad de Cristal es un escrito que puede considerarse bastante experimental, en él se mezcla lo narrativo con lo teórico de una forma casi inseparable. Auster lanza todas sus propuestas principales centradas en la indigencia del lenguaje o la identidad. Hasta cierto punto podemos pensar que está de nuestra parte, que desea situarnos en un contexto lo suficientemente explícito como para que tomemos conciencia de su vaciedad. La segunda novela, Fantasmas, es un libro mucho más esquemático, lo narrativo, la historia en sí, queda reducido a un esqueleto donde solo queda lo básico para poder seguir considerándolo una novela. Una vez más se reafirma la sensación de que Auster es un saboteador de la literatura posmoderna que actúa desde dentro. Este pequeño librito de 126 páginas es, por tanto, algo así como un artefacto explosivo. Esencialmente se nos repite lo mismo que en la anterior novela, aunque añadiendo nuevos matices. Los personajes parecen intercambiables, no tienen nombres verdaderos, la realidad de confunde con lo literario como un pez que se muerde la cola. 

Pero después llega La habitación cerrada y ya no puedo evitar el sentir que Auster nos ha traicionado. La conspiración no ha llegado a término, en el camino nuestro agente doble se ha vendido al enemigo sin solución alguna. Por lo pronto, la habitación cerrada es mucho más novela que las otras dos, cuenta una historia más definida, describe mucho más las motivaciones y sentimientos de los personajes. Esto, por supuesto, no es nada negativo en sí mismo. Pero la cuestión es que la trama pretende dar sentido a los libros precedentes, cerrando el círculo argumental y englobándolas de alguna manera. Para ello el autor hace, en mi opinión, muchas trampas y cae en una simpleza que hasta ese momento parecía impensable, hasta un punto que con esta tercera novela hace precisamente aquello que solo bordeaba en las anteriores: caer en la complacencia. Donde en La ciudad de cristal y Fantasmas explicitaba la vaciedad mediante auténticos manifiestos tan teóricos como literarios, dando al lector herramientas para reflexionar, en el tercer libro pasa a su mera escenificación, pero no como ejemplificación de lo que antes expuesto, sino para anular de un plumazo el poder crítico de los otros dos libros. Al recuperar la normal relación entre autor/lector nos da la oportunidad de acomodarnos en la lectura. 

En fin, quizás Auster nos avisaba de sus verdaderas intenciones ya desde un principio, cuando en La ciudad de cristal se describe a si mismo tras haber soltado una serie de reflexiones con aires de sabiduría:

“Auster se recostó en el sofá, sonrió con cierto irónico placer y encendió un cigarrillo. Era evidente que estaba disfrutando, pero a Quinn se le escapaba la naturaleza precisa de aquel placer. Parecía una especie de risa muda, una especie de chiste que no llegaba a su culminación, un regocijo sin objetivo.”


Así pues, es el propio lector, ya sin la complicidad del autor, quien debe establecer su propia emancipación, quien debe rechazar su pasivo papel de jefe de ceremonias de este simulacro de sofisticación y trascendencia que es la literatura contemporánea. No obstante, si así lo prefiere, puede tomarse el libro como un entretenimiento más en un mundo donde tomarse las cosas demasiado en serio es un pecado. 

Reseña de Antonio Ramírez

OLVIDADO REY GUDÚ - Ana María Matute

Primera edición en castellano en 1996.
Editada por Espasa Narrativa.
869 páginas.
 
Sinopsis

En el remoto reino de Olar la joven reina Ardid prepara a su hijo para la venganza, consciente del dolor que ésta va a causarle. La infancia, el olvido, el amor y el desamor, la magia, las promesas y la crueldad del ser humano son los temas que recorre esta novela de Ana María Matute.

Comentario del libro

Olvidado rey Gudú es un libro de una belleza bastante singular y de naturaleza inclasificable, mezcla de cuento de hadas y novela de fantasía, parece dirigido a lectores de una edad difícil de establecer. Además, sus primeras setenta páginas resultan una lectura bastante enojosa, por la sucesión de personajes esbozados en una acumulación casi sin hilo conductor, sin embargo, esta escritura acelerada cambia radicalmente cuando aparece su protagonista y comienza verdaderamente la historia. En el extraño Olvidado rey Gudú se unen personajes infantiles de una inocencia abrumadora con unos adultos que espían sus movimientos sin comprender las risas, los juegos y la inconstancia de los niños, por eso su princesa no puede más que llamarse Tontina. Y para rematar el desconcierto, conforme avanza la obra, ésta se va sumergiendo poco a poco en la desolación de la vejez de unos personajes que han perdido todo en manos de un destino absurdo. 

Ana María Matute sigue la tradición de los cuentos de hadas con esa combinación de inocencia infantil y crueldad de los mayores, quienes arrojan a los niños a la edad adulta a través del desprecio, la falta de amor o el olvido. Parecería que el ser humano cae consciente o inconscientemente en esta forma de actuar, introduciendo así el mal en el mundo, sembrando el dolor en los seres más inocentes, es decir, en los niños y los amantes. 

De este modo, Matute nos presenta un universo en el que las personas, a pesar de compartir las pasiones (el amor o la sed de aventuras), acaban dividiéndose en la clásica distinción entre malos y buenos, tal y como los niños comprenden el mundo que les rodea. Los malos, con una oscuridad innata que anida en ellos, que repele y exhala daño, están movidos por fuerzas incomprensibles que les llenan de pena, que les provoca la frustración por la que son tan ruines. Como el pequeño Gudulín, ese príncipe borracho, torpe, pálido y desmañado que se recrea en el descuartizamiento de pequeños animales y en la tortura de la única criatura que le quiere, el Trasgo. Unos malos que son imbéciles, desvalidos e incapaces de superar sus taras. 

Mientras que al otro lado se encuentran las víctimas de los brutales ataques, los inocentes que no saben protegerse, que no pueden hacer otra cosa que sucumbir en ese afán de preservar su propia bondad y ante la ausencia de alguien que les proteja. La impunidad rodea al mal, aunque de vez en cuando alguien es castigado, justo a tiempo de permitirnos creer en la necesidad de la justicia. 



Solo la reina Ardid trata de escapar a esta dualidad estancada e intenta superar el dolor sufrido a través de una trama de venganza en la cual sabe que conseguirá que caiga su odiado rey, pero también ella misma, pues el mal no se siembra impunemente. El conjuro que pone en marcha Ardid es aquel imposible de cumplir, el que se romperá de la manera más dolorosa e inevitable. Y ella misma acabará por darse cuenta de su fracaso y su incapacidad maternal para salvar a los suyos. 

Mientras tanto, Matute presenta, de manera constante y desde diferentes enfoques, esas dos pasiones que son el amor y la atracción por lo desconocido. Los bárbaros con su fuerza indomable, su voluntad inquebrantable y su belleza son la fuerza atractora para los reyes conquistadores. El misterio que rodea a las mujeres bárbaras y su indocilidad sexual es la razón última que empuja a la guerra más sanguinaria y estúpida. En este universo opresivo, el fabuloso dragón aparece prometido y nunca visto en el temblor de la tierra, en la fuerza de los hombres y en la sangre derramada. Por otro lado, el amor es tanto momento de tránsito a la edad adulta, de pasión platónica con esa predestinación mágica que reúne a los amantes, como en la historia de Tontina y Predilecto. Y, sin embargo, en la perspectiva contrapuesta, Matute coloca el placer sexual más hedonista, ese que ciega a Ardid en la isla de la reina Leonia, cuyo trasgresor placer la provoca el olvido del verdadero amor que aguarda su vuelta. En este sentido, la obra resulta innecesariamente moralista, pues el sexo acaba convirtiéndose en otra de las formas de hacer daño, un modo inconsciente, quizá difícil de evitar, pues viene disfrazado de goce. 

El reino húmedo, oscuro, pobre y triste de Olar bien podría haber sido una metáfora de la España de posguerra que tanto ha retratado Matute y en este caso a nadie le extraña la necesidad de que dicha historia sea barrida por el olvido sin dejar rastro. Es difícil abandonar Olar, su tristeza y el declive de sus protagonistas acaban por dejar un gustoso regusto amargo en la memoria.

Reseña de María Santana

martes, 8 de enero de 2013

EL FIN DE LA INFANCIA - Arthur C. Clarke

Primera edición en inglés en 1953.
Editada en castellano por Minotauro.
Traducción de Luis Doménech.
225 páginas.

Sinopsis.

La humanidad ha entrado por fin en contacto con una especie alienígena. Este encuentro puede suponer el fin de la especie humana y el comienzo de algo muy diferente.

Comentario del libro.

La novela El fin de la infancia de Arthur C. Clarke fue publicada en el año 1953, y se encuentra dentro de lo que se ha clasificado como primer periodo del autor, este periodo está formado por las novelas utópico/humanistas y entre ellas se sitúan también La ciudad de las estrellas y 2001: Una odisea espacial. Todas estas novelas se centran en el desarrollo de ideas en torno al origen y evolución de la humanidad, el fin de la historia o el sentido del devenir humano y están recorridas por ciertas nociones de sabiduría clásica, de admiración encantada, que la acercan a veces más a la religión que a la filosofía. No obstante El fin de la infancia es lo que se ha dado en llamar una “novela de ideas”, pues lo más importante dentro de ella no serán ni la construcción de personajes, ni la psicología, ni el estilo, siendo todos ellos muy parcos, sino la puesta a prueba de determinadas ideas filosóficas y, en este caso, humanistas. 

Arthur C. Clarke cuenta de una manera muy directa y poco artificiosa el tutelaje que ejerce una raza superior extraterrestre sobre los humanos. Un tutelaje que resulta irritantemente paternalista, pero que consigue un tiempo utópico de paz sin precedentes, unido a un estancamiento intelectual y científico. Los extraterrestres no necesitan usar la fuerza para imponerse, tan sólo el tono de amenaza y el misterio que los rodea atemoriza al ser humano para que abandone cualquier tipo de agresión hacia ellos o nuestros semejantes. Es sorprendente el punto de vista desde el que se lee la utopía en esta novela, cómo el ser humano no puede hacerse cargo de sí mismo y tiene que renunciar a progresar culturalmente si quiere disfrutar de la anhelada convivencia pacífica. Así, de hecho, una de las primeras prohibiciones que realizan los superseñores es la de emprender viajes espaciales, todo ello con la intención de protegernos de aquel conocimiento nocivo o que nos desvíe de nuestro verdadero fin, un fin que queda oculto hasta las últimas páginas. 

Con respecto a la visión que tiene del estado utópico podemos decir que se acerca mucho a otra de las utopías paradigmáticas en la literatura más reciente, que es la La isla de Adous Huxley. En esta obra publicada casi diez años después, pero en la que se puede encontrar cierta influencia, se plantea el modo de vida idílico como una vuelta a la economía de subsistencia, a una existencia sencilla, lejos de las estridencias contemporáneas, en el que el bienestar es tan generalizado que las obras de arte, entendidas como forma de evasión, se han agotado. Arthur C. Clarke plantea algo similar en su novela, por eso el ser humano siente un primer momento de fascinación por los avances tecnológicos extraterrestres, deseando manejar y acumular el máximo posible, mientras que, una vez pasado ese primer momento de euforia consumista se llega a cierto desengaño y se produce una vuelta a modos de vida más cercanos a la naturaleza, lejos de los artificios y buscando cierta esencia perdida en la que residiría una verdadera humanidad. Este movimiento de adoración técnica y posterior búsqueda del contacto directo con lo real parece fascinar a los extraterrestres, quienes observan cautelosos, conscientes de la necesidad de ese tránsito para alcanzar el más alto grado de desarrollo humano. La utopía así se convierte en un remanso de paz y bienestar, pero también en un paradójico estancamiento de lo supuestamente característico del ser humano, su alta cultura científica y artística. Se maneja una concepción del arte muy similar a la freudiana, pues en él se canalizarían todas las energías resultantes de la frustraciones que el hombre acumula en su existencia. El arte resultaría nada más que una escenificación de la tragedia esencial del ser humano y, obviamente, ni Huxley ni Clarke valoran de forma negativa este renunciar estético sino que se afanan en un ideal casi budista de alejamiento de los brillantes oropeles del vano materialismo. Por eso no son de extrañar las numerosas referencias a la cultura india que acumula La isla (con esa práctica de la meditación y el alejamiento de lo real budista) o la emulación de la Grecia clásica que desarrollan algunos de los pobladores de la tierra en la novela de Clarke. 



Una década después de la publicación de esta novela, Clarke defendía en su Tercera ley del libro de difusión científica Perfiles del futuro, que Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia, y bajo este halo de poder oculto se presentan los superseñores, produciendo un primer momento de curiosidad, sobrecogimiento y sospechas en unos seres humanos que empezaban una tímida carrera espacial y desconocían casi todo de las estrellas. Pero ese halo mágico de la tecnología no son más que restos de la irracionalidad religiosa que para Clarke no pueden ser desterrados más que por el uso de la razón y la ciencia, único conocimiento capaz de mostrarnos la verdadera faz de lo real. De ahí el retraso con el que se aparecen los superseñores ante los seres humanos, pues su aspecto no es otro que el de la figura mítica del diablo (aunque esto no constituye ninguna sorpresa dentro del libro), dando sentido a la idea del ángel caído como fuente de conocimiento y extinción de la humanidad. 

Los superseñores cumplen de forma rigurosa el deber de parteras de la nueva humanidad que les ha sido encomendado por una inteligencia superior desconocida e inaccesible para el ser humano. Dicha inteligencia acaba cumpliendo en la novela el papel de un dios cruel y terrible que viene a desposeernos de lo más valioso cual flautista de Hamelin. A través de estos superseñores el libro acaba mostrando lo limitado de nuestro pequeño sistema solar y de nuestras finitas y estancadas vidas individuales que sólo anhelan una felicidad personal. Y en completa oposición a este individuo egoísta se presenta el nuevo ser gestaltico quien trasciende esa singularidad del yo para emprender un contacto con la totalidad del universo. Es curioso que en esta solución se acerque a una novela contemporánea como fue Más que humano de Theodore Sturgeon en la que el protagonista final es también la infancia conformando una especie de superhombre integrado por diferentes individualidades, siendo el resultado más que la suma de las partes. 

El fin de la infancia es, por último, una obra singularmente triste o melancólica en la que nos vamos despidiendo del patético, inútil y sentimental ser humano para dar lugar a un transhumanismo dolorosamente ajeno. Brotando de nuestro mismo seno una última niñez incontrolable, irreconocible, peligrosamente indiferente y distanciada que nos hace completamente obsoletos. Esa nueva humanidad recuerda mucho a la infancia nietzscheana que superaría definitivamente al limitado y contestatario león, así como se afirma en el Zaratustra: Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí. Y en ese “santo decir sí” se arrasa con todo lo obsoleto y la infancia se autoexpulsa del Mundo en una trascendencia concreta y tangible. Conforme nos acercamos al final del libro, éste se vuelve angustiosamente insufrible con la figura de un Prometeo que ha estado persiguiendo la sabiduría, el liderazgo del pionero, que lo ha arriesgado todo, ha desafiado a sus protectores para, en último término, no conseguir nada. Sólo logra regresar a tiempo de contemplar el final de la Historia, un último humano que ha perdido interés hasta para los superseñores y para el que lo existente se ha convertido en algo inasible e incomprensible. Subyugado por ese glorioso final, nuestro Prometeo permanece impasible mientras nosotros no podemos más que rebelarnos contra ese fin aumentando así nuestro patetismo.

Reseña de María Santana

UN MUNDO FELIZ - Aldous Huxley

Primera edición en inglés en 1932.
Editada en castellano por DeBolsillo.
Traducción de Ramon Hernandez.
254 páginas.


Sinopsis.
 
En un futuro distante el mundo se ha transformado en un mecanismo perfectamente diseñado para el control de los individuos. La sociedad se haya dividida en clases bien diferenciadas que funcionan en aparente armonía, sin conflictos sociales de ningún tipo. La felicidad reina en un mundo sin peligros ni sobresaltos. Sin embargo, Bernard Marx no es feliz, se siente al margen de su propio mundo.

Comentario del libro.


Leer Un mundo feliz ha resultado una experiencia sumamente interesante, es un libro plagado de ideas, conceptos y reflexiones que lo hacen una lectura apasionante y que sin duda justifican su estatus de clásico imperecedero. Pero lo cierto es que esta novela puede dejar mucho que desear respecto a sus cualidades literarias o artísticas, tanto la historia como los personajes que se mueven por ella resultan cuanto menos artificiales y hasta grotescos. Como novela filosófica que es, su contenido no es más que un vehículo para las tesis planteadas por Huxley, tal y como ocurre con otras novelas de la época con intenciones similares, como por ejemplo El Extranjero de Camus, no hay un excesivo esfuerzo por embellecer el texto, cuidar las descripciones o hacer más eficiente la narrativa o los diálogos, la principal intención es transmitir una idea de la forma más directa posible.
 
Por otro lado, se suele juzgar este libro como ciencia-ficción, pero hacerlo sin más, esperando que cumpla las cualidades que solemos suponer en ese género, puede ser un error que repercuta en su apreciación. Por ejemplo, se suele hablar mucho del acierto o no de las previsiones que Huxley lanzó sobre el futuro, incluso el propio autor habla de ellas en el prólogo (escrito veinte años después de la primera edición), señalando la ausencia de una descripción más detallada del uso de la energía nuclear.
 
Pero creo que si esta novela es valiosa no se debe tanto al ingenio del autor para acertar en la ciencia y la tecnología de un tiempo que estaba por venir, como por saber apreciar el verdadero espíritu del desarrollo científico de su época. Es decir, lo que Huxley describe como algo futuro no es más que la extrapolación de que lo ya estaba ocurriendo cuando estaba escribiéndolo, evidentemente llevándolo a sus posibles consecuencias más extremas.
 
Mediante una descripción de apariencia futurista, posible gracias a las licencias literarias de la ciencia-ficcción, el autor reflexiona sobre la sociedad capitalista de su momento, consiguiendo plasmar antes que muchos otros escritores (aunque es verdad que apoyándose en toda una vieja tradición de pensadores antagonistas, ya sea en un sentido progresista o reaccionario, al capitalismo) una crítica al sistema económico de occidente. El autor se sitúa así en una posición analítica que sorprende por su lucidez, especialmente en lo que respecta a la cuestión del desarrollo del fordismo (la fabricación en serie) como la clave para crear nuevas formas de dominación y control social. Huxley supo ver en esa determinada faceta de la industria de su tiempo el germen de un cambio generalizado que terminaría por colonizarlo todo.

Como otros pensadores de principios del siglo XX (como por ejemplo Walter Benjamin) Huxley dilucida el discurso demagógico (y tan americano) de que fabricar en serie es sinónimo de democratizar el mercado y el consumo, para extraer de ello una denuncia de la homogenización de la vida cotidiana en todos sus aspectos. Igualmente supo realizar un hiriente análisis de la no neutralidad de la ciencia y de como ésta se ha complementado interesadamente con el desarrollo del capitalismo. Doctrinas como la psicología conductista, las distintas teorías deterministas de clasificación fisiológica o genética, la aplicación de la cibernética a la economía, el desarrollo armamentístico gracias a la técnica, etc., no son casuales sino inherentes al régimen que los necesitaba para imponerse.

Si bien, como ya decíamos antes, el propio Huxley no tiene en excesiva consideración las consecuencias del uso de la energía nuclear, algo que ha sido crucial en el devenir del actual orden mundial, si lo hace con las aplicaciones de la ciencia en los medios de comunicación o en la farmacología. En Un Mundo feliz, capitalismo y ciencia se retroalimentan sin un límite claro donde separar una cosa de la otra, algo que podemos ver a nuestro alrededor en estos momentos, por ejemplo cuando alguien lee esta reseña en internet. 

Lo cierto es que el mundo que actualmente vivimos no es muy diferente (salvando los detalles más extremos o melodramáticos) de lo que propone Huxley, aplicando la misma lógica que en la fabricación en serie, la sociedad capitalista se ha desarrollado como un culto a la homogenización, donde lo fabricado en cadena es sinónimo de normalización y estabilidad. De igual manera la cultura, la sanidad, la administración del tiempo de ocio, y tantas más cosas, pero muy especialmente el mercado y el consumo, tienden a estar controlados por un espíritu de homogenización. Por ejemplo, el hecho de que millones de niños jueguen a la vez con la misma videoconsola y posiblemente con el mismo juego, o que millones de personas vean el mismo programa de televisión en el mismo momento, percibiendo las mismas imágenes y el mismo mensaje ideologizado, puede verse como todo un triunfo del espíritu fordista que no solo ha logrado fabricar y vender millones de aparatos idénticos, sino que para ello ha sabido condicionar los deseos y consciencias de millones de individuos. 

En mi opinión esta novela se mantiene con más vigencia que esa otra célebre distopía que es 1984. Quizás sea porque Orwell describe un sistema totalitario mucho más claramente opresivo, un totalitarismo en un sentido muy literal que llevó inmediatamente a muchos críticos a identificarlo como metáfora del comunismo soviético o el nazismo, obviando en ese análisis (ya sea por comodidad o por interés) cuanto tiene de totalitario el sistema denominado democrático. Pero lo cierto es que tanto Orwell como Huxley aluden al totalitarismo basado en el subterfugio (en el caso del primero mediante la manipulación de la información o la ausencia de libertad, en el caso del segundo mediante el condicionamiento y el clasismo) que lleva a los individuos a aceptar de buen grado su condición de dominados. Orwell imagina un futuro de opresión mantenido mediante la satisfacción de artificiales sentimientos nacionalistas y de sumisión (el odio al eterno enemigo, la adoración al líder), ofreciendo con ello un efectivo análisis de la dominación ideológica que en principio es impuesta con la fuerza, después es mantenida con la vigilancia y finalmente es asumida voluntariamente por los propios dominados.
 
Así, la vida en 1984 está enteramente asfixiada por un sistema ideológico que ha logrado alterar el conocimiento de la historia, que ha manipulado el lenguaje y que ha logrado imponer el miedo hasta un punto en que que parece no haber alternativas. Por su parte, Huxley logró colar en la vida cultural de su época, normalmente tan aburguesada y complaciente, una potente crítica a las bases de la sociedad occidental que difícilmente puede equipararse a regímenes como el soviético o el nazismo, pues propone un tipo de sociedad que deja espacio para el placer o incluso para cierta libertad, aunque solo sirva ésta para satisfacer impulsos infantiles y faltos de responsabilidad.
 
Extrapolando el auge del hedonismo ya presente en la cultura de masas de su propia época, Huxley idea una sociedad que obliga a sus miembros a ser “felices” dentro de unas reglas precisas, que garantiza al individuo su solaz gracias al condicionamiento más extremo desde antes del propio nacimiento. Es una sociedad donde no hay oportunidad para la aventura o la rebelión, a cambio de la abolición de todo riesgo natural o social. Y más importante aun, los deseos han sido llevados a un grado de mediocridad que difícilmente pueden convertirse en motivo de conflicto. Así, a cambio de la voluntaria (y de hecho no consciente) homogenización y clasificación social, los individuos reciben placeres garantizados bajo una moral lo suficiente relajada como para propiciar el consumo de drogas o la promiscuidad sexual.
 
En comparación, la sociedad policial de 1984 impone un condicionamiento más limitado. Los individuos son forzados a la sumisión de una forma más explícita, el aparato policial es mucho más complejo. Según en que circunstancias de ruptura ideológica o existencial los individuos de 1984 pueden terminar por abrirse a deseos que podríamos considerar como naturales en el ser humano, provenientes del ansia de libertad y placer. Pero en Un mundo feliz difícilmente puede existir esa semilla de rebelión, puesto que el deseo es controlado mediante su inmediata banalización, las necesidades son diseñadas para que el individuo sea feliz con lo que se le ofrece por muy mediocre y homogenizado que sea. 
En fin, hay en esta estupenda novela mucho sobre lo que hablar largo y tendido: el papel de El Salvaje que sirve de contrapunto a los “civilizados”, la falta del complejo de Edipo en un mundo sin padres ni madres, el uso de drogas (y el muy interesante y cambiante punto de vista de Huxley sobre este particular a lo largo de su carrera), los aspectos más estrictamente políticos del libro, la influencia de este libro en algunas corrientes de pensamiento críticas o incluso libertarias, etc, etc. Pero hacer un análisis exhaustivo de tantos temas sobrepasaría la capacidad de un servidor. Y, al fin y al cabo, lo más importante es que cada cual saque sus conclusiones sobre este libro tras leerlo.

Lectura imprescindible.


Reseña de Antonio Ramírez

lunes, 7 de enero de 2013

UNA MUJER ENDEMONIADA - Jim Thompson

Primera edición en inglés en 1954.
Editada en castellano por RBA.
Traducción de Antonio Padilla.
210 páginas.

Sinopsis.
  
En el camino de Dillon, un perdedor nato, se cruza una muchacha que está siendo obligada a prostituirse. Ayudarla a escapar puede significar encontrar el amor de su vida y quizás tener el dinero que siempre ha soñado. Pero las cosas nunca son como uno se espera. 

Comentario del libro. 

Me gusta ver a Jim Thompson como el Philip K. Dick de la serie negra. Ambos escritores comparten ciertas circunstancias muy parecidas. Por poner unos ejemplos: En la actualidad son bastante populares por haber sido muy adaptados (con mayor o menor fortuna) por la industria del cine, sin embargo apenas conocieron las mieles del éxito estando vivos. Los dos son considerados poco menos que autores malditos, ya sea por las tribulaciones de sus vidas, ya sea por las peculiaridades de su literatura. Condenados a un género popular, ambos tuvieron que ganarse el pan escribiendo a contrarreloj multitud de novelas baratas de bolsillo. Los aficionados y críticos franceses, siempre tan avispados, no dudaron en catapultar sus libros a la categoría de culto, después, ya a un nivel internacional, la fama de ambos autores iría creciendo hasta la cima del mundillo intelectual, siendo con el tiempo objeto de multitud de concienzudos estudios y tesis universitarias. Y aun hay algunas similitudes más, como el hecho de siempre hay cosas interesantes que aprovechar en sus novelas, incluso en las consideradas menores. 

Y esto último es lo que ocurre con Una mujer endemoniada. Puede que sea una injusticia calificar esta novela como menor, pero sin duda no alcanza las excelencias de algunas de las mejores obras de Thompson, como pueden ser Los timadores o El asesino dentro de mí. En todo caso, aun siendo una novela con altibajos, lo cierto es que se disfruta enormemente y cuenta con muchas de las características que hacen de Thompson un escritor tan especial. Los diálogos son afilados, los personajes son arquetipos de la América más dura y lúgubre, la trama mantiene eficazmente la atención del lector. No obstante, creo que es una increíble exageración calificarla como “el Crimen y castigo de la literatura americana” tal y como RBA ha hecho en la contracubierta de la más reciente redición. Se trata de un interesante libro, pero ni de lejos llega a ser un artefacto literario de las dimensiones del clásico ruso, ni creo que Thompson pretendiera tal cosa. 

La novela negra nació como un género eminentemente popular y especialmente en Estados Unidos fue muy proclive a caer en lo políticamente incorrecto. Pronto quedó claro que gran parte de los autores norteamericanos adscritos al género no escribían tanto sobre los defensores de la ley y el orden como de las circunstancias sociales o existenciales que llevan a ciertas personas a cruzar la línea que los aparta de la legalidad. La preocupación de autores como James M. Cain, Raymond Chandler o Dashiel Hammett o del propio Jim Thompson era retratar individuos atrapados por las circunstancias que les ha llevado al crimen, ya sea a causa de la pobreza, la avaricia, la pasión, la venganza y tantos motivos más que no sirven para explicar ni para justificar sus acciones, pero tampoco para condenarlos a priori ni de forma absoluta. Así, la línea entre el bien y el mal, entre justicia y crimen, no es trazada en esta literatura tan claramente como podría esperarse, son tramas llenas de equívocos y vuelcos narrativos donde los “buenos” y “malos” no son categorías morales incuestionables. 

Se suele hablar de la amoralidad de los personajes de Thompson, y ciertamente entre sus creaciones abundan los individuos faltos de sentimientos o compasión para con sus víctimas, hasta un punto que uno termina por pensar que casi todos están afectados por algún tipo de psicosis que les impide actuar con normalidad. Tan acostumbrados a que los héroes sean los que representan al bien y la moralidad que encontrarnos con semejantes diablos puede resultar muy fuerte. Está claro que hoy en día estamos más acostumbrados a ello, la ficción contemporánea mantiene un lugar privilegiado para infinidad de héroes cínicos, oportunistas y violentos, pero en su momento (la novela que reseñamos es de 1954) no era algo muy común todavía y el efecto tuvo que ser muy intenso. 

 Y sin embargo, por muy amorales, crueles y desalmados que puedan resultar los personajes de Jim Thompson todos suelen enfrentarse a unas circunstancias que los hacen si no simpáticos al menos si propensos de ser identificables para cierta parte de los lectores. En el caso de Una mujer endemoniada, sería interesante hacer un pequeño retrato de su personaje principal: Dillon. Hijo de un matrimonio pobre, debe trabajar desde muy joven para salir adelante. Sin embargo, tras deambular por medio país pasando de trabajo en trabajo, engañado y explotado sin excepción, Dillon es un envejecido joven de 30 años que ya se da por vencido, a sabiendas de que los placeres, la prosperidad y la seguridad material siempre estarán en manos de los mismos. Toda su frustración la proyecta sobre las mujeres, o como el las llama, “esas pelanduscas”, hasta un punto en que su misoginia le hace perder la percepción de la realidad, perdiéndose en monólogos interiores llenos de amargura y odio hacia las mujeres y hacia si mismo. 


Éste es el protagonista del libro, un simple y llano detritus de la sociedad capitalista de posguerra. Un ser atormentado y echado a perder por la miseria de una sociedad depredadora que a su vez decide convertirse en depredador. Y sin embargo, pese a que nos horroricen sus acciones, Thompson consigue que nos identifiquemos con la condición de este perdedor nato. Por ejemplo, su ácida descripción del mundo laboral en el que se ve envuelto es de una fuerza incuestionable, algo que hace que cualquier lector con un mínimo de sensibilidad termine por ponerse hasta cierto punto de su lado. Por señalar un par de ejemplos:

    “¿Alguna vez os habéis parado a pensar en el trabajo? ¿En los empleos que la gente pilla, quiero decir? Igual ves a un fulano que es peluquero de perros, o a otro que está junto a la cuneta, armado con una pala y apilando estiércol de caballo. Y en ese momento te preguntas: ¿Cómo es que el muy infeliz se dedica a algo así? Y el hecho es que el fulano tiene pinta de ser bastante listo, tan listo como todo el mundo, más o menos. ¿Cómo carajo puede ganarse la vida haciendo esas cosas?”

    “Así que un día llegas a esta ciudad y ves este anuncio. Se busca vendedor puerta a puerta y cobrador de letras. Buenas ganancias para la persona trabajadora. Y te dices que quizás esta vez sí. El empleo parece estar bien; la ciudad tiene pinta de estar bien. Así que pillas el trabajo y te quedas a vivir aquí. Y por supuesto, ni el uno ni la otra están bien, son lo mismo que todo lo anterior. El empleo es un asco. Tu mismo das asco. Y no hay una puñetera cosa que puedas hacer al respecto.”

 

Como vemos, Thompson suele dar la vuelta en sus libros al mito del sueño americano, supuestamente una sociedad que premia los esfuerzos de quien trabaja duro y cumple las reglas impuestas de los que están arriba. La imagen idílica de Estados Unidos, el país de las oportunidades, se convierte poco menos que en un infierno lleno de policías racistas y corruptos, políticos oportunistas y sin escrúpulos, y por debajo todo eso un submundo de personas agobiadas por la necesidad de dinero y sumergidas en el alcohol, que son mezquinas, enfermizas o directamente despiadadas. Un buen ejemplo son los encargados de empresas o comercios que desfilan por sus historias, gente ladrona e incompetente que aprovecha la menor oportunidad para engañar y robar a sus empleados.

Esta forma de despreciar constantemente a la autoridad, ya sea política, policial o laboral, ha provocado que Thompson tenga fama de izquierdoso. Aunque casi nunca plasme planteamientos explícitamente políticos en sus historias, con un discurso teórico claro o reconocible ideológicamente, lo cierto es que su sensibilidad social es patente, pero siempre expresada desde una perspectiva tremendista que diluye la política en un coctel de situaciones muy pasadas de rosca, que más que por la denuncia apuntan por un tono trágico. Los héroes de Thompson son los perdedores de todas las clases sociales, los antes satisfechos emprendedores ahora caídos en desgracia, la clase trabajadora sin futuro y agobiada por los abusos del poder. En sus libros la vida no es un infierno por que sí, lo es a causa de las decisiones y acciones concretas de ciertos poderes, de ciertas instituciones, de ciertos individuos. Sus personajes intuyen que más allá de sus agobios y desgracias la vida podría ser mejor. Para cambiarlo no optan por actuar racionalmente, esa es una opción impensable (por ejemplo la acción política), sus crímenes y atrocidades irracionales suelen ser el último y vano esfuerzo por llegar a esa vida soñada. 

No obstante, aparte de ese contexto general, pienso que el tema principal de Una mujer endemoniada, como ya avisa el propio título de la novela, es la relación de su protagonista con las mujeres. Esto es algo muy corriente en los libros de Jim Thompson y de hecho en gran parte de la novela de serie negra clásica. La mujer como motivo de perdición, pero en el caso de Thompson también la mujer como objeto de deseo que termina por desvelar las debilidades y miedos de los hombres. Personajes masculinos impotentes sexualmente, o repletos de deseos incestuosos, siempre obsesionados con algún oscuro secreto relacionado con alguna mujer, tendentes al sadismo, todos ellos viven y mueren a causa de las mujeres, por falta o por exceso de su amor. 

Pero yo no diría que la misoginia de los personajes de Thompson sea la misoginia del propio autor, o al menos no de una forma tan simple. En sus libros queda patente que la aberrante relación entre sus personajes masculinos y femeninos, siempre condicionados por la miseria, el alcoholismo o las drogas, los prejuicios y tantos desastres más, es parte inseparable de una sociedad enferma y autodestructiva. Si bien sus personajes masculinos son perdedores y poco más que carnaza del sistema, sus personajes femeninos suelen estar aun más debajo de ese nivel. Suelen ser las víctimas de las víctimas. En Una mujer endemoniada Thompson expresa a la perfección, de una forma muy cruda, esta posición de inferioridad y sometimiento de la mujer americana de clase trabajadora allá por los años 50.

En fin, como decíamos en un comienzo esta novela no es redonda, es justo señalar sus fallos. Hay debilidades argumentales evidentes, algunas de las reacciones de sus personajes son muy poco creíbles, incluso diría que la trama es demasiado previsible en algunos momentos. Pero aun así, nada de esto enturbia demasiado el balance general del libro. Merece ser leído por muchas razones, aunque sea nada más que por ese final aterrador, casi diría que de tragedia griega, que sin duda es de los que quedan grabados en la memoria por mucho tiempo.

Reseña de Antonio Ramírez.

jueves, 20 de diciembre de 2012

CUENTOS DE LA TABERNA DEL CIERVO BLANCO - Arthur C. Clarke

Primera edición en inglés en 1956.
Editada en castellano por Alianza editorial.
Traducción de Flora Casas.
178 páginas.

Sinopsis.

En la Taberna del Ciervo Blanco se reune una mezcla de lo mejor y peor de la intelectualidad londinense de mediados de los años 50. Científicos, pensadores, escritores de todo pelaje, bohemios y borrachines pasan el rato entre pintas de cervezas. Entre ellos se encuentra Harry Purvis, un individuo siempre dispuesto a sorprender a todos con las historias más locas y disparatadas.

Comentario del libro.

Uno podría pensar que el humor es una cualidad rara en la ciencia-ficción. Está claro que hay autores que han usado ese recurso, especialmente satirizando sobre los clichés del género, pero autores que hayan querido hacer reir sin por ello dejar de hacer ciencia-ficción en toda regla, de esos no abundan. Por tanto, libros como el que reseñamos aquí son bastante raros.

Arthur C. Clarke es un autor clave en el género, siendo considerado a lo largo de su carrera como un paradigma del escritor de ciencia-ficción, con tramas muy centradas en cuestiones científicas, pero sin desdeñar argumentos con un mensaje humanista o plagados de ideas metafísicas en las que el autor construye todo un mito alrededor de la superación del ser humano hacia esferas superiores de existencia. No obstante en el caso de Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco no hay rastro de ese mito. Con un estilo sencillo y directo, y sobretodo dotado de un portentoso talento para la ironía, Clarke apuesta más bien por reírse abiertamente del ser humano, aunque no de una forma excesivamente cruel y dejando mucho espacio para la condescendencia. 

Aunque de apariencia poco trascendente y falto de reflexiones excesivamente sesudas, y de hecho se trata de una colección de quince relatos bastante livianos y diseñados para ser leídos de un tirón y dejar un buen sabor de boca, creo que se puede extraer de estas historias un mensaje interesante y más tratándose de un autor tan relacionado con lo científico. ¿Es la ciencia infalible? ¿Son los científicos tan objetivos como se supone que son? Casi todos los relatos reflejan que las consecuencias de una investigación científica pueden ser imprevisibles y que casi todo descubrimiento se debe más a la casualidad que a las intenciones del investigador. Cualquier invento o nuevo hallazgo de la ciencia puede tener multitud de aplicaciones, todo depende de las intenciones del que los use, aunque sabiendo como es el ser humano no es de extrañar que las consecuencias de ese uso puedan ser catastróficas. Relatos como "Masa crítica", uno de mis favoritos, muestra un chistoso incidente en torno a un centro de investigación nuclear. Pero si se piensa bien hay algo tétrico en esta historia y termina por emerger una hermosa metáfora sobre el uso de la energía nuclear y sus peligros. Lo cual es irónico tratándose de Clarke, un autor que en cantidad de historias especula sobre los beneficios de esta energía.

Efectivamente, es éste un libro que podemos calificar como humorístico, y a la vez también podemos decir que es un libro de ciencia-ficción, aunque para espanto de muchos seguidores de la vertiente más hard de Clarke hay que señalar que es una ciencia-ficción que se nutre de lo delirante y lo absurdo, ya que aquí la ciencia y la técnica solo sirven de excusa para que el autor pueda desatar su ingenio. Partiendo de ideas o teorías de apariencia muy serias y rigurosas la cosa siempre desemboca en algo realmente disparatado y que sin embargo conserva un aire de verosimilitud. La inventiva de Clarke es notable, aunque siempre expuesta de forma muy sencilla y comprensible para el lector, esforzándose por crear personajes muy definidos y cerrando con finales que si bien a veces suelen ser algo predecibles hacen que los relatos queden redondos. Evidentemente hay relatos mejores y relatos peores, pero el nivel general del volumen es muy bueno. 


Según nos aclara el propio Clarke en el prólogo, el local “El ciervo blanco” existió en realidad, aunque se llamaba “El caballo blanco”, una taberna situada en Londres. Después de la Segunda Guerra Mundial ese lugar sirvió como sede para una parte importante de los autores y aficionados de la ciencia ficción de Londres. Además, Clarke aprovecha para permitirse todo tipo de chistes y homenajes privados con sus amigos y consigo mismo. Comenzando con varias referencias a autores que fueron clave para él en sus comienzos como activo miembro del fandom inglés, como Verne, H.G. Wells o Lord Dunsanny. Más curioso aun es comprobar como entre los personajes que pululan por el local escuchando las locas historias de Purvis se citan algunos escritores reales como Eric Maine, John Christopher o Charles Willis, que no es sino un seudónimo que el propio Clarke usó en algunas de sus primeras historias.

En suma, un libro más que recomendable por muchas razones, se lee con mucho agrado y  demuestra la faceta más irreverente de Arthur C. Clarke.

Reseña de Antonio Ramírez